Nudos de sal Capítulo 47
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Capítulo 47

A LFREDO O TERO

La muerte me apunta directamente, mirándome con su ojo negro y metálico.

Refugiada tras el arma, Natalia Vilaboi, a la que práctica mente he visto crecer, ya no sonríe .

Un poso de tensa quietud se ha adueñado de la habitación por la temeridad de dar el primer paso.

La rompe Cora con una pregunta nacida directamente de un corazón incrédulo ante una nueva herida.

—Natalia, tú… ¿Qué estás haciendo?

—Protegerme, tía.

—Tú… —repite Cora estupefacta—, pero ¿por qué?

No la dejo responder.

—Porque he descubierto su negocio. Ayudaba a Ramiro y Antón. Es otra de las tesoreras de la droga.

Mi amiga boquea como un pez fuera del agua, incapaz de articular palabra.

—¿Cuándo lo supiste, Alfredo?

—Cuando entendí que nadie te ayudó a comprar el piso de Gran Vía.

Frunce el ceño y arruga la nariz en un evidente gesto de contrariedad.

—¿Cuándo he dicho yo…? —Abre mucho los ojos—. Teo…

—Teo Costas se equivocó. —Miro a Cora—. Ya te dije que tengo todos los interrogatorios que hizo. Esos que falseó para acusar a An tón. En el de Natalia intuyó erróneamente que tu hermano la ayudó a comprarse el piso. Y ella disimuló muy bien. Pero el dinero no venía de tus padres, ¿verdad?

—Tiene que ver con el poder. El dinero no puede comprar eso.

—El dinero no, pero, en tu caso, la familia sí.

—Ramiro se metió ahí, Antón también…, pero el volumen era tan grande que necesitaban a alguien más. Alguien de confianza.

Cora por fin habla. Con una voz dubitativa y áspera, pero habla.

—¿Y Ramiro recurrió a ti? No me lo creo. Tú sabes lo importante que eras para él. Eras prácticamente otra hija. Incluso viviste aquí con nosotros. Ramiro odiaba esa vida, Natalia. La odiaba. No lo dejaron salir y quiso hacerlo varias veces.

Recuerdo perfectamente la conversación con Cora en su cocina, esa en la que me confesó que a Ramiro lo habían apaleado y cómo habían captado también a Antón.

—Tía… —Esboza una sonrisa resignada. La mirada jovial que la caracteriza revela de repente un dolor callado y secreto—. Yo no he dicho que fuese Ramiro…

—¿Entonces?

—Antón… —murmuro sorprendido—, pero ¿desde cuándo?

—Desde cuándo ¿qué? ¿Qué dices? ¿Qué pasa?

Imagino que el cerebro de Cora es incapaz de ver detrás de todo aquello. Por muy obvio que fuese.

Es entonces cuando me percato de que todo ha estado delante de mí todo el tiempo: en el interrogatorio, Natalia inicialmente pareció preocuparse sólo por Antón; Cora había dicho que la única que visitaba a su hijo todos los días en prisión era su sobrina; hacía sólo unas horas, cuando estuve en su casa, había visto una foto de Natalia con sus padres, otra con los Rey Vilaboi…

y otra, sola, con Antón. Además, cuando hablé con el hijo de mis amigos en la cárcel de A Lama, él me pidió que le dijera a Natalia que la quería.

Yo lo asocié a que era la única que iba a verlo…

Dios mío. Habían disimulado extraordinariamente bien, pero nada era casualidad.

—Antón y ella son…

—Nos amábamos, tía Cora. —Es tajante, directa, pero también lo dice con un deje de dulzura en la voz. No miente.

Cora se agarra a mi brazo y traga saliva.

Se ha puesto pálida. Mantiene la mirada fija en Natalia, sin pestañear.

Le ha impresionado más aquella revelación que el hecho de que su propia sobrina la apunte con un arma.

O no percibe el peligro, o la propia inconsciencia le hace pensar que no va a ocurrirle nada.

