Nuestra muerte escondida Al menos estamos juntos
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Al menos estamos juntos

E l Pinto se salió de la casa sin razón aparente, en algún momento antes de que cayera por completo la noche.

Ese perro, que escondía lo flaco que era entre tanto pelo, se había vuelto el único amigo de Martín.

A él nunca lo habían dejado tener una mascota, y el Pinto llegó del bosque directo a la casa el día en que cumplió nueve años.

Sus padres lo dejaron conservarlo, ese fue su único regalo.

Desde entonces, a Martín no le importaba que los otros niños del pueblo lo odiaran, tampoco tener que correr para escapar de ellos cada que le lanzaban piedras cuando sus papás lo mandaban a la tienda, porque al menos ya no lo hacía solo.

Cuando alguna piedra le pegaba, siempre estaba su madre en casa para curarle las heridas, y con el tiempo, el Pinto aprendió a estirar la pata para que también lo curaran a él, aunque era raro que alguna piedra lo tocara a pesar de que casi siempre era el blanco de los niños.

Quizás por eso nunca dudaba en levantarse al primer chiflido de Martín, aunque ya sabía lo que le esperaba: una carrera hacia la tienda esquivando las piedras. A lo mejor solo era valiente. O tal vez el amor tan grande que le tenía el muchacho era mutuo.

Al único lugar adonde el Pinto no iba era a la siembra, porque allá no querían nunca a los perros.

Por eso, cuando Martín se iba a trabajar con su padre, el perro esperaba en la calle, frente a la casa, y en cuanto veía su figura asomarse por el camino, corría tan rápido como le daban las piernas flacas para ir a recibirlo.

Esa noche, cuando Martín llegó y no encontró al Pinto, pidió permiso para ir a buscarlo; su madre le dijo que lo había visto alejarse antes de que anocheciera.

Se paró y empezó a caminar, como si alguien le hablara.

Se había ido por el camino que lleva al cementerio del angelito, el mismo por el que un año antes había llegado.

Martín salió a la calle a ver si lo veía, a lo lejos, como otras veces que se había alejado siguiendo ardillas o conejos. Le chifló tan fuerte como pudo para ver si lo veía correr en la oscuridad; ya se había perdido antes, pero en esta ocasión no volvió.

Y sí, a pesar de que su padre le había dicho que irían los dos juntos a buscarlo después de la cena, Martín empezó a caminar, adentrándose en la noche para verla desde el interior.

Esperaba encontrar a su amigo antes de que se alejara lo suficiente como para no regresar, como ya había pasado con la Güera, una perra blanca de tres patas que acompañó a su hermana desde pequeña y que una noche se levantó del trapo donde dormía para perderse en la oscuridad.

No era raro que los perros se extraviaran así en donde vivía. Para sobrevivir, se comía de todo ahí, hasta la carne de los amigos. En ese valle, nadie les había enseñado que los perros podían llegar a ser familia, aunque algunos, como Martín, no necesitaban que alguien les dijera cómo sentirlo.

Al niño le preocupaba algo que había dicho su padre cuando se fue la Güera: que a veces los perros iban a morirse lejos de las personas que los quieren para que ellas no sufran, y Martín no iba a permitir que el Pinto se muriera solo.

En medio de la noche, debajo de una lámpara, se encontró a don Cruz, el padrino de su madre, arreglando la misma camioneta de siempre, una Ford azul del 74. Martín no recordaba haberla visto andando, pero todas las memorias que tenía de don Cruz eran bajo ese cofre, revisando ese motor.

Le preguntó por el Pinto y el anciano le dijo que lo había visto pasar hacía ya un rato, corriendo rumbo a la arboleda. Le dijo sonriendo que lo había llamado, pero que el perro no había hecho caso, y que se apresurara, porque lo que se perdía en esos árboles nunca se encontraba.

Martín miró la calle oscura por la que había llegado, la que lo llevaba hacia su casa, y dudó por un momento en volver, pero no podía esperar a que su padre cumpliera su promesa al terminar de cenar, porque seguramente se iba a quedar dormido, ya cansado y con la barriga llena, y cuando eso pasaba no había forma de despertarlo hasta que su cuerpo le avisaba que ya era hora de levantarse para volver a trabajar.

