Capítulo 44
A LFREDO O TERO
No sería capaz de calcular la ingente cantidad de veces que he tenido que ir a Vigo desde Baiona.
No sólo hablo de recados, salidas nocturnas de mis hijas que acababan conmigo conduciendo a las tres y media o cuatro de la madrugada mientras ellas dormían la mona en el asien to trasero, incontables viajes de trabajo…
Es apenas media hora, sí, pero puede hacerse muy larga si tienes mucho ruido en la cabeza.
Primero llamo a mi hija Marta, que pasa la mañana con su hermana en el hospital.
La conversación arroja una disputa entre ellas por una absoluta chorrada como que Marta había cogido el libro que Elena leía.
Una simplicidad que desemboca en una discusión conmigo como testigo telefónico.
Sonrío. Las aguas vuelven a su cauce. Entre la mala leche de una y la corta mecha de la otra, estallan guerras efímeras que traían treguas breves y paces aún más breves.
El bucle infinito de amor entre hermanas.
Después, aprovechando el dictado por voz de mi móvil, pido que envíe un mensaje a María José para preguntarle si ha descansado.
Miento diciendo que sigo en la biblioteca de Baiona.
Ojalá la respuesta no sea que se va a acercar a Vigo, y nos encontremos en plena Gran Vía.
La situación hubiese sido digna de un guion de Billy Wilder.
¿Por qué iba a la Gran Vía? Una vez más, gracias a los interrogatorios de Teo Costas donde el policía se burlaba, cómo olvidarlo, de las quejas de Natalia Vilaboi por vivir en un pisito pagado por sus padres en esa avenida. Me falta la ubicación exacta, sí, pero sé cómo conseguirla.
El sol está alto, y el cielo, limpio. Aunque, en lontananza, esponjas negras flotan en el cielo y se ciernen sobre los alrededores de las Cíes como un mal augurio.
Mientras llegan, el sol ilumina las dis pares fachadas de los edificios, reverberando entre las ventanas modernas, las clásicas terrazas esquineras y los antiguos balcones que sobresalen de la piedra vieja y desgastada.
Vigo es una curiosa mezcla de estilos. En la Gran Vía pueden encontrarse construcciones de casi cualquier época y, en el medio de la enorme avenida, escaleras mecánicas.
Sí, en plena ciudad, doscientos metros de escaleras mecánicas que permiten salvar un desnivel de dieciséis metros y un doce por ciento de pendiente.
Una de las últimas mejoras que impulsó Abel Caballero, el archiconocido alcalde de la ciudad.
Estaciono en un aparcamiento de la plaza Fernández de los Ríos y al salir llamo a Sonia Rey. Me coge al quinto tono.
—Alfredo…, ¿qué… qué tal? —Le es imposible disimular la sorpresa. De fondo escucho el clásico ajetreo de bar.
—Hola, Sonia. Tengo que pedirte un favor.
—No tengo tiempo ni ganas para andarme con florituras—.
He pensado, primero, en la última vez que hablamos.
Cuando tu madre me dijo que os llamase si necesitaba cualquier cosa…
Luego me he acordado de aquel viajecito que hicimos a Coia para ver a Raúl.
Me rogaste que no dijese nada. Te acuerdas, ¿verdad?
El barullo hostelero va apagándose hasta quedar finalmente extinguido.
—Me acuerdo… Sí. Y te lo agradezco.
—Nada que agradecer, pero ahora yo necesito otro favor. Sin preguntas. ¿Dónde vive tu prima Natalia?
—¿Esto tiene que ver con Elena?
—¿Dónde vive tu prima Natalia, Sonia?
Por un momento pienso que se ha cortado. No se escucha nada desde el otro lado.
—En unos bloques nuevos que hacen esquina con la calle Honduras.
—Sé cuáles son. Fachada gris, terrazas… Bastante modernos.
—Sí, esos.
—¿Piso?
—¿Pi…? No voy a decírtelo, Alfredo. Primero, porque no me lo sé, y segundo, porque no sé con qué intenciones me lo preguntas. O sea, suena la hostia de raro.
—No voy a hacerle nada a tu prima, Sonia.
—Eso es justo lo que diría un perturbado.
La verdad es que tiene toda la razón.
—Sonia, escúchame: o me dices el piso, o…
El cambio de tono es brutal. Incluso lo percibo antes por su respiración. Como el escalofrío que escarapela la piel antes de la tormenta. O, en una metáfora menos filosófica y más acorde a mis años, como el dolor de rodilla antes del chaparrón.
—Pues lo haces si quieres, tío. O sea, tú haz eso y llamaré a la po licía y les diré que un viejo de setenta años me amenazó si no le daba la dirección de mi prima de treinta y pico. ¿ OK ?
Envalentonada, directa y cargada de razón. He perdido mi baza negociadora. Suficiente si consigo que no hable de esta llamada con Cora. Pero debo mantener la calma. Es la única manera de que no me delate.
—Todo meridiano, Sonia. —Uso mi tono más tranquilo, incluso hay cierto deje humorístico cargando mis palabras con el objetivo de rebajar la tensión—. Dejémoslo así.
—Si le pasa algo a mi prima…
—Ya te he dicho que no va a pasarle nada. Es más, te voy a enviar un mensaje en cuanto termine de hablar con ella para que puedas llamarla.
