Capítulo 46
A LFREDO O TERO
Permanezco delante de la escotilla un minuto. Pensando qué hacer, calibrando si el peligro es real. Me siento estúpido simplemente por el hecho de evaluar el peligro. ¿Cómo no va a ser peligroso si estoy siguiendo a una narco? Bueno, al menos eso es lo que parece.
Pienso en llamar a la policía, pero lo descarto rápidamente.
Yo no voy a hacer nada más que indagar. Así terminará mi novela.
Fue la única promesa que me hice: «Grabas un vídeo y te vas.
Encuentres lo que encuentres». Es una propuesta sensata, pero desemboca en una terrible reprimenda mental: «Entonces ¿no estabas aquí para descubrir si Natalia había matado a Teo Costas y librar a tu hija Elena?
». Tuerzo el gesto, pero también me respondo con la justificación de que, si consigo darle material suficiente a la policía, podré decir que es a costa de que interroguen a la sobrina de Ramiro por el crimen de Teo. Podría funcionar, me convenzo.
Me agacho ante la palanca con forma de U y tiro.
Ni se inmuta. Vuelvo a intentarlo una vez más.
Tampoco. No puede ser. ¿Acaso aquel burdo trozo de madera tiene alguna contraseña o una posición concreta?
Decido hacer un último intento. Cojo el agarre con las dos manos, tiro hacia arriba con todas mis fuerzas y escucho nítidamente el chasquido…
de mi espalda. Caigo fulminado mientras me llevo la mano a la zona lumbar y me muerdo el labio para acallar mi propio grito.
Una espalda doblada, un tirón con toda la fuerza de mis enclenques brazos y los sesenta y nueve años, sorpresivamente, generan lesiones.
Si María José estuviese a mi lado, tendríamos que llamar a emergencias para que atendieran su ataque de risa.
Me llevo la mano al antebrazo derecho y muerdo con todas mis fuerzas hasta que el dolor va extinguiéndose.
Eso sí, las piernas se me han quedado dormidas.
Si no me recupero rápido, tendré que llamar a una ambulancia, y a ver qué excusa se me ocurre para justificar mi presencia allí sin levantar sospechas.
Me arrastro hasta la pared con la prestancia de un gusano hasta que puedo apoyar las piernas.
Consulto el teléfono. Tiene batería de sobra.
No es una hora intempestiva. De pronto siento la imperiosa necesidad de escribirles a mis hijas.
Es algo apremiante. Busco el chat de cada una y redacto un escueto «te quiero» seguido del icono de un corazón.
Después pongo el móvil en silencio y lo guardo en el bolsillo.
Noto las hormigas desapareciendo de mis piernas.
Puedo mover los dedos de los pies. Apenas tengo que aguardar dos minutos más para flexionar las rodillas.
Hago movimientos que parecen estiramientos de bailarín (si los bailarines chirriasen, claro).
Me levanto y doy cinco vueltas alrededor de la trampilla.
Después, absolutamente acongojado, flexiono las rodillas, agarro el tirador y lo levanto como si hiciese una sentadilla.
Noto cómo el peso va cediendo y acabo por alzarla completamente.
Un bofetón de hedor a moho me golpea de lleno, pero estoy ensimismado con la vertical que cae ante mí.
Es la lengua de la boca del lobo y yo me voy a meter en ella.
Bajar los escalones se me hace un mundo por mi falta de equilibrio, pero logro llegar a tierra.
No sé cuántos metros puedo bajar, pero calculo que serán unos quince, más o menos.
La oscuridad es absoluta, la pestilencia emética.
De nuevo saco el móvil. He pasado la boca del lobo y está de lleno en el esófago con la intención de ir a sus tripas.
El túnel parece bastante largo. Mientras camino, enfoco la luz a ambos lados.
Las paredes son de piedra. Alguna telaraña aislada pende de las esquinas.
También hay liquen y el techo está lleno de lo que parecen pústulas húmedas.
Voy contando los pasos. Casi quinientos metros de túnel.
De pronto, en la pared izquierda van alineándose agarres verticales de metal, idénticos a las escaleras por las que he bajado, pero numeradas desde el cuarenta hasta el sesenta por números pares.
Intuyo que es el número de cada chalet, así que la casa de Cora será el cuarenta y ocho.
No voy a ascender por esas escalerillas, no quiero hacerlo, pero, como dirían los árabes, maktub .
Es decir, está escrito. Al final de todos esos agarres metálicos hay una enorme y antigua puerta de madera.