Ni hablar, tendría que seguir solo. Le pidió a don Cruz que si su padre lo buscaba le dijera hacia dónde se había ido, y siguió por esos caminos que agradecía conocer de memoria.

De pronto, la cabeza le dolió, como si un rayo le hubiera caído justo en ella.

Se fue de bruces. Sintió la tierra en la cara.

Se levantó sin tiempo de que cuajara el dolor, no era momento de detenerse.

Seguro era el cansancio, el ha ber comido pura tortilla con chile durante el día.

Solo tenía que encontrar al Pinto y regresar, no importaba la hora a la que lo hiciera, su mamá lo estaría esperando.

La noche se volvió más oscura, tanto que hubiera dado lo mismo que corriera con los ojos cerrados.

Minutos más tarde, una punzada en la rodilla izquierda le avisó que había entrado al cementerio. Había chocado con la tumba de un ángel al que le habían arrancado la cabeza y una de sus alas; la tumba que daba nombre al cementerio.

No era momento para permitirse tenerle miedo a los muertos; lo que sí lo asustaba eran quienes visitaban ese lugar en noches tan oscuras como esa.

Había escuchado historias: además de ir a alimentarse al cementerio, a ellas les gustaba robarse las gallinas y hasta las cabras. Por eso siempre había alguien despierto en el pueblo, para intentar mantenerlas lejos.

No tardó mucho en encontrarlas, iluminadas por una lamparilla de petróleo. Una, pequeña, la sostenía, y otras dos, grandes y viejas, lo observaron con medio cuerpo dentro de una tumba, con un pedazo de pierna entre las manos.

En ese lugar solo enterraban niños. Martín se preguntó si esa pierna sería de Pascual, un niño de doce años que también trabajaba en la siembra y que había muerto hacía menos de un mes cuando una barda mal hecha se le había venido encima.

Rápidamente se sacudió del pensamiento la cara de Pascual.

Sabía lo que ellas estaban haciendo y decidió ignorarlas y apresurar el paso.

Nunca antes lo habían volteado a ver. No sabía que pudieran verte sin querer llevarte, pero pensó que estaban demasiado ocupadas buscando alimento como para fijarse mucho en él.

Tal vez siempre estaban en el cementerio porque preferían la carne muerta.

A tientas esquivó las tumbas hasta llegar por fin a la arboleda. Si tenía suerte, Pinto andaría cerca, pero si el perro había logrado cruzarla, dudaba que pudiera encontrarlo. Al otro lado de los árboles había un pueblo parecido al suyo que a Martín no le gustaba.

Su padre siempre le decía que lo evitara, que estaba lleno de almas en pena, que no había nada que ver ahí, pero tanto el niño como su perro habían ido muchas veces, en secreto, con su madre.

Ella visitaba de vez en cuando a una señora que le vendía una bolsita con hierbas que luego, a escondidas, le daba en la comida a su padre.

Sobre todo en la cena, cuando llegaba tan cansado que se acababa todo sin poder saborearlo.

Martín siempre miraba al piso cuando andaban en ese pueblo; si le hubieran preguntado cómo llegar a casa de la señora de las hierbas, no habría tenido idea.

Caminó entre los árboles silbándole al Pinto, pero nunca dio señales.

Lo amaba, pero odiaba que fuera tan terco, porque aunque reconocía su nombre, respondía al llamado nomás cuando se le antojaba.

Martín le pedía en voz baja, como si en verdad lo pudiera escuchar, que solo por esa vez le hiciera caso, que se acercara.

Ya casi al llegar al otro pueblo escuchó que alguien repetía su silbido detrás de él.

La luz de una farola en el camino le permitió ver quién lo seguía, muy de cerca.

Era alta, muy gorda, y no tenía ninguna expresión en el rostro; parecía que llevara puesta como máscara la cara de alguien más. Una que le quedaba grande.

No era ninguna de las que vio en el cementerio; no parecía querer hacerle daño, aunque en ellas nunca se podía confiar. Por eso tomó piedras del piso y se las lanzó para intentar espantarla.

Se adentró siguiendo la luz del pueblo, pero, al llegar a sus calles, bajó la vista, solo así sabía andar en él.

De noche era más aterrador que de costumbre, las voces que lo poblaban eran distintas; parecía como si todo ese lugar estuviera bajo el agua y lo poco que se alcanzaba a escuchar fuera borroso, como un recuerdo.

