Nuestra historia desde la oscuridad a las estrellas
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✦ CAPÍTULO 1 ✦
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El inicio del caos
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Mi vida, por aquel entonces, era un caos a la deriva. Estaba rota, desgajada por dentro, como una barca sin timón atrapada en el centro de una tormenta emocional de la que creía que jamás lograría salir.
Aquel día, en mitad de mi espeso desorden sentimental, fue Elena —mi amiga de siempre, de esas presencias luminosas que aparecen sin que se lo pidas, pero justo cuando el aire empieza a faltarte— quien me dio un pequeño empujón para volver a respirar.
—No vas a solucionar nada llorando en la cama y comiendo helado —me soltó, medio en broma, medio en serio, con esa autoridad inquebrantable que solo tienen las mejores amigas—. Lo único que vas a ganar son calorías… y tristeza crónica.
No le faltaba razón. Me levanté de la cama, me peiné lo poco que me quedaba de dignidad y me arreglé dispuesta a enfrentar el mundo exterior.
La tarde caía sobre Málaga con esa luz dorada tan característica y, aunque todavía se respiraba la tensión silenciosa de la época de restricciones, la ciudad seguía latiendo bajo una nueva y extraña normalidad.
Nos citamos en el corazón de Málaga, por los alrededores del Soho.
Recuerdo con absoluta nitidez cómo me alegré de haber accedido a salir; sabía que verla me haría bien.
No vino sola, claro, porque Elena posee esa magia innata para conectar mundos.
Con ella venía Claudia, una chica encantadora, de sonrisa fácil y esa clase de energía que inspira confianza instantánea.
A nuestro pequeño grupo se sumó también Julio, un amigo de toda la vida de Elena.
Éramos cuatro, caminando y charlando entre las luces cálidas de las calles malagueñas. Buscamos un rincón donde tomar algo, dispuestas a reírnos de la vida como si nada nos pesara en el alma. Y por unas cuantas horas, milagrosamente, nada dolió.
El reloj rozaba ya la medianoche cuando ocurrió aquello que cambiaría por completo el rumbo de mi destino.
Estábamos haciendo cola en la entrada de una discoteca —con las estrictas limitaciones, las mascarillas y la incertidumbre propia de aquel 2020 en plena pandemia— cuando aparecieron dos chicos.
Se acercaron con paso firme y una naturalidad arrolladora, como quien pisa un terreno que ya conoce de memoria a pesar de los tiempos extraños que nos tocaba vivir.
Uno de ellos resultó ser viejo conocido de Elena. Nos los presentó sin preámbulos:
—Él es Iván, y su primo, Alberto —dijo, señalando a cada uno con una sonrisa cómplice que ya lo advertía todo.
Y ahí, justo en ese preciso instante, comenzó de verdad nuestra historia.
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