La mirada en el fuego
L a noche de la Ciudad de México es habitada por el eco de la marabunta. Por todos los fantasmas, los vivos y los muertos.
Sara es una de ellos. Está viva, aunque le cuesta aceptarlo.
Recorre la zona turística de Paseo de la Reforma, cada noche, barriendo el polvo y los recuerdos del día junto a una cuadrilla de fantasmas, vivos como ella, que le cuentan historias para pasar el rato.
No conoce las leyendas que comparten; ella no nació ahí.
Las más recurrentes son esas que suceden en los lugares que visitan todas las noches, como la de la mujer vampiro del Bosque de Chapultepec.
Tan inquietante para Sara, tan probablemente cierta.
Una historia que parece narrarse para entretener turistas o poner de nervios a oficinistas que salen tarde y caminan por el rumbo, acercándose al espanto que podría sacarlos de la rutina colgada en sus hombros, tan o más aterradora que cualquier historia de fantasmas.
Sara no deja de pensar en esa leyenda durante el turno nocturno de la cuadrilla que barre de Torre Mayor al Campo Marte.
Parece un cuento que, atropellándose de boca en boca, olvida su origen y se convierte en algo cercano a la verdad; solo para algunos quizás, pero verdad al fin.
En última instancia, cada quien guarda la suya.
Levanta la vista de la escoba hacia los árboles.
La mujer que se aparece cada cuantos años, ahí mismo, donde está ella, cerca del Museo Nacional de Antropología e Historia.
La mujer que aprovecha lo despreocupada que deambula la gente para llevarse a algún niño que se aleja un momento de sus padres.
Le han contado que les clava los dedos largos, como ave de presa, que los toma como si no pesaran nada y que, aunque haya gente siguiéndola de cerca, siempre escapa, desapareciendo como si la atmósfera la devorara.
Sara se preocupa. Su hija la espera en casa, al cuidado de su abuela. Cuando divaga, la ve en los brazos del monstruo, escucha su llanto al sentir las garras en su piel. La escena siempre termina igual, por más que intente cambiarlo. Es dueña de su imaginación, pero nunca ha logrado controlarla.
Busca huir del aire cansado, así que deja de barrer y se adentra en el bosque; unos pasos son suficientes para respirar distinto. Entre los árboles, ve la cara sucia y los ojos brillantes, iguales que los suyos, un espejo en el que la joven parece refugiarse.
Corre de vuelta a la cuadrilla de quienes viven como ella, e intenta olvidar lo que vio o convencerse de que no es nada. Seguro solo es eso, su imaginación.
En el siguiente turno, la siguiente noche, deja su escoba por un momento en el mismo lugar. De entre los árboles vuelve a surgir aquella joven. Ahora reconoce también la ropa que lleva.
Ha temido todo el día verla de nuevo, que no fuera solo una visión.
Sin embargo, saca de sus bolsas algo de comida que guardó para ellas, la toma con timidez y la com parte con una silueta que apenas y se asoma por detrás de un arbusto.
Es igual a su hija. Como la Sara del bosque, la niña lleva la ropa rota y vieja, y el pelo largo y sucio, pero es idéntica a su hija. Tan iguales como las madres.
Sara se quita el suéter que lleva siempre bajo su uniforme, se lo da a la niña y después le pide perdón mientras las deja.
Cuida que nadie vea en dónde se ha metido y regresa a su escoba.
Entonces barre como si quisiera alejar lo que acaba de ver, esa memoria, entre el polvo y las flores caídas de las jacarandas.
Apresura el paso como si eso fuera a acortar el turno, y sufre el resto de la noche hasta que vuelve a casa y encuentra dormida a su pequeña hija en los brazos de su abuela.
Durante el día reúne ropa y comida y las guarda en una mochila. Al llegar la noche, las lleva consigo, por si vuelve al bosque y ellas ahí están.
Se pregunta quién es o qué es la Sara del bosque. Recuerda que apenas meses atrás, cuando consiguió ese empleo por cuestión de suerte, estuvieron a punto de echarlas de su vecindad, de lanzarlas a la calle.
Intenta ocultar su desesperación por llegar al escondite entre los árboles, por encontrar a la otra Sara, a la otra hija. Ha cargado con la mochila llena. No las ve. Pero algo ronda en el bosque, puede sentirlo más allá de ese frío que cala los huesos y lastima al barrer.
De pronto, la llama una conmoción: otros fantasmas vivos de su cuadrilla gritan por ayuda cincuenta metros adelante.
Sara corre con miedo de lo que está por encontrarse.
De pronto la ve alzarse: una fogata quemando las hojas de la copa de un árbol.
Los compañeros gritan, lloran; hay un cuerpo ahí.
Pequeño. Sara no logra verlo, pero se ve a ella, a la otra Sara, cubierta por completo de sangre, con la mirada clavada en el fuego.
Escucha a alguien decir que se trata de la mujer vampiro, que es real. Da media vuelta, corre a la avenida temiendo lo peor. Toma un taxi que la lleva a casa; aunque no tiene para pagarlo, eso no importa ya. Hay un mensaje en su teléfono que le cuesta leer: “La niña no está”.