Las tres trampas
Mi mala suerte no era siempre la de escuchar esa entrada desvencijada y su descuido. A veces era peor, porque lo que nos despertaba eran los chillidos al amanecer. Si ponía atención, entre su agudeza, podía distinguir coros de voces que parecían pedir auxilio o llorar de miedo. Tal vez ambas.
Esos chillidos como voces me hacían asomarme por la ventana y ver a la abuela revisando el botín de la noche, cuidadosa de que ni yo ni mis hermanos fuéramos a descubrirla.
Sabía que el ruido podía despertarnos, sospechaba que querríamos averiguar lo que pasaba con nuestra curiosidad de niños, por eso cubría las trampas y lo que sacaba de ellas, para luego salir del jardín con un costal mugroso de yute sobre su espalda ancha, lleno de algo que se retorcía con desesperación.
Entraba a la cocina y si alguien no había despertado por los llantos del jardín, terminaba de hacerlo por el ruido subsecuente.
Golpes de su cuchillo de carnicero contra la tabla.
Golpes duros, con todo el peso de sus brazos de anciana fuerte.
Golpes que se magnificaban. Chillidos de horror.
Entonces sabíamos que oleríamos ese caldo que se tardaba todo el día en preparar, como si quisiera ablandar la carne que cenaríamos y que, de todas formas, tendríamos que roer del hueso como fieras.
Las cenas siempre eran con las luces prendidas y las cortinas abiertas, en el comedor pequeño, el que está frente al jardín.
Aquel día que la encontramos en cama y enferma, nos dijo que había comido carne vieja y que no nos acercáramos al jardín ni a sus trampas. “Déjenlos chillar”.
Lo intentamos toda la noche. Pero los llantos no cesaban. Continuaron durante los días y semanas en los que la abuela ya no tuvo fuerzas para revisar sus trampas.
Hasta que callaron de pronto. No solo los chillidos; también los grillos, las ranas, el viento, todos los sonidos de la noche en el jardín. Y ese silencio solo lo rompió el ruido de la tranca levantándose, y luego el golpe violento de la puerta de la cocina abriéndose.
Los chillidos corrieron por toda la casa y se detuvieron en nuestra puerta. Después siguieron por el pasillo hasta llegar a su recámara.
Cuando callaron, lo primero que hicimos fue ir a ver a la abuela. Su cama estaba vacía. Sus rastros se perdían en el jardín, junto a las tres trampas desiertas.