Epílogo
El marisco vuela raudo en bandejas que brillan como si las cambiaran antes de cada servicio.
Hay de todo: nécoras, bogavante, langosta, bruños, percebes que se escurren entre los dedos como arena cogida a puñados.
Son voraces. Depredadores. Comen, beben, ríen…
Las botellas vacías de albariños, ribeiros y otros tantos vinos se acumulan en el centro de la mesa.
Y, sin embargo, siguen cabales, lúcidos y con las ideas claras.
El humo de puros y cigarros forma una especie de boina nubosa sobre ellos.
Lo prohibido no es más que una sugerencia.
La zona donde comen está aislada del resto del restaurante.
Es una sala exclusiva, reservada para eventos como bodas, comuniones o reuniones de las personas más importantes… , y Ellos lo son.
Las servilletas están llenas de marcas de dedazos, del líquido que suelta el marisco y de ceniza que, bajo algunas sillas, deja un rastro similar a las migas de pan que usaban los hermanos de Pulgarcito para no perderse…
Sólo que este camino lleva, directamente, al lobo, a la bruja o al ogro. Este camino lleva al mal.
Los camareros y camareras también lo intuyen.
No hay una certeza, pero sí una sospecha firme.
Como si la humareda de nicotina y tabaco que los rodea fuese en realidad una miasma, y las risas, una pátina diabólica que pudieran percibir.
Una de las camareras, una joven de no más de veinticinco años a la que habían obligado a quitarse todos los piercings que llevaba por la cara, había rehusado servirles alegando que sus auras eran negras.
El dueño del local la echó esa misma mañana…
aun sabiendo que tenía razón. No hacía falta ser espiritista para saberlo.
Todo cambia con el licor café y la crema de orujo. Su consumo es reposado. Algunos exigen hielo para aguarlos y saborearlos en vasos anchos, más propio del whisky u otras bebidas espirituosas.
—Estamos sin tesoreros —dice uno de ellos. Lleva un polo blanco y una americana de lino azul clara. Es delgado, de facciones duras y morenas, pelo cano, rizado y peinado hacia atrás.
—Y sin uno de nuestros miembros… A ver, pero ¿ qué pasó exactamente con la sobrina de Ramiro?
El que lo pregunta es la antítesis del primero: lleva una camisa azul oscura.
El tripón asfixia los botones de la panza.
El humo amaderado de un puro marca los carrillos rojos, presos del esfuerzo del simple hecho de respirar.
Su servilleta es la más manchada, sus dedos, los más pringosos, y su copa, la más llena.
—Se metió un tiro en la cabeza.
Los demás tienen que intuir qué ha dicho.
Ha hablado con la boca llena, enseñando los restos del pedazo gigantesco de tarta de queso que acaba de engullir.
Pese a la ausencia de modales, va impecable: traje entero de color azul, corbata a rayas y un afeitado pulcro y cuidado enmarcado en unas gafas de pasta negra.
—Sé un poco decente, ¿quieres? —reprocha el último limpiándose la boca con la servilleta.
Es calvo, de ojos pequeños y oscuros que contrastan con un bigote tupido y blanco.
Alto y espigado, luce un traje moderno de tres piezas en color gris con pañuelo y corbata a juego.
Lleva sus iniciales en los gemelos y un reluciente reloj de seis mil euros destella en su muñeca—.
Hablamos de una joven que se ha suicidado.
—¡Hablamos de que hemos perdido a Ramiro y también a los tesoreros, hostias! —El del polo blanco y americana azul clara golpea la mesa con furia.
—No te pongas nervioso. Ya tengo a alguien —dice el que ha pedido decencia. Los otros tres lo miran, extrañados.
—¿Por qué no has dicho nada? —recrimina el gordo.
—Os lo estoy diciendo ahora.
—¿Y no dará la nota? —pregunta el que está intentando pasar el trozo de tarta de queso con un vaso de agua para terminar bufando y soltando una risotada.
—Menos que tú en una pocilga. —Pese a que no es chiste, se lo toman como tal. Él no. Él sigue impertérrito. Esperando a que terminen de reír. Sólo cuando lo hacen retoma lo que le interesa—. No levantará ninguna sospecha.
—Está bien. ¿Quién es? —dice el gordo mientras enciende otro puro, el tercero de la comida.
—Está aquí, si queréis conocerlo.
—¿Qué? Pero ¿te das cuenta de dónde estamos? —regaña el de polo blanco y americana de lino.
—Somos un grupo de amigos comiendo, coño. Relaja. —Una vez deglutida la tarta de queso y tras encharcarla de agua en el estómago, otro chupito de licor café le atraviesa el gaznate.
El tipo de traje gris con corbata y pañuelo a juego consulta su flamante reloj, alza la mano y hace un gesto, como si llamase a un camarero.
Pero en su lugar un hombre abre la puerta de la sala y se acerca a la mesa.
Su entrada es casi ceremonial, solemne. El paso es relajado y tranquilo.
Como si aquello no fuese con él. Como si no estuviera a punto de convertirse en una de las personas de mayor confianza de aquel grupo.
Su anfitrión se levanta en cuanto está a su lado y le estrecha la mano.
El lujoso reloj destella por los rayos de sol.
—Me alegra que te hayas decidido a venir —dice manteniéndose de pie, a su lado.
—El gusto es mío, caballeros.
—¿En serio? —se mofa el gordo.
—¿Qué es exactamente lo que te parece mal?
—Pero ¿tú lo has visto?
—Sí, claro… ¿Tú no? Por favor. Si es perfecto…
—Coincido. —Ahora sólo lleva el polo blanco. La americana azul clara cuelga del respaldo de la silla con gracia natural.
—Y yo. —Una vez terminado el licor café, enciende un cigarrillo y echa el humo al aire—. Es la hostia.
—¿Todos conformes? —pregunta con una sonrisa de dientes pequeños el del traje gris. El beneplácito de los suyos lo ilusiona.
—Sólo hay un problema… —dice el nuevo invitado mostrando las dos palmas de las manos, intentando evidenciar que se trata de algo menor.
Su anfitrión lo mira, sorprendido. El detalle ha empañado una actuación perfecta y eso le molesta. Traga rabia. Nota el peso cayendo a plomo en su estómago, pero lo disimula con una falsa sonrisa.
—¿Qué problema?
El tipo saca una foto y la coloca encima de la mesa.
—Me suena un huevo.
—Y tanto que te suena. Su cara ha salido por media España.
El gordo se estira para coger la foto. Su enorme tripa mueve la mesa, pero nadie dice nada. Unos dedos rugosos y anchos estrujan la imagen.
—Dala por muerta. —Enseña una sonrisa de tiburón y apaga el puro sobre la cara de la detective Nora Pardo.