Capítulo 43
A LFREDO O TERO
Esta noche me cuesta muchísimo dormir. Primero intento colocarme en posición de ovillo mirando a la ventana, pero la identidad de la persona que he visto en el ataque a Teo Costas turba mi sueño.
Antes de intentar inútilmente abandonarme en los brazos de Morfeo, reviso una y otra vez el vídeo, lo comparo con los interrogatorios…
, y aún me convenzo más de quién es aquella persona.
Sin embargo, sigo sorprendido. ¿Cómo es posible que no hubiese dicho nada?
¿Quién tiene esa reacción? ¿Quién encuentra un cadáver y no llama automática mente a la policía?
La respuesta llega hasta mí con una desestabilizadora claridad: alguien que está involucrado en el crimen.
¿Podía ser así? ¿Lo habría cometido? Doy otra vuelta en la cama para colocarme mirando al armario.
No es descabellado pensar que los hechos hubiesen sido los siguientes: la persona que atacó a Teo abre la puerta, lo golpea, lo remata…
y al rato vuelve para asegurarse de que está muerto.
Eso justificaría la segunda entrada. La clave es ¿por qué? , ¿qué motivos tenía?
Esa pieza no encaja.
La otra opción, y esto lo pienso colocándome bocarriba, es que acompañase al verdadero atacante, o que fueran dos, por si las cosas se torcían…
La conjetura apunta, irremediablemente, en dirección a su pareja, pero me deja otro interrogante tan decisivo como irresoluble de momento: ¿qué carallo tenía que ver Elena con ellos? No tenía ningún sentido.
Cambio y me pongo bocabajo, metiendo uno de los brazos bajo la almohada y estirando el otro, que palpa el vacío y desamparo de dormir lejos de la mujer amada.
¿Cuánto tiempo puede guardarse un secreto?
Campanas ganadoras y estridentes sonidos de máquinas tra gaperras rebotan por las paredes interiores de mi cabeza.
Ahí está la pregunta que acaba de impedir que pegue ojo en toda la noche.
¿ A quién debía hacérsela? ¿A Cora Vilaboi, que había ocultado durante no sé cuánto tiempo a su amante y que ya no estaba enamorada de Ramiro?
, ¿a Antón Rey, que llevaba años siendo el tesorero de la Fariña?
, ¿a Sonia Rey, que había priorizado seguir siendo la favorita de mamá en vez de contar sus sospechas de que el hombre con quien había engañado a su prometido podía estar involucrado en el crimen de su padre?
, ¿al propio y difunto Ramiro, que había ocultado la ilegalidad de su verdadero trabajo durante décadas?
, ¿o mejor a mi propia hija, sangre de mi sangre, que llevaba casi un año conviviendo con el hecho de ser ella quien había llamado a la policía para avisar del ataque a posteriori mortal a Teo Costas?
Así llevaba yo tiempo notándola tan rara.
Y sí, me siento un padre horrible por no haber deducido que pasaba algo grave.
Vuelvo a ponerme mirando al techo y lanzo un suspiro de hartazgo.
Después murmuro un par de palabrotas que hacen crujir el sólido silencio.
Tengo dos opciones: intentar dormir más o buscar una solución a por qué coño Juan Vilaboi, el hermano de Cora, había acudido al piso de Teo Costas, había visto el cuerpo y se había dado media vuelta. ¿Era el asesino?
Otra de las piezas que no me encajan por ningún lado es que, si no recordaba mal, en el interrogatorio tanto Juan Vilaboi como Carlota Vázquez se habían alegrado de la muerte de Ramiro, al que culpaban de su delicadísima situación económica…
Entonces ¿por qué matar a su asesino? Además, en ese momento tampoco sabían que Teo Costas había sido el encargado de matar a Ramiro.
La opción de la tercera pata queda descartada por la débil situación económica que tenía.
¿O quiso matar a Ramiro para escalar? No. También habría ido a por Antón.
Demasiados interrogantes, pocas respuestas y un foco claro donde encontrarlas, que puede llevarme directamente a la boca del lobo: debo hablar con Juan Vilaboi.
Cómo había cambiado la vida en unos meses.
De levantarme a leer La sonrisa etrusca para acabar poniéndome el interrogatorio de Teo Costas a Rut y Javier Marco…
A pasarme la noche en vela en la cama simulando un interrogatorio ficticio.
En ocasiones Juan Vilaboi hablaba, en otras no.
En ocasiones yo era el poli bueno, en otras el malo.
En ocasiones lo coaccionaba con el verbo, en otras con los puños (para qué íbamos a engañarnos, eso no iba a ocurrir.
Entre otras cosas, por que ese tipo me sacaba más o menos medio metro.
Mi bofetón dependía de si encontraba un taburete al que subirme).
¿Alguna vez os habéis pasado una noche entera sin dormir?
En mi caso, cada músculo, hueso y órgano queda envuelto en una miasma gélida que me descompone completamente.
