✦ CAPÍTULO 3 ✦
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Risas compartidas y secretos en la penumbra
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La noche avanzaba entre las calles del centro de Málaga y el ritmo de las conversaciones se volvía cada vez más cómplice. Mientras el grupo seguía su curso, cada pareja en su propio mundo de charlas y bromas, la sintonía entre Iván y yo se convirtió en el auténtico centro de mi atención.
Recuerdo que, en un momento dado, nos detuvimos frente a una de esas paredes urbanas decoradas con grafitis y detalles pintorescos.
No sé muy bien qué fue lo que provocó el chiste, pero ambos estallamos en una carcajada limpia, de esas que te devuelven la vida por completo.
Nos reímos de lo absurdo del momento, de la ironía de la época que nos tocaba vivir y de lo surrealista que resultaba habernos encontrado justo ahí, de esa manera tan fortuita.
En ese instante, mirando su sonrisa, sentí cómo se desvanecía cualquier rastro del peso que arrastraba desde hacía semanas.
Hacía tanto tiempo que no me permitía reír con esa libertad que casi me había olvidado de la sensación.
Hablábamos de todo y de nada, hilando temas triviales con confesiones ligeras, descubriendo que cada palabra encajaba con naturalidad.
Sin darnos cuenta, nos habíamos convertido en cómplices silenciosos dentro de nuestro propio grupo, compartiendo miradas de reojo y sonrisas que ya delataban un interés muy difícil de disimular.
Cuando la noche tocó a su fin y cada uno emprendió el camino de vuelta a casa, el aire guardaba todavía el eco de aquellas risas. Lo que empezó como una negativa rotunda a salir se había transformado, sin previo aviso, en la certeza de que algo nuevo y luminoso acababa de nacer.
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