✦ CAPÍTULO 2 ✦
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El cruce de caminos y miradas
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Las presentaciones se hicieron rápido, entre risas contenidas y la algarabía propia de un reencuentro fortuito en pleno centro de Málaga. Desde el primer segundo congeniamos a la perfección; el grupo encajó de maravilla y el ambiente se llenó de una energía súper agradable.
Sin embargo, casi sin darnos cuenta, a la hora de continuar la noche y caminar por las calles, el grupo comenzó a separarse un poco de manera natural.
Cada uno encontró su compás y su espacio: Julio se compenetró con su rollo con Claudia, Alberto se mantuvo muy atento a Elena y, de pronto, Iván y yo nos quedamos el uno al lado del otro.
Íbamos todos juntos, pero a la vez en mundos diferentes dentro del mismo grupo; cada pareja de charla inmersa en sus risas, sus conversaciones y sus propias cosas.
El espacio entre Iván y yo se redujo a la distancia justa para empezar a notar que el aire cambiaba de temperatura.
Recuerdo cómo, entre el bullicio de la ciudad, mi atención se desvió por completo hacia él.
Tenía esa forma de mirar tan directa y tan libre de artificios que te descolocaba.
No hacían falta grandes discursos; bastaba una réplica rápida o una carcajada compartida ante cualquier tontería para notar que el hielo inicial se desvanecía.
Aquel chico que acababa de aparecer en mi vida empezó a desmontar, sin saberlo, los muros que había construido a base de encierro y tristeza. Entre risas, bromas y confidencias a medias sobre cómo nos trataba la vida, sentí algo que creía olvidado: la ligereza en el pecho.
La noche avanzaba rápida, y lo que empezó siendo una salida obligada por la insistencia de mi amiga se estaba convirtiendo, sin previo aviso, en el punto de inflexión exacto donde mi historia comenzaba a cambiar de rumbo.
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