Capítulo 45
A LFREDO O TERO
Mis siguientes movimientos dan cuenta de mi desesperación por encontrar al verdadero asesino de Teo Costas y limpiar el honor de Elena, pero también por saber más.
No es algo que me enorgullezca, pero se cierne sobre mí una malsana obsesión literaria.
El único problema que puedo tener es que me toca ir al hospital a cuidar a Elena.
Mi opción es buscar una evasiva para que María José me cubra, pero ¿qué?
Recuerdo al viejo Alfredo, ese que alardeaba con el pecho bien hinchado de que siempre iba con la verdad por delante.
—María José… —Nunca podréis conocer todo de alguien, pero lo más cercano es disfrutar de décadas de convivencia y matrimonio.
Si encima sois observadores u observadoras, como en el caso de mi mujer, se os escaparán pocas cosas.
¿El porqué de esta reflexión? María José es capaz de diferenciar mis peticiones en función de mi tono de voz.
—A ver, qué quieres… No me digas que no llegas al hospital.
—Bueno, pues no te lo digo.
—Alfredo, menos coñas. —Factor humorístico perdido. Me queda la pena.
—Lo siento, cariño. Es que estoy tan inspirado ahora mismo… He tardado, pero tengo una buena historia. Bueno —rectifico para sonar más sincero—, más bien un buen final…
—Joder, Alfredo… —Sí tiene que estar cabreada para decir palabrotas. María José las evita en prácticamente cualquier circunstancia.
—Tienes razón, María José. Y lo siento. De verdad que sí, pero me he pegado la tarde dándole vueltas. Te juro que mañana estaré todo el día.
—Tú sabrás, Alfredo. Tú sabrás…
Cuelga. Cuelga haciéndome sentir horriblemente mal, obvio.
Me he salido con la mía a un precio deleznable: la impresión es que me importa más mi novela que mi hija.
Cuando la realidad es que me importa mi hija…
, tanto como para seguir a alguien. Porque eso es lo que voy a hacer: seguir a Natalia Vilaboi.
Seguir a la tercera pata del triángulo narcoeconómico que formaban Ramiro Rey, su hijo Antón y, ahora, según intuía, su sobrina.
Saco mi coche del aparcamiento y busco sitio en la calle Honduras, perpendicular a Gran Vía y haciendo esquina con el edificio donde vive la sobrina de Ramiro.
Espero a que se haga de noche. Aún quedan tres horas, así que decido darme un paseo hasta la taberna Eligio y conversar con Poldo, el dueño.
Me coloca en la única mesa que le queda libre, al lado de una chica que le da un potito a su bebé y que me sonríe cuando me la quedo mirando.
Poldo me sirve una cerveza sin preguntar y me da el pésame por Ramiro, nos recuerda juntos allí .
Luego persiste en la fragilidad de la vida y la incredulidad que le provoca verme solo por allí.
Cambiamos de conversación hacia la literatura y los libros que adornan su bar, colocados con mimo en cada pared dándole al local un aspecto único que refuerza aún más su carácter icónico en la ciudad.
Irremediablemente, la charla literaria deriva en Domingo Villar.
Después pasamos a hablar de vino, un Martín Códax que me encanta y del que me sirve una copa, y del Celta.
Porque pocas cosas hay más viguesas que quejarse del Celta mientras te tomas un albariño con patatillas.
Una vez acabada la conversación, sentado en el taburete y con un enorme barril como mesa, empiezo a repasar mentalmente lo que voy a hacer y por qué.
Aún no sé si Natalia ha asesinado a Teo Costas, pero el río sue na de forma atronadora, caudalosa y brava.
¿Por qué? Tengo dos teorías: o se enteró antes que nadie del asesinato de Ramiro y se tomó la venganza por su cuenta…
, o sintió que su posición peligraba y que Teo Costas sabía algo.
Ambas eran factibles, la primera, porque Ramiro siempre había estado muy unido a Natalia.
