Capítulo 43 #3
Intenta meterse dentro del piso todo lo rápido que puede.
Ni rastro de los movimientos lentos del hombre insulso que siempre había sido.
Creo que, por primera vez en su vida, Juan Vilaboi tiene prisa.
Yo también la tengo. Además de una diferencia abismal con ese larguirucho: tengo sangre, no horchata.
Giro el cuerpo, apunto con el hombro izquierdo a la puerta, cargo el peso en las piernas y me lanzo contra la madera con la potencia de un dóberman.
Bueno, con mis lamentables sesenta kilos y menos de 1,70 de altura, con la potencia de un caniche.
Pero uno de esos cabreados que no paran de ladrar en agudo.
Qué curiosa es la mente. En ese momento, mientras me lanzo contra la puerta, me acuerdo del perro que tuvo una amiga, Aguacate se llamaba. Menudo carácter tenía.
A veces hay que tener algo de suerte en la vida y yo la tengo. Juan no espera para nada aquel furioso acto de desesperación. El exceso de confianza lo lleva a cerrar la puerta con una sola mano. Mi envite es suficiente para separarlo y que se trastabille.
Antes de que preguntéis: no, no accedo al piso, pero veo lo suficiente.
El salón est á lleno, absolutamente lleno de cosas.
Pero no lleno de «no nos queda espacio, necesitamos otra habitación», lleno como para evidenciar un claro trastorno mental de síndrome de Diógenes.
Mis ojos, hace unos segundos cargados de rabia, sienten lástima de aquel pobre diablo.
—Sal de mi casa. —No hay furia en sus palabras, sólo resignación.
—No saldré de aquí hasta obtener la verdad sobre mi hija. Tenlo claro —respondo cargado de una determinación y un valor que hasta a mí me sorprenden.
Juan Vilaboi me aparta la mirada. Luego detiene sus diminutos ojos en cada objeto acumulado, en cada bolsa sin abrir. Gotas apenadas tiemblan en sus párpados. Algunas caen, incapaces de resistir.
—Carlota está enferma. —Creo que espera una reacción, pero no digo nada—.
Necesita ayuda… y tuvimos que venderlo todo para pagar la deuda.
Y tampoco nos llegaba… —Suena a justificación, pero sigo impertérrito.
Recuerdo, por el interrogatorio, que su mujer incluso había «vendido» su cuerpo desnudo por internet—.
No puedo hablar. Si lo hago, nos matarán.
Eligen cuándo entras, pero también cuándo sales.
—Juan, yo no sé cómo ayudarte, pero te recomendaría a la policía.
Una sonrisa sarcástica se dibuja en su rostro demacrado.
—Y me lo dices tú, que tuviste que resolver el asesinato de Ramiro y que te has presentado aquí para ayudar a tu hija. La policía no sirve de nada, Alfredo.
Me hubiera encantado replicarle, pero en este caso no he podido. Cada palabra está cargada de razón.
—Sólo ayúdame, Juan. Dame algo para que pueda salvar a Elena. Sabes que no lo hizo.
—Ya escuché antes esa frase.
—Y la escuchaste con razón. Cora no falló. Su hijo no había matado a su padre. A Antón le colgaron un sambenito siendo inocente.
—Era el tesorero de la Fariña.
—Sí, pero no un asesino. Y mi hija tampoco. Sólo quiero ayudarla, Juan. No puede ir a la cárcel por algo que no hizo. No es una mala persona.
Vuelvo a girar la cabeza y, entre toda la suciedad y los bártulos acumulados, distingo su mirada fija en una imagen antigua donde se le ve con su mujer.
Eran jóvenes, muy jóvenes. Sonreían con la sonrisa de la confianza en el amor eterno.
De ese que no existe, pero cuya ilusión es capaz de sostenerte.
—Juan, hagamos un trato. Tú me das algo, lo suficiente para salvar a mi hija…, y yo te ayudo con Carlota. Conozco una muy buena psicóloga. Buenísima. Vive en Pontevedra, eso sí, pero los gastos correrán de mi cuenta.
Parece salir del trance.
—No puedo pedirte eso.
—No lo has pedido. Me he ofrecido. Pero es un acuerdo. La llamaremos ahora mismo. Sólo necesito que me digas cómo seguir ayudando a Elena.
La duda cruza las pupilas del hermano de Cora.
Es un rayo, una estrella fugaz a la que pido el deseo de su «sí».
Los hombros caen aún más hacia delante, como si el peso se hubiese doblado.
La chepa se evidencia todavía más. Agacha ligeramente el cuello antes de estirarse cogiendo aire.
Es alto. Altísimo. Un gigante espigado y soberanamente feo, pero un gigante al fin y al cabo.
—Cora tenía razón sobre ti. —Frunzo el ceño, extrañado—. Siempre dijo que eras la mejor persona que había conocido.
Teniendo en cuenta que lleva meses sin hablarme…, no sé muy bien cómo tomarme aquello .
—Gracias —es lo único que alcanzo a decir.
—Ella y yo estábamos mucho más unidos de pequeños. Todos los hermanos estábamos más unidos de pequeños. Yo le puse lo de Cora. Cuando nació, la empecé a llamar Cora porque tenía celos, pero se llama…
—Gloria.
—Gloria, sí. Mis padres no sabían por qué la llamaba así hasta que llegó mi función de fin de curso de primero de infantil y todos íbamos vestidos de conejitos, menos una niña muy fea. ¿Adivinas cómo se llamaba?
—Cora, supongo.
Asiente antes de hablar.
—Cuando se casó con Ramiro todo fue torciéndose, pero aun así la escucho. Siempre lo hice.
No sé qué más decir, pero sí soy consciente de que tenía que espe rar.
Ese hombre está justificándose por algo que consideraba una traición.
Es la única manera de entender aquella explicación sobre su hermana.
Juan Vilaboi me mira fijamente con aquellos ojos de carapau y finalmente dice lo que yo espero.
—Natalia —suelta el aire con un bufido.
—¿Natalia?
—Mi sobrina Natalia.
—¿Qué le pasa?
—Deberías hablar con ella. —Ladea ligeramente la cabeza al decirlo.
Entiendo la indirecta… y también que no va a decirme nada más.
Saco el teléfono, busco el número de Marta, mi psicóloga, y llamo. Hay pocas cosas más importantes que nuestra palabra.