Capítulo 50 #2
Me quedo pensativo unos segundos, dándole vueltas a una frase que Nora Pardo acaba de decir. Me da igual los policías corruptos que hubiese. No es mi problema ahora mismo, pero sí otra cosa.
—¿Por qué has dicho «eran cinco», en pasado?
—Porque llevan un tiempo siendo cuatro…, y eso los ha puesto nerviosos.
—No puede ser…
—Lo era, Alfredo. Entiendo que para ti resulte difícil de creer, pero por eso empecé el seguimiento.
—¿Y Antón no lo sabía?
—Nadie lo sabía. Sólo lo saben entre ellos. Cuando Teo Costas mató a Ramiro, cortó una de las cabezas de la organización sin ni siquiera saberlo.
—¿Y por eso me pasaste los interrogatorios?
—Tú conocías a la familia Rey Vilaboi mejor que nadie.
Supuse que con esos interrogatorios verías realmente quiénes eran y quizá vieses algo extraño, que te llamase la atención, y me condujeras hasta otro cabecilla.
Intuí, erróneamente, que Antón, Sonia o la pro pia Cora sabrían algo…
Pero nada. Sigo dando palos de ciego. Han estado muy tranquilos desde lo de Ramiro.
Y se han quedado sin tesoreros. Ahora… Ya sabes lo que dicen: un animal herido es más peligroso.
Es en ese momento cuando entiendo que mi participación en toda aquella historia ha acabado. Tengo sesenta y nueve años y ningunas ganas de preocuparme por una banda de la que no he sabido nada en casi toda mi vida.
—Entiendes que mi camino llega hasta aquí, ¿verdad?
—Por supuesto que lo entiendo, Alfredo. Y siento haberte metido en esto.
Le sonrío. Puedo estirar esa conversación muchísimo más tiempo, pero ¿qué voy a decirle?
, ¿que gracias a ella acabo de vivir una aventura inolvidable?
, ¿que me siento orgulloso de que ni Cora ni Sonia formasen parte de aquello?
, ¿la decepción que me supone certificar que no conocía del todo a mi mejor amigo?
Simplemente, le tiendo la mano.
—Creo que nuestras familias nos esperan —digo en un murmullo que suena a despedida.
—Disfruta de la cena. Y suerte con la novela. La leeré con mucho gusto.
—Y yo te lo agradeceré. —Sonrío dando por zanjada la conversación y todos los misterios.
Subimos en fila la cuesta por donde los coches ascienden o bajan al aparcamiento. Una vez arriba, una brisa suave cargada de olor a mar nos acaricia la nariz. Cruzo con ella de acera y veo a su marido y a su hijo contemplando los barcos. Los señalo.
—Reparte besos —digo antes de despedirme.
—Repartiré.
Mientras me alejo de la detective Nora Pardo, también lo hago de aquella truculenta historia en la que me he visto envuelto sin quererlo.
Asciendo por la fortaleza pensando en Ramiro.
En cómo nos había mantenido engañados a todos durante tantísimos años.
Él, uno de Ellos. Es terrorífico. ¿Qué habría hecho?
, ¿matado?, ¿secuestrado? Se me ponen los pelos de punta.
Me duele pensar así de mi amigo… y me alivia la certeza de que nada de eso manchará ya a mi familia.
Cuando llego a la mesa, sufro los reproches evidentes de mis mujeres sobre mi lentitud y capacidad para encontrar lo perdido. No les hago caso. Me da igual. Sonrío y voy repartiendo besos una a una antes de tomar asiento.
Elevados considerablemente sobre el mar, la espesura de la noche cerrada envuelve las siluetas de las islas Estelas y de las Cíes.
También de Monteferro, que sobresalen con un monte profundo y oscuro y donde, extrañamente, no hay ninguna ventana iluminada en la urbanización Cala Asterpot.
Contemplo a mi mujer y a mis hijas, envueltas por una tibia luz artificial, que para mí sólo confirma su aura celestial.
Cojo aire, pensando en todo lo que había vivido para llegar hasta allí: el asesinato de Ramiro, el encarcelamiento de Antón, María José dejando un sobre con amenazas en su buzón, Cora reconocién dome que sabía que tanto su marido como su hijo estaban metidos en la droga, el ataque a Teo Costas, el descubrir que el policía y asesino de Ramiro era en realidad el amante de Cora, la revelación de Sonia sobre Raúl, a mis bros del bar de Coia, el viaje a Oporto, el descubrimiento acerca de la verdadera identidad de Teo, el ataque a Elena, milagrosamente ya recuperada y absuelta, el colarme en casa de Teo y Begoña intentando limpiar el nombre de mi hija, el asalto a Juan Vilaboi, el seguimiento nocturno a Natalia Vilaboi y por último la casi muerte de Cora y el suicidio de la sobrina de Ramiro y la reciente revelación de Nora Pardo…
Me parece un milagro estar allí, disfrutando de María José, Marta y Elena.
Me la he jugado enormemente… y me ha salido bien.
Otros no pueden decir lo mismo, pero yo sí.
Yo he triunfado. Y sí, voy a terminar un libro, pero da igual.
Cuando comencé toda esta historia afirmé que a mi edad nacían ciertas preguntas.
La puerta de salida se ve cerca y la existencia imagina un plano en el que ya no estás: ¿quién me recordará?
, ¿cómo lo harán?, ¿cuál será mi legado?
Sí, yo me formulaba esas preguntas y creía que el libro era la respuesta.
Obviamente, me equivocaba: mi legado está ante mí y siempre lo ha estado, aunque yo no haya sabido verlo. Ellas son mi todo.
Pedimos una cena abundante y copiosa. Brindamos con albariño, rematamos con chupitos de licor café como buenos gallegos y aún nos da tiempo a pedirnos un gin-tonic.
La noche es fantástica, yo llevo unos chinos, la camisa de cuadros blanca y azul y un jersey verde oscuro echado a los hombros que estoy pensando en ponerme… y que he dejado olvidado en aquel bar.
Todo sucede en apenas un minuto. Primero es el humo y la alerta de Elena.
—Papá, eso… ¿Eso es humo? —Señala al horizonte, hacia Monteferro.
—Es Cala Asterpot, ¿no? —La pregunta de Marta es casi retórica. Sabemos perfectamente que sí.
—¡Llama a Cora! —chilla María José.
Me levanto para sacar el móvil del bolsillo, pero ni me da tiempo a mirarlo.
Una explosión salvaje nos arroja a todos al suelo. Cuando alzo la cabeza, con el pitido en los oídos, la imagen de la urbanización Cala Asterpot devorada por el humo reverbera en mis pupilas.