Nuestra historia desde la oscuridad a las estrellas ✦ CAPÍTULO 17 ✦
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✦ CAPÍTULO 17 ✦

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Nuestra primera noche

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Llegada la madrugada, con el silencio de la noche instalándose por completo a nuestro alrededor, nos fuimos a la habitación.

Recuerdo perfectamente cómo estaba el cuarto: a oscuras, con la persiana medio echada dejando pasar un hilo de luz y la brisa fresca colándose suavemente.

Él se tumbó en el lado izquierdo y yo en el derecho.

El silencio lo llenaba todo hasta que, de repente, se escuchó su voz en la penumbra:

—Tengo ganas de besarte.

Yo le respondí con un "no" nervioso.

Él volvió a preguntar, insistiendo con la misma ternura:

—Tengo ganas de besarte.

Y yo, intentando mantener la compostura, le solté un rotundo:

—No, aún no.

Me volví a girar. Pasaron dos o tres minutos.

Ya no hacía falta vernos para sentir que la conexión entre ambos era absoluta; nos giramos los dos al mismo tiempo, quedando cara a cara a apenas tres centímetros de distancia.

En ese instante ya no preguntó nada más.

Se acercó un poquito más. El aire y el ambiente entre nosotros se cargaron de una tensión magnética indescriptible.

Aunque en realidad yo siempre he sido una persona fría, distante, de las que huyen del cariño fácil y prefieren que todo vaya a su debido tiempo, no sé qué tuve con él.

Fue la primera persona en mi vida que logró darme un vuelco absoluto, despertando algo tan distinto que consiguió llevarme mucho más por lo que sentía en el momento que por lo que dictaba mi forma de ser.

Y nos besamos. Te juro que llegué a notar cómo nuestros corazones chocaban el uno con el otro, latiendo fuertemente al unísono mientras nos dejamos llevar por la magia de aquel instante.

Amaneció, y lo único que recuerdo es despertar abrazada a él, de la mano.

Me levanté temprano —mientras a él se le pegaban las sábanas, para variar— y salí un ratito afuera para que me diera el aire, respirando la brisa de la mañana y sonriéndole a la vida y al mundo entero mientras esperaba que se despertara.

Cuando por fin lo hizo, salimos fuera y nos sentamos en un banquito frente a una reja, apartados un poquito del bullicio, como en nuestro propio universo.

Pasamos un par de horas charlando, pero el tiempo apremiaba y teníamos que marchar.

De hecho, Claudia sí se quedó, pero nosotros habíamos vivido aquello como en otra dimensión, en el mismo sitio pero apartados del mundo.

El viaje de vuelta no fue un trayecto normal de subirse al coche y hablar de cualquier cosa.

Nos montamos en la parte de atrás —con Claudia conduciendo y su acompañante delante— y no dejamos de besarnos en todo el camino.

Íbamos tan pegados que apenas habría dos centímetros entre nosotros.

Los de adelante se preguntaban si aquello era normal, si era normal lo que estábamos viviendo.

Y para nosotros sí lo era, porque la conexión que sentíamos era completamente real, nada fingida.

Hicimos una parada rápida para echar gasolina y retomamos el camino abrazados, con la certeza absoluta de que lo que estábamos construyendo era de verdad. Y al llegar a casa, la historia continuó, como no podía ser de otra forma, a través de la pantalla del teléfono.

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