Nudos de sal Capítulo 51
99%

Capítulo 51

Urbanización Cala Asterpot

Cora Vilaboi había volado por los aires el narcotúnel de Cala Asterpot. La explosión retumbó con una violencia brutal en todo el Val Miñor. Eso y la inmensa fumata de humo negro anunciaron la alerta.

La viuda de Ramiro Rey tomó la decisión en cuanto abrió los ojos y habló con su hija… y su hijo. Antón Rey confesó todo. Sí, allí guardaba las bolsas de dinero que su padre y él almacenaban. Allí la Fariña tenía buena parte de su tesoro, que ahora yacía sepultado bajo los escombros.

Una semana después de despertar, aún con el costado dolorido y una aparatosa venda, empezó a prepararlo.

Aprovechó las noches de teórico descanso para recuperar los apuntes de su carrera como ingeniera de minas.

Tuvo que remover cielo y tierra para encontrarlos y aún más para no despertar a Sonia, atenta los primeros días a cualquier necesidad que tuviese su madre.

Sibilina y delicada, Cora Vilaboi soportaba los pinchazos agudos en el costado de su cuerpo maltrecho mientras buceaba en la buhardilla hecha trastero a rebosar de recuerdos guardados en cajas meticulosamente nombradas (por fortuna, Ramiro tenía esa costumbre).

Al final de todo aquel maremágnum de fotografías antiguas, discos de vinilo, VHS , ropa, cuadros, equipamiento deportivo donde ya no entraban, decoración navideña y ropa de esquí, dio con un cartón roído bautizado como CARRERA CORA .

Cargó la caja a pulso, apretando los dientes para vencer al dolor, y la colocó sobre un viejo y desgastado mueble que Ramiro había llevado de casa de sus padres.

El mismo del que su hija, tres semanas antes, había sacado la escopeta que, en cierto modo, le había salvado la vida.

Halló lo que buscaba bajo una montañita de archivadores, un descolorido diploma al que ni prestó atención y una orla que le recordó que una vez había sido joven.

Regresó a su habitación guardando los apuntes en la gomilla trasera del pantalón por si Sonia se levantaba y pasó la noche en vela, repasando las necesidades de un plan tan loco en su ejecución como meridiano en su objetivo.

Al día siguiente, aprovechando que su hija había quedado con unas amigas para ir a playa América, cogió el coche de su difunto marido, tal y como había hecho cuando fue a ver a Alfredo para pedirle que descubriera al verdadero asesino de Ramiro, y acudió a una tienda de Baiona, donde compró fertilizante.

Después repostó en una gasolinera camino a Vigo y llenó un bidón pequeño de diésel.

Por último, en una nave industrial cercana a la ciudad olívica, adquirió bidones plásticos de po lietileno y unos tubos pequeños de PVC .

No necesitaba más. Ni le im portó lo más mínimo dejar rastro. De hecho, pagó todo con tarjeta.

Sólo parecía un ama de casa que caminaba con alguna que otra dificultad, había comprado fertilizante para su jardín, un bidoncito de combustible y unos cubos.

Pura fachada. Los cimientos escondían intenciones distintas.

Usando el garaje como centro de operaciones, Cora Vilaboi iba a fabricar una bomba.

Con la determinación superando al dolor, hizo los cálculos de la mezcla una y otra vez. Nunca habría pensado que el garaje donde Ramiro se entretenía con herramientas o guardando un viejo descapotable iba a convertirse en su laboratorio para fabricar ANFO .

El explosivo, usado comúnmente para demoliciones, voladuras o trabajos de minería, no requería mucho más que una mezcla proporcionada y algunas horas de trabajo.

Se protegió con unos burdos guantes de jardinería, unas gafas de sol y una mascarilla FFP 2 que aún quedaba en un cajón desde la pandemia.

Revisó dos veces los cálculos antes de comenzar y ejecutó la operación en el barril.

Cuando tuvo la mezcla, la metió en los tubos de PVC .

Las gomillas de la mascarilla esta ban empapadas en sudor.

Pese a las gafas de sol, le picaban los ojos y sentía dolor en las muñecas por el trazo incesante de círculos para lograr la mezcla adecuada.

Sólo quedaba el detonador y algo de goma 2.

Lo más difícil de conseguir a priori … que acabó resultando de lo más sencillo.

Únicamente tuvo que tirar de contactos. Algunos la hacían culpable de los delitos de su hijo, de los chanchullos de su marido o de la trágica muerte de su sobrina.

