Nudos de sal Capítulo 50
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Capítulo 50

A LFREDO O TERO

Han pasado tres semanas desde el suicidio de Natalia Vilaboi.

Sonia Rey sufrió un ataque de ansiedad tras el disparo.

Me quedé a su lado y la abracé, poniéndola de espaldas al cadáver aún caliente de su prima.

El aire olía a pólvora y a carne chamuscada.

Un equipo policial llegó un tiempo después, no soy capaz de precisar cuánto, pero me pidieron explicaciones y les enseñé la grabación que acababa de hacer con el móvil añadiendo que ahí estaba la prueba liberatoria de mi hija, acusada injustamente del asesinato de Teo Costas.

Cuando nos preguntaron cómo habíamos llegado hasta la playa, Sonia y yo nos miramos…

, y yo respondí que siguiendo monte a través y por las rocas a Natalia Vilaboi.

No quería que nadie más supiese de la existencia de ese dichoso túnel.

La hija de Ramiro y Cora debió leerme el pensamiento porque asintió, conforme, y no dijo ni una palabra.

Nos escoltaron hasta la casa dos agentes y al salir vimos cómo se llevaban a Cora entubada y en una camilla.

Había sobrevivido. Sonia trató de abalanzarse sobre su madre, pero los sanitarios la frenaron y le advirtieron de que su estado era crítico.

La demoledora frase fue: «Es improbable que pase de esta noche».

Pero lo hizo. Cora Vilaboi sobrevivió. De hecho, ahora ya está en casa tras dos semanas en la UCI y otra ingresada.

Hemos retomado el contacto y olvidado los puñeteros mensajes.

Fui a verla un par de veces al hospital acompañado de María José y las niñas y otras tantas solo.

Y a su casa, pero evito pasar por la planta de abajo.

En mis pesadillas aún resuena el disparo que casi acaba con su vida y la cara aterrada de Natalia Vilaboi justo antes de suicidarse.

También aquella frase premonitoria y aterradora: «Ellos lo controlan todo».

No he visto a esos Ellos y, sinceramente, tampoco tengo intención.

Ojalá así se hubiera cerrado todo. Aunque me equivocaba enormemente y lo comprobaría esa misma noche.

María José y las niñas han decidido que ese viernes salíamos a cenar.

Ya es Semana Santa y el buen tiempo hace presagiar unos festivos excelsos en Baiona.

De esos de calles llenas, noches abarrotadas y turismo desatado.

Empiezo a distinguir a algunos fodechinchos —esos turistas irrespetuosos tan detestados por los gallegos—.

Aunque a mí nunca me han molestado en exceso.

Ventajas de vivir en las afueras del pueblo, supongo.

Estoy a punto de concluir mi novela porque todo aquel caso doble, por llamar de alguna manera a la muerte de Ramiro y Teo, ha despertado en mí una furia literaria inagotable.

Escribo día y noche, repasando páginas, borrando, añadiendo…

Ya ten go el final, y sólo me falta un epílogo épico.

Algo sentido y emotivo que, sé, voy a dedicar a Ramiro.

Por orden expresa de María José, cenaríamos en el Enxebre.

Un restaurante de marisco ubicado nada más pasar la torre de la Tenaza de la fortaleza de Monterreal.

Estaciono en el aparcamiento de la Palma, el mismo donde había esperado a Cora el día en el que me reveló, por decirlo de alguna manera, su aventura con Teo Costas. Cuánto había pasado…

Ya estamos enfilando la entrada a la fortaleza.

Dejando a la izquierda el parque de la Palma y a la derecha, y bajo un murete elevado, la playa de la Ribeira, donde una pareja joven lanza un palo a un perro y un par de adolescentes brindan con botellines de cerveza sentados en círculo sobre toallas.

Placeres de una juventud lejana y muy envidiable.

Los barcos están tranquilos y la marea luce baja.

La réplica de la carabela La Pinta, majestuosa, se impone altiva sobre el resto de las embarcaciones.

La luz de las farolas del paseo marítimo reverbera en las tablas del navío dándole un aspecto deífico.

Un padre sostiene a su bebé en el muro, contemplando el espectáculo visual que Baiona suele regalar a quien decide poner un pie en sus calles.

Y, cuando más absorto estoy en el paisaje, suena mi móvil.

—Finge que es una llamada comercial, Alfredo.

Deshazte de tu mujer y tus hijas. Diles que las ves en el bar en cinco minutos, que has olvidado algo en el coche.

—El tono está lejos de sonar a amenaza, de hecho, parece divertirse.

Es una voz femenina, completamente desconocida para mí.

No digo nada. Y creo que, acertadamente, interpreta mi silencio como una negativa—.

No tengas tantas dudas, Alfredo. Cuelga y ve al coche.

Te espero allí. —Y en ese momento añade el único cebo al que yo no puedo resistirme: la respuesta a la única pregunta que no he logrado resolver en toda esta historia—.

No me digas que no quieres saber quién te mandó el USB con los interrogatorios de Teo Costas.

Y yo pensando que me hace falta un final épico. Si supiese todo lo que iba a pasarme a continuación…

Obedezco haciéndome el olvidadizo, y, como mi mujer y mis niñas ya conocen mis poquííísimos (más quisiera) defectos, no les sorprende cuando digo que me he dejado la cartera en el coche y que me esperen arriba.

