La sangre de las hadas
E l grito de su madre la hizo levantarse de la cama. Alicia se acercó hasta la pared que la separaba de ese llanto, tomó un vasito de vidrio, tiró el agua en la planta seca de su tocador, lo apoyó contra la pared y pegó el oído, como había visto que hacían en las películas.
Nunca había escuchado a su madre así. Inconsolable, en espasmos, como si se le fuera el aire por la tristeza. Alicia no sabía que los adultos podían llorar así. En ese momento, su madre no parecía su madre, lloraba como otra niña.
Escuchaba a su papá tratando de calmarla mientras él mismo contenía el llanto.
Y a Cordelia. Esa señora tosca y grosera.
La misma que había intentado obligarla a que se tomara un té de hierbas amargas; aquella que le había arrancado de las manos el diario de Luna.
¿Por qué la habían traído del pueblo? Qué pretexto este el de cuidarla, si al final la habían encerrado ahí.
Se acercó a la puerta y confirmó que seguía cerrada con llave.
Volvió a la pared, colocó de nuevo el vasito en ella y el llanto ya no estaba ahí.
Ni la contención de su padre, ni la desfachatez de Cordelia.
Era el momento. No estaba segura de que fuera su culpa, no del todo, pero si ella no intentaba arreglarlo, nadie más lo iba a hacer, porque nadie más entendía nada.
Abrió con mucho cuidado la ventana y miró hacia abajo.
Una caída no iba a matarla, lo había calculado bien, pero de todas formas se sintió nerviosa.
Con movimientos torpes salió y empezó a caminar por la cornisa.
Clavó la mirada lejos, en la noche, apoyándose en sus talones e intentando aferrarse a la pared con los dedos, más débiles y frágiles que los de otras niñas de su edad. Como toda ella.
Llegó a la ventana del cuarto de sus padres justo a tiempo, cuando las rodillas se le doblaban. Se asomó sigilosamente pero ya no había nadie ahí. Todo el barullo de los adultos estaba en otro rincón de la casa.
Quitó el seguro de la ventana como aprendió practicando con la suya y entró a la habitación, que ya solo estaba iluminada por velas.
Caminó de puntillas hasta la cuna. Habían cubierto a Germán con una manta negra.
Ella sabía que su hermano odiaba la oscuridad, así que se la quitó para envolverlo con su frazada blanca, como decía el diario.
Con toda su ternura, tomó el cuerpecito, suave, tibio, y la frazada se manchó de carmesí.
Luego sostuvo la cabecita y finalmente el brazo.
Tomó la manta negra, porque la necesitaría después, y volvió a la ventana con Germán en brazos. Miró hacia abajo. Una y otra vez había calculado ese salto, sabía que si caía mal, algo iba a romperse, y no podía darse ese lujo, ya no. No se trataba de una práctica y tenía poco tiempo.
Cerró los ojos, tomó aire y dio un paso hacia la nada, hacia el vacío, y más rápido de lo que había pensado cayó entre los rosales que rodeaban la casa.
El dolor de las espinas desgarrándole las piernas fue peor de lo que esperaba, pero no soltó a su hermano, envuelto en esa frazada blanca que ahora también se había llenado de su sangre.
Después podría llorar y tratarse las heridas de las piernas.
Ya faltaba poco para la medianoche. La luz de la luna llena alumbraba su camino mientras escuchaba a sus espaldas las amenazas de Cordelia, maldiciéndola desde la ventana.
Tenía poco tiempo porque irían tras ella e intentarían detenerla.
Sus padres no entenderían, mucho menos esa vieja bruja del pueblo. Si alguien podía arreglarlo, era ella.
Solo lamentaba no haber podido arrancarle el diario de Luna a Cordelia, pero creía recordar lo suficiente del ritual; además, quedaba poco tiempo para llegar a la bugambilia donde se escondían las hadas, cerca del cementerio.
Por culpa de la maldita bruja, las horas se le habían ido encerrada y se había hecho tarde, pero algo dentro de ella le decía que aún tenía que intentarlo.
Se lo debía a Germán. Que la culparan no era importante.
Tampoco el hecho de que escapar con él la hiciera parecer aún más culpable.
Cualquier oportunidad de explicarlo todo había quedado descartada desde hacía mucho.
Iba descalza, como Luna indicaba. Le dolía cada paso que daba al correr, pero después de un rato se le empezó a olvidar el malestar de los pies. El pecho le pesaba. Llevaba pegado el cuerpecito de Germán y Alicia pensó en lo raro que era que un cuerpo muerto fuera más pesado que uno vivo.
Se agazapó cerca de la bugambilia y las vio jugando entre las ramas deshojadas y las sombras de las flores —bendita luna llena—.
Enseguida supo que necesitaría ambas manos.
Rodeó el camino del cementerio hasta encontrar el hueco en la cerca que había marcado.
Entró en él y buscó la tumba de Luna, en el centro, entre tantas otras tumbas de niños.
Colocó sobre ella la frazada blanca, con Germán, y acomodó con ternura la cabeza y el brazo.
Parecía dormido. Parecía vivo, y si todo salía bien, pronto iba a estarlo de nuevo.
De acuerdo con el diario de Luna, solo faltaba un ingrediente, y ya lo había visto entre el arbusto de flores vibrantes.
La manta negra iba a servir. Alicia se sorprendió de su facilidad para acechar y de lo torpes que eran las hadas.
Cuando estuvo cerca, actuó sin pensarlo, con una risa que le salió natural y que le pareció de bruja; seguro que la tonta de Cordelia también se reía así.
Coló sus manitas como garras entre las ramas.
Las espinas del árbol le cortaron los brazos, pero el dolor era distinto al de los rosales.
Las espinas lastimaban diferente, las heridas eran largas y menos profundas.
De pronto, sintió a un hada retorciéndose entre sus manos, pero una no sería suficiente.
La colocó en la manta, la apretó y siguió buscando.
Tenía que hacerlo al tacto porque es bien sabido que las hadas gritan en silencio, incluso cuando lo hacen de horror.
O quizás simplemente no sabemos escucharlas.
Atrapó otra, y una más, y pensó que tal vez con eso sería suficiente. Ya no faltaba nada, todo estaba listo, solo tenía que regresar con Germán y cubrirlo por completo con la sangre de las hadas.
Se retorcían en la manta tal como lo hacían las aves con las que había practicado. Estaba lista. Manchó con su sangre las tumbas mientras saltaba entre ellas de vuelta hasta la de Luna, donde había dejado el cuerpo de su hermano.
Apenas pudo mantenerse en pie cuando vio la frazada blanca bañada en rojo sangre sobre la tumba, sin una sola señal de Germán.
Se arrastró para buscar alrededor, entre las otras tumbas.
Se levantó y corrió de ida y vuelta a la bugambilia, y luego atravesó todo el cementerio para tratar de encontrarlo.
Ya no estaba, habían vuelto por él. Se lo habían llevado. Era demasiado tarde. Las hadas dejaron de retorcerse, y Alicia, por un momento, creyó poder escucharlas. Creyó que se reían.
Apretó con ambas manos la manta donde las tenía, hizo un nudo para que cayeran al fondo y las azotó contra las tumbas.
Una, dos, tres veces. Lo repitió hasta que nada se movió más que la sangre que atravesaba el tejido, y se mezclaba veloz con la suya entre los dedos de sus pies, empapando el cementerio y las tumbas.