✦ CAPÍTULO 19 ✦
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Entre corazas, miradas de reojo y el punto de inflexión
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Sin embargo, aunque seguíamos quedando, yo observaba absolutamente todo.
Tenía la certeza de que él cargaba con una coraza que no era capaz de derribar ni de admitir del todo, pero en mi interior sabía que no me equivocaba: lo que sentía por dentro era real, aunque estuviera distanciándose.
A veces, cuando estábamos con más gente, aunque fuera a su rollo y ya no estuviera tan pegado a mí como antes, ocurría algo que guardé en el disco duro de mi cabeza como la prueba definitiva.
Ese detalle número uno de mis observaciones: por muy lejos que estuviera, hablase con quien hablase, siempre que lo miraba de reojo lo pillaba observándome.
Y al verme, apartaba la mirada corriendo.
Aquello me decía muchas cosas que él no se atrevía a confesar.
Pasábamos las tardes y las noches juntos, y aunque hubiera distancia, de madrugada nos escapábamos para dejarnos llevar y dormía abrazada a él.
Los días y las semanas siguieron corriendo hasta que llegó una nueva quedada en el mismo lugar de siempre.
Las restricciones apretaban cada vez más, las normas se endurecían y las calles estaban plenamente vacías, por lo que el campo seguía siendo nuestro único reducto seguro.
Aquel día coincidió con Halloween. Fue una jornada bastante más extraña y sospechosa, casi como el preludio del final de una etapa.
Lo noté más distante, volcado en hablar con otra gente, mientras yo hacía lo propio, aunque mi mente seguía fija en él.
Hubo un instante que me marcó por completo.
En medio de un silencio, le soltó a una amiga de broma: "Me casaré contigo".
Pero justo en ese segundo, me miró de reojo.
Supe que la realidad era otra, que me lo estaba diciendo como a través de un muro invisible, atrapado en algo que no quería admitir.
A pesar de eso, yo ya sabía mucho más de lo que él pensaba: conocía detalles profundos, incluso de su familia, gracias a ciertas conversaciones con Alberto que había descubierto y guardado en mi mente, ajustando cada pieza del puzle sin que él lo supiera.
Llegó el momento en que no pude más. Viendo cómo iban las cosas y la distancia insalvable, tomé una decisión.
Con el valor por delante, hablé con él y le dije que me iba a alejar, tal y como le había advertido más de una vez si las cosas no cambiaban.
La comunicación se quedó en suspense; él me dijo que me quería y que no lo hiciera, pero algo dentro de mí ya se había roto y sentía que tenía que marcharme... hasta que surgió lo inesperado.
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