Nuestra muerte escondida Madrigueras
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Madrigueras

H ace tiempo que tengo el mismo sueño. Un sueño viejo que ha vuelto sin razón aparente. Siempre es idéntico y permanece en mi cuerpo al despertar, durante todo el día. No me deja descansar hasta que olvido que lo tuve, casi cuando llega la noche, antes de volvérmelo a encontrar.

Me resulta difícil sacudírmelo, lo siento pegado a todo mi cuerpo. Me recuerda a la sensación que tenía cuando era niño y me llenaba de polvo la ropa después de pasarme la tarde revolcándome en estas calles que aún no pavimentaban.

Los niños de ahora ya no juegan en ellas. Salen a la tienda con prisa, en grupos, solo por lo necesario. Se esconden en su casa y quizás ahí juegan, no lo sé, no los vuelvo a ver hasta que corren por las calles, apurados por regresar cuanto antes.

Ya no se empolvan.

Todo cambia aquí menos los sueños, por eso el mío sigue siendo el mismo. Algo me levanta de la cama y me lleva a la ventana; la certeza de que hay alguien afuera.

Mi cuerpo sigue ahí, acostado, mientras yo observo con cuidado a través de una rendija en la cortina.

No es de día ni de noche, es ese tiempo raro de las visiones nocturnas.

Hay un hombre afuera, mirando hacia mi ventana.

Sus prendas y cara desgastadas. Parece esconder su humanidad entre las capas de harapos.

Es tan jorobado que está a punto de volverse una bestia que avanza a cuatro patas.

Hay un vacío en su mirada, la nada tan aterradora, peor que si pudiera ver algo de furia en sus ojos.

Solo está ahí. Simplemente es.

Cuando se da cuenta de que estoy en la ventana, corre hacia mi puerta e intenta abrirla. Escucho con terror el forcejeo, su cuerpo lanzándose contra ella con una desesperación que no logro comprender.

Entonces lo escucho correr hacia la puerta trasera, tropezándose con las cosas que amontono en mi patio. Gracias a ellas no alcanza las ventanas.

Golpea la puerta hasta despertarme, y esos primeros segundos de conciencia siempre son iguales: alcanzo a escuchar los impactos, tan claros como si fueran reales, hasta que se desvanecen.

Solo me queda el recuerdo del sueño y esa sensación de vulnerabilidad que me aniquila, que me sigue durante todo el día.

Cuando camino por estas calles olvidadas por las que ya nadie pasa y me encuentro a los niños en una carrera temerosa por volver, me pregunto si ellos también sueñan con esos monstruos.

Si el hombre es el mismo, si se aparece bajo la luz parpadeante frente a su casa, o si solo es cosa mía. Miedo mío.

No puedo negar que me asusta encontrarme con él.

Dicen que no podemos soñar con caras que no hayamos visto, que el cerebro humano no es capaz de crear un rostro sin conocerlo.

Eso significa que existe. No hay la menor duda: en algún momento lo he visto y está allá afuera, quizás cerca, en estas mismas calles.

Tal vez el polvo que ensucia su ropa es el mismo que ensuciaba la mía.

Ya no hay nadie en la calle. Ya no solo los niños temen salir.

Aprovecho y recorro el barrio. Lo busco; quiero saber si está aquí, si lo he visto.

Me acerco a la tienda. Si alguien lo conoce debe ser la mujer de la tienda, como todas las señoras de tiendas de barrio.

La llamo y la veo tras las rejas. Se acerca a la canasta metálica por la que despacha, como si le fuera a dar de comer a los lobos, como si le tuviera miedo a la gente.

No está segura, pero le parece haber visto a un hombre jorobado que vive en el mercado abandonado, entre los pasillos llenos de la basura que los comerciantes dejaron al huir.

Dice que se alimenta de las alimañas que atrapa con sus manos.

Que huele a muerte. Que así sabré si lo he encontrado: por ese olor que se clava en la nariz y la garganta.

Cree que el pobre hombre murió hace tiempo y no se ha molestado en darse cuenta, pero esas, aclara, son sus ideas de vieja.

Por un momento sopeso el riesgo de caminar cerca del mercado; falta poco para que se oculte el sol y no debería seguir afuera.

Sin embargo, hay algo que me hace avanzar. Mis pies se lanzan hacia delante, incontrolables. Termino en el mercado abandonado. En la entrada aún hay mercancía regada, alguna con marcas de sangre. Hace mucho tiempo que no venía hasta acá.

Me adentro y lo primero que veo es el local donde vendían animales. Las jaulas están llenas de cadáveres. Los dejaron ahí y nadie se preocupó por volver por ellos. O nadie tuvo el valor de hacerlo.

Me arde la nariz y me lloran los ojos. En una de las jaulas veo el cuerpo de un cachorro acurrucado con su madre.

Me pregunto qué tan larga habrá sido su agonía antes de tener la suerte de morirse, qué tan largo su encierro.

¿Alguna vez habrán creído que la jaula los resguardaba del peligro en el exterior?

¿Cuándo se habrán dado cuenta de que no podrían escapar?

Avanzo por el mercado vacío hasta llegar a los locales del fondo. Ahí el abandono es rotundo, ya no hay luz del sol y la muerte que se percibe en el aire ya no es la de los animales. Ahí encuentro un nido de ropa vieja y cartones: la madriguera de un hombre.

No es necesario buscarlo, sé quién la habita.

La certeza es la misma que tengo en los sueños, cuando sé que está afuera.

Salgo a la calle de tierra y tengo miedo. No es de día ni de noche, parece ese tiempo raro de los sueños.

No me queda más que correr a casa, pero los pies, que antes avanzaban, intentan detenerme, tropezándose.

Ojalá que esto sea solo un sueño , pienso, sin creerlo.

La tienda está vacía, la puerta rota, ya no hay señales de la señora que la atiende.

Las casas están en llamas, no hay gritos ni gente intentando salvarlas.

Llego a casa, atranco las puertas y empujo muebles pesados hacia ellas. Me dirijo a mi cuarto y espero. Espero hasta que llega esa certeza, hasta que sé que está allá afuera. Camino a la ventana y veo lo que queda del fuego, lo que queda del barrio. Las calles de tierra.

Ahí está de nuevo, el hombre del sueño, mirando hacia mi ventana. Los niños del barrio parecen hacer una fila detrás de él, con sus ropas llenas de tierra, como si se hubieran revolcado en las calles sin miedo. No alcanzo a ver nada en sus ojos negros.

La tormenta se aproxima.

El hombre se abalanza a mi puerta, la golpea, echa su cuerpo y su peste contra ella. Los niños forman una masa que trepa para acercarse a mis ventanas. Escucho los vidrios romperse, la puerta trasera cede y lo único que separa al hombre de entrar son los muebles que coloqué frente a ella.

Otros niños se acercan con trapos encendidos, los lanzan por la ventana. El olor a muerte del hombre penetra entre mis muebles ardiendo. Los niños bailan alrededor de mi casa con sus ropas sucias. Ya no veo al hombre. No sé si ha entrado o ha vuelto a su madriguera.

El calor del fuego se acerca. Me quema la piel. La tormenta se aproxima, pero no sé si llegará a tiempo. Ojalá que esto sea solo un sueño, aunque los sueños no queman así.