Nudos de sal Capítulo 43 #2
85%

Capítulo 43 #2

—Sí, Alfredo. Juan, perdona que te moleste… —Hago una pausa, intencionada, de unos segundos. Esperando esa típica coletilla tipo «no te preocupes, no me molestas ». Pero no. No se produce. En su lugar, guarda un silencio incómodo, revelador—. Vengo por un tema delicado.

Tampoco eso le afecta al gesto. Y, por supuesto, tampoco me invita a pasar, cosa que agradezco, porque me evita rechazar el ofrecimiento. Seré un temerario por presentarme en casa de un posible asesino, pero no lo suficientemente parvo —tonto— como para en trar en su piso a solas.

—Tú dirás. —Se pega más a la puerta, y eso que parece imposible, para que no vea qué hay dentro.

Este punto también lo recreo en mi cabeza con anterioridad.

Durante la noche sopesé cómo abordarlo, pero todos mis planes se ven des plazados en cuanto imagino a Elena esposada, con la tripa aún dolorida por la cuchillada, mientras se encamina a una cárcel que en mi cabeza es, poco menos, que un centro de tortura medieval.

—Sé que entraste a casa de Teo Costas y viste el cadáver. Lo tengo grabado. Su mujer también. Te va a denunciar esta tarde. He hablado con ella —miento.

Si algo lo turba, no lo evidencia más allá de un mohín de asco.

—¿Y tú por qué lo sabes?

—Porque me ha enseñado las imágenes. —Otra mentira, sí.

Lo de ir con la verdad por delante queda en segundo plano con una hija en peligro.

Es una mentira cogida con pinzas. Si ha visto las noticias, sabrá que a Elena la apuñaló la mujer de Teo Costas, pero no tengo mucha más opción—.

Si lo mataste tú, es momento de confesar…

—Estás aquí por tu hija, ¿verdad?

En todas las teorías, hipótesis y cábalas que he hecho…

nunca aparecía esa. En mi cabeza, Juan Vilaboi desconoce totalmente que Elena había estado allí.

Sin embargo, lo sabía. ¿Desde cuándo?, ¿por qué?

No sé muy bien cómo reaccionar…, pero me siento violentado.

Mi hija, mi niña, había sido apuñalada y tal vez podría haberse evitado si ese imbécil redomado hubiese dicho la verdad.

Aprieto los puños. El shock vuelve con un violento latigazo: Begoña acercándose, Bego ña sacando el cuchillo, Begoña clavándolo en Elena, Begoña esperando a la policía mientras algunos cobardes se alejaban, otros la inmovilizaban…

, y mi hija en el suelo con la vida yéndose entre boqueos incrédulos y sorprendidos.

—La apuñalaron. —Mastico la rabia en cada letra.

—Lo siento. —Pero en su tono no hay nada. Ni culpa ni vergüenza ni nada. Como si fuera intrascendente.

—No lo sientes. Pero lo sentirás si no me dices por qué fuiste allí.

—¿Me estás amenazando?

Sacándome la altura que me saca, incluso en su posición, podría haber sido una burla, pero no es así.

Sigue con ese tono plano tan desquiciante que mantiene desde el principio de la conversación.

Sí. Lo está amenazando. El problema es que, en un momento de lucidez, me doy cuenta de que podría estar diciéndoselo a un asesino.

—No, Juan. Ni tengo intención. Lo sentirás porque te van a denunciar. Begoña lo hará. Y, si ella no lo hace, lo haré yo…

Ya os dije que no era un héroe, sólo un padre desesperado al que todavía le funciona la cabeza. Físicamente, no tengo nada que hacer, pero intelectualmente sí. ¿De qué le sirve a Elena un padre muerto para salir del atolladero en el que está?

Mi cerebro se esfuerza en recordar algo de Juan Vilaboi.

Algo que Ramiro me hubiese contado. O Cora.

Algo con lo que ganarme su confianza, intentar que hablase…

Todo a una velocidad endiablada para seguir manteniendo la conversación con alguien a quien no tienes ningunas ganas de ver.

Recuerdo a un antiguo compañero de una tele local que hablaba sobre cómo enseñar a los becarios a improvisar.

Ponía siempre el mismo ejemplo: «Si tienes que improvisar sobre una carrera, primero di que participan coches, que los coches tienen cuatro ruedas, un motor, espejos retrovisores…

Cosas obvias que te permitan hablar sin pensar mientras vas creando un discurso sobre qué es importante y lo que vas a contar ».

Mi situación con Juan Vilaboi es similar porque yo sé que hay algo que se me estaba escapando, pero ¿qué?

El hermano de Cora es un hombre huraño, parco en palabras y ligeramente asocial.

No tiene hijos, no tiene muchos amigos ni una estrecha relación con la familia.

Tampoco tiene… dinero. No tiene dinero. Tiene que ser eso.

Lo dicen en todas las películas («Vaya argumento de peso, Alfredo»).

—¿Cuánto te han pagado, Juan? —Ahí sí lo aprecio.

Un sutil retroceso con una de las piernas.

No demasiado evidente pero sí perceptible.

Debo presionar—. Juan, sé que tuvisteis problemas de dinero…

—«¿Debo decirle que había visto los interrogatorios?

»—. Teo Costas lo mencionó cuando me interrogó —miento—.

Además, pasasteis de un precioso chalet en Nigrán a este piso pequeño.

No hay que ser muy inteligente para darse cuenta de que algo iba mal.

—Va a replicarme, pero no lo dejo—. Juan, piensa en ti.

Estamos hablando de un asesinato. No sé qué te han dado, pero ¿merece la pena tragar con eso?

¿Merece la pena tragar con el estigma de ser un asesino?

Ningún dinero vale eso. Si tienes dudas de lo que supone, puedes preguntarle a Antón. Seguro que tu sobrino puede contártelo.

Silencio. Un silencio frío. Denso. Mucho más que aquel que he sentido en los lapsos de aquella conversación. Un silencio palpable pero esperanzador.

—Adiós, Alfredo.

«¿Qué? Adiós, Alfredo y adiós, esperanza».

—¡No, espera!