La segun da, porque una de las grandes obsesiones de Teo Costas había sido destruir la reputación de la familia Rey Vilaboi.
Algo que consiguió en su práctica totalidad.
Al menos, al núcleo que rodeaba a Ramiro.
Cuando falta una hora, pago y me voy a comprar una gorra a una tienda cercana de esas que anuncian todo a un euro.
Me encamino hacia casa de Natalia. No son más de quince minutos de paseo, pero decido coger las escaleras mecánicas de mi adorado Abel Caballero.
No vaya a pecar yo de involucionado desaprove chando un servicio que me permite sortear la incómoda cuesta de Gran Vía.
Espero en la acera contraria a la casa de Natalia Vilaboi a que las luces de su piso se apaguen o un movimiento en las ventanas.
Cuando lo hacen, cruzo, me calo la gorra, me quito la chaqueta con la que ella me había visto quedándome en mangas de camisa y aguardo a que el coche salga del garaje anexo al edificio residencial.
Calculo que, como máximo, serán unos quince minutos.
Son menos: siete exactos. Permanezco a una distancia prudencial para reconocerla a través del cristal.
Ella no me ve, y, en cuanto saca el morro del vehículo para acceder a la Gran Vía, echo a «correr» hacia mi coche.
Lo entrecomillo porque el correr de un hombre de sesenta y nueve años es como ver la frenética carrera de cien metros lisos entre caracoles y tortugas.
Llego a mi SUV y, aunque está completamente prohibido, intento meterme en Gran Vía… marcha atrás.
Os sorprenderá saber que un infinito número de conductores me pitan, me dan las largas, bajan sus ventanillas agitando el brazo o lanzando improvisados y delicados sonetos en los que se acuerdan de mi difunta madre.
Pero, al final, logro mi único objetivo: colocarme un par de coches por detrás de Natalia Vilaboi.
En las películas dicen que hay que ir separado por unos cuantos vehículos de distancia, así que lo cumplo.
También me dejo puesta la gorra bien calada para que sea más difícil reconocerme.
Atravesamos la avenida de Castelao, la avenida Europa, dejamos la playa de Samil a la derecha, seguimos por Canido…
Han pasado veinte minutos de conducción, pero estoy exhausto.
Me alivia divisar Monteferro. Sobre todo, porque intuyo cuál es su destino: las farolas que flanquean la verja azabache de Cala Asterpot resplandecen a lo lejos, como si señalizasen la meta.
Cuando comenzamos el ascenso hacia la urbanización donde vivían Ramiro, Cora y sus hijos, esa que jamás imaginé visitar en estas circunstancias, me separo todavía más del coche de Natalia Vilaboi.
La espesura de la noche va engullendo nuestras motorizadas monturas, dejando que los faros la rasguen.
La carretera está jalonada de chalets de diferentes formas, con ventanas que guardan en sus brillos dorados las rutinas de sus amos.
La luna disfraza su prestancia plateada cubriéndose con un velo de eucaliptos y pinos.
Estamos a punto de llegar cuando Natalia estaciona. Yo paso de largo, giro en un camino a la derecha y dejo ahí el coche a toda prisa para ir tras ella.
Oculto entre la espesura y las sombras, distingo la silueta de la sobrina de Ramiro descendiendo por las rocas con aire tranquilo y decidido.
Sé adónde va: la cala privada de la urbanización.
La joya urbanística construida por encima de la ley.
Habrá repetido aquella rutina cientos de veces si mi teoría sobre su cooperación con su tío y su primo es cierta.
La sigo tratando de ahogar mis propios bufidos de agotamiento, conquistando el escarpado e incómodo acceso a través de las rocas.
Una vez que llega a la playa, saca un cigarrillo y lo pren de.
El punto ígneo brilla como una vagalume entre tinieblas.
El humo se enrosca en una ascendente danza etérea que se desvanece mucho antes de alcanzar el cielo.