Al bajar al subterráneo, encuentro una figura femenina apoyada en el capó.

Lleva un vaquero, una chaqueta blanca de rayas horizontales gruesas y azules y una gorra bien calada.

—Iba a decirte que esto es propio de mi profesión, pero impropio de la tuya…, pero no estoy segura del todo. Estás hecho todo un detective.

Me suena. Mucho. Muchísimo. Yo he visto antes a esa mujer.

Se alza y me tiende la mano.

—Soy la detective Nora Pardo.

Me quedo de piedra y de pura impresión soy incapaz de extender el brazo. Ella lo baja y es en ese momento cuando reacciono.

—¡Perdón! —grito tendiendo el mío y estrechándole la mano con fuerza. Incluso uso la otra para ponerla sobre el dorso de la suya—. Es un inmenso placer conocerte. Lo siento, es que me sonabas mucho, pero no te ubicaba.

—Llevas viéndome unos cuantos meses… Si no me has ubicado es que he mejorado considerablemente en cuanto a técnicas de seguimiento y disimulo.

—¿Varios meses?

—Mi hijo y yo te saludamos un día que paseabas con tu mascota por Monteferro, estabas cerca de uno de los cañones de la batería.

También estábamos a tu lado el día que fuiste con tu familia al monasterio de Oia, cuando invitaste a Begoña, la mujer de Teo, a un agua en el hospital…

, y el día que fuiste a la taberna Eligio de Vigo y pasó lo de Natalia.

Estuve siguiéndote casi todo el día. Primero, cuando paseaste a la perra por la mañana fui un rato a tu lado; luego, cuando fuiste a la taberna, yo estaba en la mesa de al lado, dándole un potito al niño.

Te perdí cuando decidiste meterte marcha atrás en Gran Vía.

Eso sí que no lo esperaba… —Nora Pardo se está divirtiendo.

—Me… ¿me has estado vigilando? ¿Por qué?

—Intentaré resumirlo para que ninguno llegue tarde. Yo también estoy con mi familia. Es el padre con el bebé que has visto arriba, mirando los barcos. ¡Oye! —exclama como si hubiese olvidado algo importantísimo—. ¿Qué tal Elena, por cierto?

—¿Elena?

—Elena, tu hija. Del tema de… ya sabes. —Hace el gesto como si se clavase un cuchillo en el estómago, golpeándoselo con el puño cerrado y haciendo una mueca con el labio. Curiosa manera de acabar una pregunta.

—¡Ah, sí! El ataque. Está perfecta. No le han quedado secuelas más allá de una cicatriz horrible y pesadillas.

—Yo también las tuve. Primero con mi padre, luego con lo de Verné Dupont… Dormir no es lo mío.

Un silencio más largo de lo habitual se cruza entre nosotros y es la propia Nora Pardo quien lo destierra.

—Yo te mandé el USB con los interrogatorios de Teo Costas.

—¡¿Tú?! ¿Por qué? ¿Por qué a mí? —He debido de abrir tanto los ojos que le he provocado una sonrisa divertida y sincera.

—Ya sabes que tengo… cierta mano en la policía, por decirlo de alguna manera.

Teniendo un marido policía, una mejor amiga policía y tras haber resuelto lo de las islas Cíes, digamos que ciertos grandes jefes tienen un poquito más de mano ancha cuando soy yo la que pide información.

Siempre de forma velada, claro. —Asiento—.

Te escogí a ti por una razón muy sencilla: tú eras el mejor amigo de Ramiro Rey.

Me quedo callado unos segundos antes de hablar, esperando a que continúe, pero no lo hace.

—Lo siento, pero no. No lo entiendo. —Casi lo pronuncio como una disculpa.

—Yo estaba investigando a los Rey Vilaboi.

Llevaba mucho siguiéndolos, ¿y a quién me encuentro de pronto, en pleno Monteferro una noche?

A Teo Costas… Casi me descubre porque pisé una rama, pero ni él ni Antón se percataron de que estaba allí.

Según Santiago Marín, esa noche fue en la que Teo mintió a su mujer y decidió matar a Ramiro.

Por cierto, enhorabuena por ese descubrimiento. Ni yo misma lo sospechaba.

—Gracias.

Me sonríe antes de continuar hablando. Como una profesora orgullosa de su alumno.

—Inicialmente, pensé que Teo iba a denunciarlos…, pero, como tardó tanto, me acojoné. Pensé que estaba en el ajo.

—¿En el ajo?

—Que se dedicaba al mismo negocio que ellos.

—¿Pensaste que Teo era uno de los narcos?

—¿Qué te sorprende? —se burla—. Alfredo, creo que no te han contado algunas cosas… ¿Has oído hablar de Ellos?

—Antón los mencionó las dos veces que fui a hablar con él a la cárcel de A Lama. Dice que son gente muy peligrosa.

—Lo son. Muchísimo. Controlan todo, Alfredo. Todo. Droga, dinero falsificado, armas, prostitución… Lo único que he podido averiguar, hasta ahora, es que eran cinco.

—¿Cinco? ¿Por cinco hombres tenía tanto miedo Antón?

—No imaginas hasta dónde llegan sus tentáculos. La capacidad de mando y control que tienen. Cada acto de ilegalidad que se comete en la provincia lleva su firma. Por eso pensé que habían comprado a Teo Costas. No sería el primero.