Capítulo 44 #2
—No quiero nada. —Me dejo caer en el sofá y, sin apartar los ojos de los suyos, entro a matar—. He venido a hablar sobre mi hija Elena.
—Ah, sí. Me acuerdo de ella. La pequeña, ¿no? Precisamente nos encontramos hace unas semanas cenando en Baiona, en El Corralito. Estaba cenando con su novio… No me acuerdo del nombre.
—Nacho. ¿Y qué día fue eso?
—Uf. No lo sé…, pero si quieres miro el móvil. Seguro que me hice alguna foto aquella noche.
—No te preocupes. Control de padre… En realidad, vengo a hablarte de ella porque la ha apuñalado una persona con problemas mentales.
—¡¿Cómo?! Pero ¿está bien?
—Saldrá de ello. Oye, si no te importa, he cambiado de opinión: sí te voy a aceptar ese vaso de agua.
Con una sonrisa impostada, va hasta la cocina. Yo escucho el sonido líquido del grifo abierto y el agua corriendo mientras pienso en cómo abordar aquella conversación buscando qué se me escapa.
Las kilométricas piernas de Natalia Vilaboi regresan hasta mí.
Se ha soltado el pelo y la melena, salvaje e indomable, cae en cascada por la espalda.
El flequillo enmarca una mirada coqueta.
También ha prescindido de la chaqueta y la camiseta de tirantes desvela unos brazos y unos hombros bien definidos.
También dos pequeños y turgentes bultos en el pecho que se lucen más de la cuenta.
Tras entregarme el vaso inclinándose ligeramente hacia mí, se da la vuelta y se agacha.
Y no es que uno quiera ser mal pensado, pero apunta a un burdo e ineficaz, al menos en mi caso, juego de seducción.
—¿En qué puedo ayudarte? —Lo dice tras sentarse y apoyar una mano en mi muslo.
Supero el incómodo momento cruzando las piernas. Cualquier experto en lenguaje no verbal hubiese percibido también que separo ligeramente el tronco. Alejándome de ella.
—En realidad, me ha pasado como con el agua. Sí que me gustaría saber qué hiciste el día que te encontraste a Elena.
—¿Que qué hice yo?
—Sí. A ver, no debería contarte esto, pero… —«¿Quieres jugar a la seducción? Juega tú. Es tu juego. Yo jugaré a que creas que he caído en él»—. Me tienes que prometer que no vas a contar esto a nadie… Nadie sabe que estoy aquí.
—¡Por favor, Alfredo! —exagera la ofensa llevándose la mano al pecho y dibujando una O con la boca—. Puedes confiar en mí. —Ooo tra vez hacia delante para ponerme la manita en el muslo . «Pero ¿eso de verdad funciona con alguien?».
—Elena tuvo una pelea en Baiona esa noche. Bueno, Elena y Nacho. Él se enfrentó con un chico, Elena entró a separar, la otra novia también… Habrás vivido la historia alguna vez.
—Me suena, sí. —Sonríe. Y creo que es la primera vez que veo en ella un gesto sincero. Nunca más volverá a verlo en esa conversación.
—La cuestión es que creo que la apuñalaron por un ajuste de cuentas, pero ella no quiere decirlo a la policía. Creo que tiene miedo. En fin, que estoy aquí sin que lo sepan porque no pienso dejar que mi niña vaya por la calle acojonada. Quien lo haya hecho tiene que pagar.
—Tienes toda la razón, Alfredo. Toda.
—Por eso quiero saber qué pasó cuando te la encontraste.
—Pues… —Levanta la mirada al cielo para recordar—. Nos vimos en El Corralito y luego tomé una copa. No volví a verla por la noche.
—¿La copa la tomaste en Baiona?
—Sí, en el D’Sastre . No sé si lo conoces.
—Creo que el D’Sastre lleva ahí desde que yo salía… —Sonrío con tristeza. El tiempo pasa demasiado rápido—. ¿Y qué te pusieron de aperitivo?
—¿Qué?
—Siempre ponen algo de aperitivo.
—Pues no me acuerdo, la verdad. —Es cortante. Demasiado.
—¿Y a qué hora fue?
—No lo sé, de noche. Tampoco me acuerdo del todo.
—¿No puedes mirar el móvil? Antes has dicho que igual te habías hecho alguna foto…
Se rasca la cabeza, luego el puente de la nariz y finalmente se separa ligeramente, llevando la espalda al respaldo del sofá. Después mira a un lado y a otro.
—¡Mira qué hora es! —dice clavando los ojos en el reloj de pared, una esfera con la marca anunciada bajo el epicentro de las dos agujas y enmarcado en madera—. Trabajo de tarde.
—¡Oh, claro, claro! La obligación antes que la devoción. Bueno.
Me levanto. Tengo más que suficiente. Miente.
Está clarísimo. Y miente porque no está acostumbrada a que la pillen, no por falta de práctica.
Me acerco hacia ella para darle dos besos, que acepta de forma apresurada.
Coloca el cuerpo de forma lateral, como invitándome a abandonar su casa.
Ni necesito aceptarla porque yo mismo lo hago encaminándome hacia la puerta.
La despedida es fría. Mucho menos fingida que el saludo y, por supuesto, más distante.
Me quiere fuera de allí. No s é por qué, pero debo andarme con cuidado.
Lo que pasa a continuación me revela que Nora Pardo, la detective más famosa de Vigo, tiene competencia.
—¿Va todo bien?
—Todo bien, Cora. Perdona que te asalte de improviso. Es que necesito preguntarte por una cosa: tu hermano ayudó a Natalia a comprar un piso, ¿no? Es que quiero ayudar a Elena, pero… Hacienda es muy puñetera.
—No entiendo, Alfredo.
—¿Cómo lo hizo tu hermano para que no le sablasen el dinero?
—Pero ¿qué dinero?
—A ver, Cora, ¿tu hermano no ayudó a tu sobrina Natalia a comprarse su piso de Gran Vía?
Tarda un par de segundos antes de hablar.
—No. Para nada. Natalia vivió mucho con sus padres, ahorró y tuvo suerte con un par de inversiones en bolsa. Fondos indexados y no sé qué. Compró en la pandemia y vendió después y ganó bastante dinero. Eso nos dijo. La verdad es que el piso es fantástico…
Pero yo ya no escucho. Acabo de entender por completo esta historia. Yo tengo razón: Ramiro y Antón no trabajaban solos. Había una compinche. Había una tercera pata… Y yo acabo de hablar con ella.