Est á hecha por tablones verticales y gruesos.
De color oscuro, con vetas todavía más negras y desiguales en su longitud, de modo que bajo la puerta hay algunos que se elevan un par de centímetros.
Una luz macilenta e insinuante empapa el suelo. Llamándome, invitándome a ver. Porque, en lo más profundo de mi ser, toda aquella obsesión literaria, toda aquella necesidad de ayudar a Elena, está cubriendo una curiosidad ancestral e ineludible.
Guardo el móvil en el bolsillo y me agacho en el suelo, en posición de rezo y ruego…
Entonces lo veo: bolsas, palés, estanterías…
Todo lleno de dinero. Hay tanto dinero allí que pienso que se podría comprar el mismísimo mundo.
Lo tengo: el escondite del tesorero de la Fariña, el escondite de Ramiro y Antón Rey…
¿y de Natalia? Ahí guardan los narcos todo su dinero y yo acabo de descubrirlo.
De pronto, la luz se apaga y el eco de unos pasos rebota por el túnel como una alarma.
Me levanto a toda prisa, me falla el equilibrio y tengo la inmensa fortuna de que hay una pared que sirve de soporte para no caerme de morros.
No reparo en el dolor del agarre metálico que acaba de clavárseme en la cadera y el hombro derechos.
Llego hasta el cuarenta y ocho y empiezo a escalar más rápido de lo que me he movido en toda mi vida.
Una vez había escuchado que alguien, gracias a la adrenalina, era capaz de levantar un coche.
Yo no sé si es la adrenalina o la picadura de alguna araña de ese túnel, pero parezco Spiderman en ese ascenso.
Empujo la tapa con todas mis fuerzas, salgo y lo cierro con toda la delicadeza que es posible.
Jadeo, agotado por el esfuerzo, pero no puedo parar.
Tengo que huir. No puedo estar dentro de casa de nadie.
Aunque sea la de Cora. El ambiente me envuelve en un olor habitual de hortensias y otras flores.
Estoy completamente a oscuras, pero puedo moverme por aquella casa sin problemas. ¿Cómo puedo salir de ahí?
No tengo ninguna oportunidad.
—¡¿Quién anda ahí?! —A Cora le tiembla la voz. El chillido es agudo, aterrado.
Pienso rápido. ¿Qué debo hacer? ¿Responder? ¿Cómo explico esto? Y si Cora… ¿Y si Cora está en el ajo? Sé que Ramiro lo estaba y su hijo había sido encarcelado por esto.
—¡¿Quién anda ahí?! ¡Voy a llamar la policía!
—¡Cora, Cora! ¡Soy Alfredo! Hay que irse de aquí, estamos en peligro.
Un baño de luz inunda la estancia.
—Al… ¿Alfredo? ¿Te has colado en mi casa?
Va embutida en unas mallas negras que adelgazan aún más unas piernas como alfileres.
Lleva aquella sudadera gris que le había visto la primera vez que fui a hablar con ella tras ver su interrogatorio y el pelo rubio, pajizo, recogido en un moño alto.
Está pálida y las arrugas aún se le marcan más en las comisuras de los labios por el rictus de pánico.
—Cora, tenemos que irnos. Hay un narcotúnel bajo tu casa. Bajo la urbanización. —Hablo apresurado e impaciente. No sé si Natalia me ha visto y, sobre todo, no sé si está con alguien más.
—Pero ¿qué dices, Alfredo? Voy a llamar a la policía. —Me acerco hacia ella corriendo. No es la mejor idea porque la asusto más aún—. ¡No me hagas nada, Alfredo, por favor!
Ni va a contestar a aquella idiotez.
—¡Cora, estamos en peligro! Tu sobrina colaboraba con Ramiro y Antón. Está metida en todo eso de la droga y creo…
—¿Antón?
—¡Sí, Antón!
—¿Cómo lo sabes?
—¡Porque la he visto, Cora, jod…!
No termino la frase. La trampilla se eleva con un chillido agónico que rebota todavía más lento por mi cabeza.
De ella emerge, como un ser de ultratumba, Natalia Vilaboi.
Nos apunta con una pistola. La luz del techo dibuja destellos dorados sobre el cañón negro.
Sólo el sonido tenso de nuestros corazones y las resonantes pisadas sobre el metal desgarran el silencio.
La mirada de la sobrina de Ramiro es fría. Su sonrisa, burlona.
—Ay, Alfredo… Qué torpe eres.