Nudos de sal Capítulo 48
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Capítulo 48

A LFREDO O TERO

Un zumbido atenuado arrastra la luz y la casa queda en tinieblas.

Un agarre firme arrastra mi antebrazo hacia el suelo, cobijándome del peligro.

Primero se escucha una detonación. Un flash ígneo inunda la estancia y me ciega los ojos.

Me echo al suelo y me tapo la cabeza y la de Cora.

Ella ha arrastrado el sillón donde estaba sentada en un inútil intento de usarlo de parapeto.

Después escucho un estruendo mucho más violento y un fogonazo más intenso, casi cegador.

Un improperio furioso sesga el olor a pólvora.

Lo siguen pasos acelerados que van extinguiéndose.

Sé qué es: Natalia Vilaboi está huyendo por la trampilla.

Un haz blanco envuelve a Cora por detrás, dándole un aspecto beatífico. Sonia se agacha delante de su madre. Mi amiga mira primero a su hija, después a mí… y por último su estómago. Un líquido caliente y denso est á tiñéndole de rojo la sudadera gris.

Los gritos se suceden durante diez segundos.

El tiempo en el que tardo en reaccionar, llamar a emergencias y pedir auxilio.

Cora no aguan ta mucho más y cierra los ojos.

Su hija gruñe. Es un sonido gutural, animalesco y colérico.

Una sed de venganza nacida de sus mismísimas entrañas.

Sonia Rey Vilaboi coge algo que hay apoyado en la pared y de lo que yo no me he percatado: la vieja escopeta del padre de Ramiro.

Después echa a correr hacia la trampilla.

—¡Sonia, espera! —Mi grito se pierde en el vacío, acompañándola escaleras abajo… sin que haga ningún tipo de caso.

—Al… fredo.

—¡Eh, amiga! No me fastidies. No te vas a ir ahora, ¿no?

—Sonia…

—No. No voy a dejarte, Cora. —Me tiembla la voz. Se está yendo. Ambos lo sabemos.

—Sonia… Por favor —repite con uno de sus últimos dejes de voz.

—Venga, Coralista. Aguanta. Aguanta… ¡Cora!

Sus ojos se cierran. Los míos se llenan de lágrimas que empapan sus mejillas.

La beso en la frente. Le ruego que vuelva.

Le acaricio la cara, arrepintiéndome de este año horrible donde sólo nos hemos comunicado por mensajes.

La culpa me aguijonea el estómago. Miro su rostro sereno y calmo.

Sin rastro de aquel agobio constante que lo ha asolado desde la muerte de Ramiro.

Luego miro la trampilla y sé cuál es mi deber.