Ni siquiera caminando así pudo orientarse. Le dio una, dos y tres vueltas al pueblo sin reconocer nada, ni una calle, ni un sonido, ni una voz. Ni los perros le ladraban esa noche.

Las horas se le habían ido y ahora le preocupaba que lo buscara su padre.

Sabía que se iba a llevar una paliza por no haberlo dejado dormir, todo por andar buscando al Pinto.

Si le tiraban al perro, se iría con él, de eso estaba seguro, pero para que se lo quisieran tirar primero tenía que encontrarlo.

Como decía su mamá: lo demás sería problema para el Martín del día siguiente.

Se hincó para descansar, para pedirle a Dios que, si lo estaba viendo, le dijera hacia dónde seguir, con eso le bastaba. Y como si fuera una respuesta, sintió una nariz fría golpeándole el brazo que tenía apoyado en el piso. Era el Pinto.

Martín lo abrazó para sentirlo de nuevo, para llorarlo, para olvidarse de todos los escenarios que se habían arremolinado en su cabeza en los cuales nunca volvía a encontrarlo.

Lo siguió apretando entre sus brazos, pero el Pinto no respondió, casi parecía que estuviera triste de que lo hubiera alcanzado.

Martín escuchó una voz llamándolo, preguntándole quién era.

No vio de dónde venía. Pero a través de una puerta en penumbras apareció una figura conocida: era la anciana que su madre visitaba.

Esta vez llevaba puesta una máscara, como la de la mujer de la arboleda.

Tenía pegado sobre el suyo el rostro de otra persona, una más amable.

Lo reconoció entonces y lo llamó por su nombre. Se acercó a un paso de él, como si quisiera abrazarlo y, con una cara de ternura, le preguntó que qué lo había llevado hasta ese pueblo.

Martín le dijo que estaba buscando a su perro, que le habían dicho que andaba por esos rumbos. La mujer le preguntó si sabía por qué el perro había ido para allá y el niño le respondió que no.

Le preguntó entonces a quién había visto antes de llegar ahí. Martín respondió que solo a don Cruz y a ellas, en el cementerio y en la arboleda.

La anciana le sugirió quedarse esa noche, que volviera a casa en la mañana si así prefería hacerlo, pero Martín respondió que no, porque lo estaban esperando, y sin perder más tiempo llamó al Pinto para que lo siguiera de vuelta.

La mujer le gritó algo cuando se alejó hacia esas calles de tierra que lo llevarían a la arboleda. Al cementerio. A su pueblo.

No encontró a nadie en el camino de regreso. Esta vez nadie lo siguió entre los árboles. La luz azul que anunciaba que pronto amanecería ya iluminaba con una tinta fría el cementerio.

Martín vio los restos del fuego bajo la tierra que habían utilizado para apagarlo. La tumba donde las había visto había sido cubierta, y un olor a carne quemada lo hizo seguir sin prestar atención a más detalles.

Se encontró la Ford 74 de don Cruz abandonada, con el cofre abierto. Una mancha roja cruzaba la pintura azu lada a la altura de la puerta. Creyó ver en ella la figura de una mano que bajaba.

Aunque pensó lo peor, no le importó, nunca había confiado en ese hombre. Tenía algo raro que le incomodaba.

Llegó con miedo a casa, esperando regaños, esperando encontrar a su madre preocupada y a su padre furioso. Pero no estaban. Tampoco estaba su hermana. Martín pensó en lo peor, en que estuvieran allá afuera buscándolo.

Subió al techo de su casa como siempre lo hacía, aprovechando la basura que su padre apilaba contra la pared, esperando ocuparla más tarde.

El Pinto, como siempre, con mucho esfuerzo, subió con él. Todavía no amanecía en el pueblo, pero desde ahí podía verlo por completo. Estaba desierto. Era extraño que a esa hora nadie se hubiera levantado.

El pueblo parecía vacío y lejano.

El Pinto recargó su cabeza en él. Martín recordó lo que le había gritado la mujer del otro pueblo al alejarse: “Ya saben el camino. Los estaré esperando”.

El niño, abrazado a su perro, se sintió alejado de todo, como si todo el pueblo se hubiera muerto.

“No sé dónde estamos”, le dijo al Pinto, “pero al menos estamos juntos”.