Está de acuerdo, aunque a regañadientes.
Cuelgo. Esta vez no tengo que buscar ninguna excusa porque encuentro el portal abierto.
Golpe de suerte o exceso de confianza vecinal.
Me da igual. Ahora sólo tengo que encontrar su piso: de nuevo reviso los buzones en busca de un nombre, pero no hallo nada.
Están completamente vacíos. Cosas de la edad moderna. Incomprensible para mí.
Le doy vueltas a cómo averiguar el piso de Natalia Vilaboi.
Me apoyo en una de las paredes. No puedo salir y arriesgarme a que el portal se cierre.
Comienzo a darme golpecitos con la parte alta de la espalda, meciéndome adelante y atrás y cerrando los ojos, invocando a la inspiración divina que acaba por llegar.
No era un feiticeiro . No puedo saber qué piso es, pero sí puedo descartar los que no son.
Abro el navegador del móvil, ingreso en la web del catastro e introduzco la dirección.
Busco en el apartado «R esidencial» y apunto en el grupo de WhatsApp que tengo conmigo mismo los pisos de mayor superficie.
Sólo hay cuatro que pasen los cien metros cuadrados.
Probaré en esos porque, en el interrogatorio, Teo Costas había dicho que la vivienda tenía cuatro habitaciones y ella no lo había corregido.
Contrario a lo que había hecho con Juan Vilaboi, aquí no he preparado nada.
Ni sé qué voy a encontrarme. Tal vez ese desconocimiento me regala la absurda sensación de que no existe peligro.
En el primer piso al que llamo no me abren.
En el segundo tampoco. Me quedan dos y, tras consultar el reloj, un Viceroy regalo de un viejo amigo al que no cobré por maquetar algunas publicaciones, temo que no me abra nadie por la hora.
Si es así, ya puedo pensar alguna excusa para que María José se quede con Elena esta tarde…
Pero no hace falta: la puerta del tercer piso se abre y la luz abraza la espalda de Natalia Vilaboi como si fuera una aparición angelical.
—Pero bueno, ¡Alfredo! —Sonríe… y muda rápidamente el gesto—. ¿Va todo bien?, ¿mi tía…?
—¡Sí, sí, sí! —exclamo acelerado y moviendo las manos en el aire intentando tranquilizarla—. No ha pasado nada. Perdona el susto.
—La verdad es que me he asustado. —Se ríe enseñando las encías. Su risa es melódica, armoniosa y relajada. No siente temor alguno por mi presencia. Sin embargo, hay en su rostro unas preocupantes ojeras que convierten los ojos en dos islas sobre océanos cárdenos.
—Perdona, perdona. De verdad.
—¿Qué haces aquí, Alfredo? ¿Cómo sabes dónde vivo?
—Tengo que hablar contigo de algo importante. Grave, diría yo. —Espero que la apremiante consideración que he hecho sea suficien te para que olvide cómo he averiguado su residencia.
—¿Grave? Caray, pasa. Como si estuvieras en tu casa. —Bingo—. ¿Quieres algo? Tengo que salir a comprar, pero agua tengo al menos. —Vuelve a reír.
Me adentro en el piso. Encaja en la descripción de Teo Costas.
Sólo el salón ya es tremendo, con un ventanal precioso que da a Gran Vía.
Si giro la cabeza a la derecha, puedo ver la plaza de España y el monumento a los caballos tan icónico de Vigo.
Eso también se ve desde la zona de comedor del propio salón.
Esa es la primera estancia. Con una mesa de madera recia con seis sillas de respaldo de mimbre y cojines en tonos crudos.
Pende sobre ella una lámpara, como una jaula negra con una enorme bombilla.
Justo detrás, una pared con un gran lienzo femenino de labios rojos y ojos de leona color miel.
La segunda zona es la del sofá de cuatro plazas bien anchas y tapizado en un marrón claro que descansa sobre una alfombra muy mullida en marrones oscuros.
La tele, cómo no, siempre delante. Es inmensa y está anclada a la pared.
Bajo ella, un mueble blanco nacara do con libros sobre decoración (una moda absurda que nunca enten deré), un ambientador, dos velas anchas, una foto con sus padres, otra con Ramiro, Cora, Sonia y Antón.
Los cinco sonríen, felices. Al lado hay una preciosa foto con Antón Rey en un atardecer desde Monteferro.
La imagen dispara mi nostalgia a tiempos más tranquilos…
Al lado de todas ellas, hay un jarrón blanco con rayas azules verticales, discordante con el resto de la decoración y que, seguro, había sido un regalo irrechazable.
A la izquierda del sofá, en la esquina entre los dos tabiques, hay un macetero esférico con una planta kentia.
Aquí voy a hacer un inciso porque seguro recordáis mi ineptitud a la hora de identificar plantas.
Ya os lo demostré en el hospital con esa que María José compró, identificó e interpretó…
, y yo resumí como «planta morada muy bonita».
Sé que es una planta kentia porque había acompañado a Marta al vivero de Nigrán a comprarla.
No me hace falta ver el resto de la casa. Esto es demasiado para una teleoperadora, pero tal vez sí ayudase el dinero de sus padres. No puedo mentir, un aguijonazo de envidia me recorre la columna.