Con esa jaula glaciar me preparo dos cafés solos.
Los ingiero sintiendo cómo me abrasaban la garganta y confiando en que me hagan entrar en calor, pero lo único que consigo son unos buenos retortijones y una agónica visita al trono de la indignidad.
Llamo a mi mujer y pregunto por Elena. La voz tranquilizadora de María José me informa de una buena noche, relajada, salvo por la pesadilla donde vuelven a atacarla.
Un susto morrocotudo por los gritos que lanza hasta que consigue serenarse.
Prometo ir enseguida, pero me dice que ya ha quedado con Marta para que la releve.
Mi turno es la noche. Tengo muchas horas para intentar hablar con Juan Vilaboi y no hay tiempo que perder.
Saco a Nala mientras amanece en Baiona. Los muros de las casas van pintándose en tonos anaranjados, el paseo hasta Ramallosa va recuperando sus colores vivos en pleno albor.
La marea es baja, briznas glaucas surcan el estuario de A Foz de lado a lado.
Aves tímidas hunden sus finas patas en ellas.
Algún deportista madrugador atraviesa la senda ciclista y parejas de ancianos veraneantes, equipados con un chándal a juego, intentan caminar a buen ritmo.
Una mujer joven empuja un carrito de bebé y va a mi paso durante un rato.
Las luces de los coches surcan la carretera en dirección a Vigo, otros parecen practicar marcha con una barra de pan bajo el brazo, y unos pocos como yo somos paseados, a juzgar por las horas, por nuestros perros.
El tiempo en la calle con Nala dura lo justo. Me ducho con agua bien caliente y logro entrar en calor antes de coger las llaves del coche y encaminarme hacia Nigrán, donde viven el hermano de Cora y su mujer.
Yo había estado en su antigua casa, pero no en la nueva a la que había hecho referencia durante el interrogatorio.
Eso sí, sé exactamente dónde es. Ramiro me había señalado su ventana una vez que regresamos de Vigo y callejeamos por Nigrán para hacer un par de recados: «Mis cuñados viven justo ahí, en esa ventana con macetas que parece un arcoíris.
Unos horteras », dijo estirando el índice en dirección al florido alféizar y desviando la atención de la carretera durante unos segundos.
En ese momento, mucho antes del interrogatorio, mucho antes de todas las vicisitudes que habían acontecido, no le pregunté por qué habían cambiado un chalet gigantesco por un piso.
¿Quién era yo para hacer esa pregunta más allá del simple cotilleo?
Estoy aleja do de ese tipo de personas que ansían el chisme para tener algo con lo que rellenar la carencia de novedades en sus propias vidas…
Sin embargo, ahora sé la verdad, al menos una parte del prisma de la verdad: «Ramiro nos aconsejó mal y tuvimos que cambiar un chalet enorme en Nigrán por el piso de mierda de ahora», había dicho Carlota Vázquez ante Teo Costas.
Arruinar a alguien era un motivo de peso para que te dieran tu merecido.
Eso sin contar la delicatessen de Juan Vilaboi insultando al pobre Ramiro sólo unos días después del crimen.
Estaciono en batería prácticamente frente al edificio.
La calle mezcla casas de varias plantas con algún chalet.
Alzo la vista, cuento aproximadamente cuál es el piso y llamo al interfono.
Fallo dos veces por culpa del principal y del piso C.
Al tercero, cuando la voz inicialmen te distorsionada y metálica de Juan Vilaboi pregunta quién es, contes to con un escueto: «Repartidor».
De pronto estoy en su portal cogiendo el ascensor. El espejo me devuelve a un Alfredo exhausto, al que sólo recuerdo de los primeros años de Marta cuando no me dejaba pegar ojo. Llamo al timbre, espero pacientemente y Juan Vilaboi abre.
Seguro que estáis pensando que soy un inconsciente por presen tarme así en casa de un posible asesino.
No os falta razón. He sopesa do mis posibilidades, pero no se os olvide cómo accedí a la grabación donde se veía a Juan Vilaboi.
¿Qué hacía? ¿Llamaba a la policía y embarraba todo el proceso?
Eso no impediría la detención de Elena porque el vídeo era clarísimo.
Y no iba a ver a mi niña detenida. Ci tando a una famosa española: «Yo, por mi hija…
». Seguro que habéis terminado mentalmente la frase.
El hermano de Cora se sorprende al verme.
Los ojos pequeños parecen doblar su tamaño con una mirada de búho.
La mueca parca evidencia también desagrado.
Entorna la puerta, tratando de esconder la casa.
Lleva una camiseta azul clara con el ribete del cuello y las mangas en azul oscuro, pantalón de chándal gris y zapatillas de estar por casa.
No se pone recto al verme, mantiene ese gesto echado hacia delante que, con sus dos metros, todavía denota más una joroba que cualquier otro se esforzaría en disimular.
—Eras… ¿Alfredo? —Casi le pesa pronunciar mi nombre.