Sin embargo, las confesiones sobre su milagrosa supervivencia y la pena sentida por su soledad acabaron por convencer a un viejo compañero de carrera: Miguel Blanco.

Cora interpretó tan convincentemente el papel de un alma apenada y castigada que acabó concertando una cita con su viejo conocido sólo dos días después.

Quedaron en la misma mina donde él fue enseñándole el proyecto y explicándole lo poco que le quedaba para jubilarse.

También el amor por sus dos hijos, ya mayores y uno a punto de hacerle abuelo, y su temprano enviudamiento…

Sí, por la cabeza de Cora también pasó que aquella compañía podría resultar agradable en un futuro.

En otro futuro. No en este, donde ella fabricaba un explosivo para volar un túnel y lo demás daba igual.

Recurrió a un truco viejísimo, la perfección del amortizado «tengo que ir al baño» al que añadió un apéndice más: «Tengo que ir al baño por la menopausia…

Ya sabes». Pero no, seguramente ese hom bre no sabía de qué le hablaba.

Y, entre la incomodidad del desco nocimiento y de lo íntimo que sonaba aquello, atropelló tres «claroclaroclaro» y dos «porsupuestoporsupuesto» y esperó lo suficiente como para que Cora metiese en su bolso un cartucho de goma 2 y un detonador.

No fue el robo más elocuente del siglo, pero tampoco le importó mucho. Tenía lo que quería y no veía más allá.

Se despidió de Miguel Blanco con dos besos.

El segundo algo más prolongado. No fue una declaración de intenciones, más bien un im pulso por sentirse todavía deseada.

Por demostrarse a sí misma que Teo, en algún momento, la había amado.

Que en algún momento de esa historia tórrida y pasional había existido un amor que era tempestad y también calma.

Que, aunque la intención de Teo Costas era hacer de ella un canal, había terminado siendo su refugio.

No. Por supuesto que no lo perdonaba. Nunca lo haría.

El problema es que cada vez que lo pensaba había un enorme PERO .

Uno gigantesco. Y no era otro que la certeza de que en los ojos de Teo, en sus caricias, en su sonrisa, en su forma de besarle la mano, de pasarle la yema del dedo por el escote…

en todo eso había amor. Del de verdad. Ella lo sabía.

Las únicas veces que pensaba en que su amor no había sido tan fuerte era cuando se daba cuenta de que no había impedido que cometiera un acto atroz y entonces volvía a Ramiro.

Al día de su boda jurándose amor eterno.

« En la salud y en la enfermedad», dijo el cura.

Y estuvo. «Hasta que la muerte os separe», dijo después…

, y también estuvo. Pero nadie había dicho que el camino era una línea recta.

Había amado a Ramiro. Mucho. Y, en los últimos tiempos, a su manera.

El regreso a casa fue lento. Como si el detonador fuese a explotar, pese a no estar conectado a nada.

Allí lo único que iba a explosionar era ella misma.

Lo sabía y lo tenía controlado. El maldito túnel de Cala Asterpot iba a «irse a la mierda».

Se sintió bien pensándolo así, con esa palabra, «mierda».

Sobre todo porque hacía mucho tiempo que no decía una palabrota.

Una vez que tuvo preparado todo, debía evitar que nadie sufriese daños.

Eso era primordial. Resultó más sencillo de lo que imaginó: todos los vecinos habían recibido una invitación donde se les pedía que confirmasen su asistencia a una fiesta.

Lo había hecho reservando el pazo da Touza, en Nigrán, a través de una vieja amiga de la familia.

Incluso había pagado por adelantado y lo había puesto en la invitación.

Sí, lo había hecho con el dinero de la Fariña.

Un pequeño cobro personal por la ausencia de Ramiro, Antón…

y Natalia. Aún no se había atrevido a hablar con su hijo de aquello, pero era capaz de empatizar con su pérdida.

Cuando no quedó ninguna luz encendida en Cala Asterpot, Cora Vilaboi bajó por su propio túnel, fue repartiendo los explosivos en función de sus cálculos, y colocó el detonador que había robado.

Pensó en llamar a la policía antes para que fuesen llegando, pero tenía miedo de que sus cálculos fuesen erróneos. Nada más lejos.

Colocada en la playa donde su sobrina se había quitado la vida, fijó la vista en la caseta de vestuarios con algunas letras de menos.

La boca del lobo, el descenso a los infiernos de toda su familia.

Con su difunto marido, sus hijos y también su amante en el pensamiento, oprimió el botón y dio por terminada su pesadilla.

Después su sonrisa satisfecha fue mutando en estridentes carcajadas de liberación.