Nudos de sal Capítulo 49
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Capítulo 49

A LFREDO O TERO

Sonia era lo más importante para Cora. Y ¿por qué no decirlo? También era su favorita. Sobre todo, porque Antón había salido mucho más despendolado y, curiosamente e incumpliendo la norma tácita, porque Cora adoraba a Sonia y Ramiro adoraba a Antón.

Sus últimas palabras son un ruego en plena despedida.

El dolor que siento por su muerte me espolea y la adrenalina hace el resto.

No me duele nada, aunque sé que el impulso acabará y entonces caeré rendido en una cama y, quién sabe, habiendo resuelto lo de Elena.

Porque sí: ese es un final magnífico para mi novela (si salgo vivo), pero necesito que Natalia confiese y, sobre todo, grabarlo.

Algo que sirva de prueba para exculpar a mi niña.

No recuerdo en cuánto tiempo recorro el túnel que une los chalets de Cala Asterpot y sirve de refugio para el dinero de la droga.

Una vez cerrada la escotilla, mis piernas se mueven solas.

Me duele enormemente la cabeza, pero estoy concentrado, lúcido.

Hace tiempo que mi concentración no alcanza esos niveles.

Asciendo por la escalerilla metálica que he recorrido hace…

¿cuánto? El tiempo está moviéndose distinto.

El exterior me recibe con un azote mentolado y salubre. Dejo caer la trampilla y echo a correr hacia la playa. Saco el teléfono, activo la grabadora y lo guardo en el bolsillo. Distingo las dos figuras encañonándose y, en un alarde de inconsciente gallardía, grito:

— ¡Parad! ¡Sonia, Natalia, no! —No pienso que puedan dispararme.

—¡Ha matado a mamá! ¡Ha matado a mamá! —chilla poseída Sonia Rey. Verla allí, empuñando una escopeta, con los ojos azotados por la ira, los músculos de los antebrazos tensos alrededor de un instrumento de muerte…, me parte el corazón.

—Sólo está inconsciente —miento, pero la hago dudar y desvía la mirada hacia mí—. Baja el arma, Sonia, cariño —intento sonar convincente y sereno—. Por favor… —Después miro a Natalia Vilaboi. El miedo se ha apoderado de sus ojos. Llora de rabia.

—¡Esto no tenía que salir así!

—En los últimos dos años, nada tenía que salir así. —Camino con pasos delicados y medidos hacia Sonia con la intención de ponerme a su lado para que baje el arma. Apoyo la palma en el cañón frío y largo y la desplazo hacia abajo. Tiembla.

—Matarán a mis padres… ¡Matarán a mis padres, joder! ¡¡¡Tengo que mataros!!!

La desesperada amenaza es un resorte para Sonia, que levanta otra vez la escopeta.

—¡Eh, eh, eh! Para. —La miro directamente a los ojos—. Y tú también —digo girándome hacia Natalia Vilaboi y extendiendo la mano hacia ella, como si así lograse calmarla—. Tienes otro camino, Natalia.

—¡No lo tengo!

—¡Sí que lo tienes!, ¡todos lo tenemos! Te protegeremos.

—No podéis. Nadie puede. Ya soy una asesina. Si no os mato, me matarán ellos, y, si lo hago, iré a la cárcel de todas formas.

—¿Por la muerte de Teo?

—Y por todo el dinero de la droga. Igual que mi Antón.

Sonia hace un gesto extraño. Yo niego con la cabeza. Creo que va a preguntar, pero se arrepiente a tiempo.

—Pero no tenías que hacer todo eso, Natalia. Aceptar el dinero de la Fariña fue una elección, juntarte con esa gente fue una elección…

—¡Eso lo hice por Antón! —aúlla.

No contesto y sigo hablando. Tengo claro qué quiero.

—… matar a Teo Costas fue una elección, implicar a tu tío Juan fue una elección e inculpar a mi hija Elena fue una elección… Porque lo hiciste, ¿verdad?

—¿Implicaste al tío Juan?

Tampoco contesto a Sonia ni dejo que Natalia lo haga.

—Dilo, Natalia. ¡Dilo! ¡Culpaste a mi hija!

— ¡Sí, hice todo, joder! Usé un programa de inteligencia artificial para generar una llamada a raíz de un audio que me había mandado su novio Nacho hace mucho tiempo para preguntarme por una ofer ta de un móvil.

—Pero el golpe en la cabeza no mató a Teo Costas…

—Se quedó en coma. Y tuve que matarlo en el hospital. Le insuflé una jeringuilla con aire. Me había visto.

—Embolia gaseosa para acabar con un cabo suelto.

Asiente. Y ahí no veo ningún arrepentimiento en su rostro porque Teo Costas no era sólo un cabo suelto, era el asesino de su tío. De su segundo padre. No le había pesado matarlo. O no tanto como le pe saría matar a otra persona.

Ya tengo las dos confesiones. He dado el primer y el segundo paso. Ahora toca lo más difícil.

—Natalia, quiero que me escuches. Sonia va a bajar el arma…

—¡¿Estás loco?! ¡Yo no voy a bajar…!

—¡Sonia va a bajar el arma! —La potencia de mi voz acalla la suya y evidencia la orden. Mis ojos la secundan clavándose en los suyos sin opción a réplica—. Y yo voy a sacar el móvil y voy a llamar a la policía.

—¡No vas a hacer eso! —Me apunta directamente a mí y se olvida de Sonia. He logrado la confesión y, de momento, que se olvide de su prima. No está saliendo mal, pero no he terminado.

Alzo ambas manos en señal de paz.

—Sonia, baja el arma, por favor. —No obedece—. Sonia, baja el arma. Por favor. —Ahora sí lo hace y se coloca detrás de mí.

Doy un paso adelante, hacia Natalia Vilaboi.

Está completamente superada. La pistola tiembla en sus manos.

Suelta una de ellas para pasarse un antebrazo por la frente y limpiar el mar de sudor que la baña.

A nuestra espalda, algunas luces de los chalets de Monteferro han empezado a encenderse.

En la urbanización Cala Asterpot no hay casa sin una ventana iluminada.

Haces azules y rojos sesgan la oscuridad, perdiéndose entre las curvas que atenuaban el sonido agudo de las sirenas.

—Has disparado a tu tía, Natalia. A tu propia tía. Ambas habéis disparado. Es evidente que algún vecino ha llamado a la policía. Ese, Natalia, es tu otro camino. Por favor…

—No puedo. Si lo hago… Mis padres…

—Te protegerán. En España hay miles de testigos protegidos.

—Nadie puede protegerme ni a mí ni a mis padres.

—Pueden hacerlo, Natalia. Tienes mi palabra.

Me sonríe. Inicialmente pienso que es una burla tipo: «¿Quién coño eres tú para darme tu palabra de que van a protegerme?», pero nada más lejos. Es una sonrisa sincera… y triste.

—Siento mucho lo de Elena, Alfredo. De verdad. —Mira a su prima—. Sonia, perdóname. Os quiero. —Después me mira a mí—. Y a Antón…

—Podrás decírselo tú, tranquila.

—No. No podré. Ellos lo controlan todo.

Se coloca la pistola en la sien derecha.

—¡¡¡Espera!!!

El sonido de su muerte retumba por Cala Asterpot.