—Al principio quise ayudarle a salir de ese mundo, pero luego…

—Luego te diste cuenta de que facturar cantidades indecentes de dinero es bastante provechoso.

Se burla de mí con un bufido, con la desesperación de aquel profesor amargado que no consigue transmitir nada a sus alumnos hastiados.

—Ya te lo he dicho: es el poder. La adrenalina. Es vivir rápido, pensar rápido, respirar a diez mil latidos por minuto. Siempre he sido la niña más correcta, la más educada… Estaba harta. Esto me lo ha dado todo.

—Hemos fallado. Contigo y con Antón. Hemos fallado —se lamenta Cora con la voz rota. Parece haber envejecido diez años en un suspiro.

—No, tía. Nos amamos. Y siempre lo haré. Él es… nosotros lo llamábamos cafuné .

—¿ Cafuné ?

—Es portugués —aclaro—. Cuando pasas los dedos por la cabeza de alguien a quien amas.

—¡No puedes amarlo! —El grito de Cora es un desgarro, una grieta incurable en el alma.

Trato de calmarla estirando el brazo y colocándolo ante ella, como si así pudiera parapetarla del dolor.

No digo nada sobre ese amor. Uno no elige de quién se enamora, pero qué diferente se ven las situaciones cuando no es uno mismo quien las protagoniza, «¿Verdad, Cora?

». En otra situación, en otro contexto, le hubiese recordado a mi amiga sus propias palabras cuando me dijo que ella no había elegido enamorarse de otra persona diferente a su marido.

—Mataste a Teo Costas, ¿verdad? —Cora clava las uñas en mi brazo. Le flaquean las piernas—. Deja que se siente.

Natalia Vilaboi asiente y hace un gesto con la barbilla en dirección a un sillón viejo y desgastado, con un tapizado en colores teja que seguro había provocado su exilio al sótano.

Acompaño el paso de Cora con dulzura, como si ayudase a una anciana a cruzar la calle.

Su rostro, mudado de dolor, la acerca más a aquella edad.

La vida, en estos últimos años, le ha pasado por encima.

Natalia Vilaboi no pregunta nada sobre Teo Costas, así que tanto Cora como yo nos ahorramos las explicaciones.

Sí, el amante de mi amiga había matado a su marido, pero es evidente que ella lo había amado.

El amor verdadero deja marcas, nos horada el alma dejando al descubierto nuestra vulnerabilidad, miedos, sueños…

El amor arrasa con todo porque es caótico, descontrolado y nos sumerge en la sensación única de inmortalidad.

Que te arranquen eso de golpe deja un vacío que no se llena.

—Tuve que hacerlo —responde justificando el crimen.

—Nada justifica un acto tan atroz. Ni una supuesta obligación.

A mi lado, Cora sigue muda.

—Sí lo hace si no hay otro camino.

—Siempre hay otro camino, Natalia. Ahora también lo tienes. —Miro la pistola.

Ella fija los ojos en Cora, en su tía. Sé que por su cabeza pasan infinidad de recuerdos que van golpeándola sin piedad. Toda su vida ha estado ligada a sus tíos. Ya ha perdido a Ramiro… ¿y ahora va a matar a Cora? No. Ahí hay algo que no cuadra en absoluto.

—Espera… —Levanto la mano pidiendo tiempo. El motor de mi cerebro aumenta las revoluciones—. Acabas de decir que tuviste que hacerlo.

—Sí, ¿y qué?

—No fue por venganza. —Cora se gira hacia mí.

No me entiende. Su sobrina tampoco, pero da igual.

En realidad, estoy pensando en voz alta—.

Sólo hay dos opciones por las que podrías haber matado a Teo: o venganza, o que tu posición peligrase.

Pero Teo no te había descubierto… —Bufa con una sonrisa burlona, pero no me distraigo—.

¿Sabes por qué lo sé? Porque Teo Costas odiaba a Ramiro.

Lo culpaba de la muerte de su familia. Mató a tu tío, pero también intentó destruir a Antón, a Cora, a Sonia…

y te habría destruido a ti si hubiese conocido cómo de cercana era vuestra relación.

