Nuestra muerte escondida Madame Claudine
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Madame Claudine

Y a iban a dar las cinco. Álvaro tenía apenas unas horas más para encontrar un lugar donde él, su mamá y el bebé pudieran dormir, al menos esa noche.

No era la clase de problemas que debería tener alguien de doce años, pero esa vida le había tocado.

Los hombres de su madre tenían la costumbre de morirse.

Arturo, su padre, a quien atropellaron antes de que él pudiera crecer lo suficiente para recordarlo.

Juan García, el que lo llevaba a jugar al parque y a quien, por bravo y por no saber aceptar una derrota, mataron de tres tiros en un asalto.

Y Juan Henao, el papá del bebé, el de la historia más rara, porque a él lo encontraron muerto allá por las vías del tren después de no haberlo visto en semanas.

Le habían sacado los ojos quién sabe por qué, si no se metía con nadie.

Apenas y hablaba; era como el bebé, que ya tenía cinco años y seguía sin decir palabra.

Les habían dicho que necesitaba de una escuela especial, una de esas a las que solo a la gente de dinero le alcanza.

Pobre del bebé, que nació casi mudo y pobre.

Pero ya pasaban de las seis y media y se le acababa la luz para buscar. Regresar sin una buena noticia no era una opción. En todo caso, sería mejor no volver.

La luz se había disipado, era el punto más oscuro de la noche.

En la calle frente al edificio olvidado de la casigente, su mamá amarraba las maletas prestadas, unas bolsas de supermercado y unas cajas de cartón con lo que había podido reunir.

El bebé hizo un ruido, de esos que solo entienden las mamás; tenía frío. “Espera un poco más, Álvaro volverá”.