Yo asciendo intentando no perderla de vista, escalo unas cuatro o cinco rocas, siempre con ese pesimismo tan gallego de que va a partirme la crisma.
Afortunadamente, no resbalo y puedo ocultarme tras un árbol cercano.
Alrededor sólo se escucha la mar: las olas lamiendo la arena, los envites contra las rocas y algún pájaro despistado que no se ha dado cuenta de que no es momento de graznidos.
De pronto, el rugido de un motor de lancha y los cortes líquidos de las hélices sobre el agua ponen en marcha a Natalia Vilaboi.
Estiro el cuello para ver la embarcación acercándose a la playa, surcando el sendero de plata dibujado por la luna.
El piloto no lleva ni un foco, pero va asombrosamente rápido.
No sé si es una temeridad o un espectáculo dada su velocidad completamente a oscuras.
Debe conocer el terreno de memoria. El motor ami nora y, cuando está lo suficientemente cerca, lanza una bolsa de de porte cerca de la arena, da media vuelta y se larga.
Una operación rauda, de apenas diez segundos.
Natalia rescata la bolsa del agua, la carga a hombros en un movi miento típico de gimnasio e inicia su ascenso.
Avanza unos cien metros monte a través, hasta una especie de casucha abandonada, similar a los edificios de piedra de la batería militar de Monteferro.
Reza V STUA IO en letras rojas y desgastadas.
La E y la R se han borrado. Hay un cartelito amarillo en el suelo, frente a la puerta, que alerta de peligro de derrumbe.
Yo la he ido siguiendo, haciendo de los troncos escuá lidos mis escondites y de la frondosidad del monte mi camuflaje.
Vuel vo a parar tras otro pino y aguardo.
Distingo perfectamente a la sobrina de Ramiro metiendo el cuerpo en la construcción abandonada y agachándose.
Escucho un rasguido estridente, después un chirrido metálico y por último un ¡pof!
que rebota en el aire. Ha lanzado la bolsa por un agujero.
Los pasos previos, los desconozco. La sobrina de Ramiro mira a ambos lados, asegurándose de que no hay nadie.
Es imposible que me vea. Luego empieza a desaparecer por una escalera vertical.
Pasa medio minuto más o menos hasta que regresa de las entrañas de la tierra.
Veo algo más de movimiento… y vuelve a desaparecer.
Un silencio espectral toma la noche. Mi piel se escarapela por el frío.
Además, me he dejado la rebequita en el coche (punto negativo en primero de Gallego).
El viento sisea y las sombras de los árboles y arbustos bailan a mi alrededor.
El cimbreo de las ramas hace crujir el fondo del monte, imbuyéndome de un miedo sobrenatural.
El olor que impregna el ambiente es el típico de Monteferro, ese que siempre me ha encantado: la mezcla del frescor mentolado con lo que los canarios llaman «maresía», el olor del mar…
, al que ahora se une una vaharada pestilente a moho.
Consulto mi reloj de pulsera. Han pasado diez minutos desde que Natalia Vilaboi ha entrado donde sea que haya entrado.
Me acerco hasta la extraña casucha y la inspecciono tras quitar el cartelito.
Es pequeña, más o menos limpia, salvo por el liquen que cubre ligeramente sus paredes de un marrón desgastado y lleno de desconchones.
Ilumino el interior con la linterna del móvil.
No tendrá más de seis metros cuadrados. El suelo tiene un aspecto extraño, con una enor me y hedionda moqueta cuyos mejores años han pasado hacía mucho.
Pero ¿para qué va a tener una moqueta un vestuario?
Lo entiendo al enfocar uno de los rincones donde una parte de aquella alfombra deshilachada se dobla y me enseña una de sus puntas como una lengua burlona.
Tiro de ella y la verdad se revela ante mis ojos. Intuyo qué voy a encontrar al otro lado.