—Ya no sonrío —. Tu tía acaba de decirlo, eras como una hija.

Así que ¿por qué ibas a tener que hacerlo si no tenía nada contra ti?

A cada palabra que yo digo, un rictus de agobio transforma su cara aniñada hasta acabar convirtiéndola en un cuadro de pura angustia. Si no estuviésemos delante, no tendría dudas de que está cerca de convertirse en El grito de Munch.

Un torrente de lágrimas comienza a resbalar por las mejillas de Natalia Vilaboi.

Ahora aprieta los dientes, furiosa. Esto es la respuesta final: yo tenía razón, pero me falta el golpe de gracia.

La pistola tiembla en su mano, apuntándome directamente a mí.

Sin embargo, sonrío intentando mostrar comprensión y lástima.

Después suspiro, como quien por fin entiende que el significado de la vida es ser dueño absoluto de tu tiempo.

—¿Quieres contárselo tú a tu tía? —Tiendo la mano para afianzar la oferta, pero la declina con violencia.

—¡No tienes ni puta idea!, ¡ni puta idea!

—¡Basta, Natalia! —Ahí resurge mi amiga con valor y fuerza.

Se pone en pie con firmeza, impertérrita ante el sangrado de un alma herida.

Sus ojos arden, su mirada hiela. Por primera vez en casi dos años, Cora Vilaboi siente que tiene el control—.

Habla ahora mismo —ordena a su sobrina. No hay ni un atisbo de duda en su voz—. Me lo debes.

Natalia Vilaboi baja la pistola, sorprendida ante la contundencia de la mujer a la que ve como una segunda madre.

—Me amenazaron primero a mí… Después me dijeron que matarían a mis padres.

—¿Quiénes? —Esta vez la voz de Cora sí titubea. La impresión de que su hermano también está amenazado es demasiado dura.

—Ellos, tía.

—¿Ellos? ¿Quiénes son ellos, la Fariña?

Niega con la cabeza.

—Esto es mucho más grande. Hay más gente implicada.

—¿Más gente? —inquiero—. ¿A quién te refieres?

—A gente con mucho poder. Todo empezó con la caída del Pailán.

—¿El caso Verné Dupont? ¿Qué tiene eso que ver…?

—El Pailán sólo era un cabecilla, pero había más. Gente aún más peligrosa. Llevan mucho tiempo vigilándonos.

—Espera, espera. Ahora me estoy acordando de algo: el funeral de tu tío. Te vi alejarte y abrazar a unos señores. ¿Eran…? —Asiente—. ¿Desde entonces estás amenazada?

Cora no la deja responder.

—¡Iremos a la policía!

Nunca olvidaré la tristeza en el rostro de Natalia Vilaboi. Una tristeza resignada a lo inevitable.

—Ya lo he pensado, tía, pero la policía también está metida.

—¿Cómo…?

—Porque lo sé.

Entonces yo también comprendo mi sino.

—Si no nos matas, matarán a tus padres…

Cora se vuelve hacia mí. No es capaz de procesar mis palabras. Su sobrina sí.

—Si se enteran de que habéis descubierto el escondite del dinero, no dudarán. Lo siento.

—Natalia… —La traición quiebra la voz de Cora Vilaboi e inunda sus ojos. Su sobrina también empieza a llorar—. Natalia… ¡Natalia! —aúlla mi amiga absolutamente rota—. ¡No me mates, baja la pistola! —chilla en una especie de grito agudo y desesperado.

—Lo siento, tía.

Alza el brazo y coloca la segunda mano en el mango.

Su mirada está surcada de dudas, rabia y también pena.

Le tiembla el labio y sorbe por la nariz, tratando de serenarse.

No quiere hacerlo, pero la han puesto en una situación extrema.

Calibra a quién matar primero durante un par de segundos.

Primero apunta a su tía, supongo que piensa que, si consigue matarla a ella, conmigo será más fácil.

Su error es pensar que su tía sólo grita por desesperación. También es una alerta.