Nudos de sal Capítulo 42
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Capítulo 42

A LFREDO O TERO

Tras abandonar el piso de Teo Costas y su mujer, quito las cintas negras de las mirillas de los vecinos (sí, ya, pueden haberme pillado perfectamente, me doy cuenta luego.

Y sí, ya sé que me falta calle para delinquir) y me encamino hacia el coche de Raúl, que, por supuesto, no está.

Tengo que volver a Baiona, a casa, desde Vigo, pero mi coche está cerca del bar donde había coaccionado al ex de Sonia Rey para que me ayudase.

¿Os acordáis de eso de no coger un taxi para no levantar sospechas?

A esas horas, prevalece la comodidad y paro uno como cualquier caballero de bien.

Eso sí, pagado en efectivo para no dejar movimientos de tarjeta.

En Coia, cojo mi coche, al que reconozco que me acerco con cierto terror de que lo hubieran destrozado, y regreso a Baiona.

Este trayecto, de apenas media hora, también lo hago en silencio. Dándole vueltas a la idea de que, hacía sólo unos meses, yo mismo me había reprochado mi falta de moralidad por pensar, simplemente, en colarme en Villa Ledicia…

Conforme desciendo hacia Baiona por la autopista, diviso a los lejos las luces que brillan en medio de Monteferro.

La urbanización Cala Asterpot es un grupo de vagalumes , o luciérnagas, en la noche negruzca y áspera del monte.

Sonrío recordando la historia de aquellos adosados, de Adonis Asterpot, su ruina y los jefes del narcotráfico convertidos en constructores.

También el significado que acabo de buscarle, porque no es más que una metáfora de en qué se han convertido esos ansiados chalets: la luz es la recompensa al final de un túnel de errática cultura del sobreesfuerzo.

¿Crees que lo material vale algo? Acércate a la persona que amas, mírala a los ojos, en silencio, durante quince segundos, y después, cuando sonría, dale un beso. ¿Cambiarías eso por cualquier casa, coche, reloj…?

Como otra de esas bonitas curiosidades, mi hija Marta me llama cuando apenas me quedan cinco minutos para llegar.

Está francamente alterada. Entiendo, no sin cierto pesar de padre, que necesita estar con su marido para calmarse.

María José ha decidido pasar la noche en el hospital con Elena, que evoluciona con absoluta normalidad.

Absorto en ese pensamiento, aparco delante de mi casa y bajo. Escucho los ladridos de Nala desde fuera y voy pidiéndole calma. Las farolas me acompañan, envolviendo las calles del vecindario baionés de Puente Romano en una cálida aura propia de las urbanizaciones inglesas.

Los emocionados y agudos ladridos de mi mascota no se relajan hasta que pisa la calle, ya con la correa puesta, y se alivia en la acera inclinando las patas traseras.

Damos un paseo corto, de apenas quince minutos.

Con una mano sostengo su correa y con la otra doy vueltas al pendrive en el bolsillo.

No veo el momento de conectarlo al ordenador y ver el vídeo.

Tal es mi nivel de concentración que el timbrazo de mi móvil, con tono de llamada de teléfono antiguo, y la vibración en el bolsillo me provocan una reacción digna de un hombre de acción capaz de colarse en un piso para liberar a su hija de las garras de la injusticia: «Hostiacoñosuputamadre», grito.

Todo seguido. Sin pausas. Después me llevo la mano al pecho. Mi perra ni se inmuta.

—No esperaba para nada esta llamada.

—¿Está bien Elena? —pregunta Cora desde el otro lado de la línea—. Me lo acaba de contar Sonia, que se lo han dicho. Estamos las dos aquí. En manos libres.

—Está bien. Asustada, sobre todo.

—¿Por qué lo hizo, Alfredo?

Por un momento, pienso que me pregunta por qué Elena se había colado en el piso de Teo Costas.

Siento un calor repentino por toda la cara.

Como si cada vecino, cada ventana oscura, escondiese dos pares de ojos pendientes de mi respuesta.

Como si mi amiga tuviese ahora toda la potestad para preguntarme si estaba gestionándolo usando los estúpidos consejos que le di a ella.

Como si Cora pudiese preguntarme qué se sentía ahora que mi hija era sospechosa de un crimen y lo único que yo hacía era insistir en que no había hecho nada.

—¿Quién?

—¿Quién va a ser, Alfredo? ¡La zorra que tenía por mujer Teo Costas!

—¡Ah, eso!

—Sí. «Eso» —dice con retintín.

—No tengo ni idea —miento. No me apetece darle ningún tipo de explicación ni munición para juzgarme. Pese a que yo lo había hecho cuando empecé a investigar todo aquello de Antón y Ramiro.

—¿Y vosotros? —se interesa Sonia Rey.

—Creo que parecido a Elena: sobre todo asustados.

—¿Necesitáis algo? —se interesa Cora de nuevo.

—No, Cora. No te preocupes. Que pase todo esto lo más rápido posible. ¿Y vosotras cómo estáis? —Es la primera vez en meses que hablo con ella por teléfono. Como os dije, sólo lo hacíamos por algún que otro mensaje ocasional.

—Cansadas. Si necesitas cualquier cosa, avísanos. Un beso.

—Lo… lo mismo digo, Cora.

Cora Vilaboi cuelga. ¿En qué momento se ha roto nuestra amistad?

¿Fue cuando descubrí la relación de su hijo y su marido con las drogas?

, ¿cuando descubrí que tenía un amante?, ¿cuando descubrí que ese amante era el verdadero asesino de Ramiro y liberé a Antón de una condena por parricidio?

Francamente, no me apetece tener una conversación seria con ella, pero siento que yo estoy pagando injustamente por algo que no he hecho.

¿Cuál había sido mi error?, ¿ser un buen amigo?

, ¿descubrir la verdad? La apoyé, la ayudé…

Sí, es cierto que discutimos y nos enfadamos alguna vez porque yo…

¿Era eso? No era descabellado. Quizá le ofendió que yo no hubiese dicho: «Amiga, tenías razón.

Tu hijo no fue». Había dudado, claro, pero ¿cómo no hacerlo?

Teo Costas había montado un plan absolutamente perfecto.

Si yo no hubiera tenido la suerte de encontrar al mendigo en Oporto, jamás habría quedado ningún hilo del que tirar. Y de eso había pocas posibilidades.

Nala pega un tirón y me obliga a reaccionar.

Continúo el paseo, llamo a María José para interesarme por la evolución de Elena y me resume todo con una frase utilizada por el primer ministro británico Winston Churchill en la Segunda Guerra Mundial y que ya había entrado de lleno entre las expresiones mundiales más populares: « No news, good news ».

O lo que es lo mismo: «Sin noticias, buenas noticias».

Lo primero que hago al regresar a casa es meter el USB en el or denador.

Ni ceno ni bebo ni voy al baño, pese a que llevo un buen rato con ganas.

Libero a Nala y, con paso apresurado, entro en el despacho, levanto la tapa del portátil e introduzco el pincho de memoria.

Se abre una carpeta que contiene un montón de subcarpetas con fotos, documentos e imágenes de la vida de otras personas que me dan completamente igual.

Ni siquiera tengo el afán de cotillear. Una contranatura en el propio ser humano, sin duda causada por la preo cupación que me invade.

Me fijo en la imagen en miniatura de un vídeo.

Se aprecia perfectamente el salón de Teo Costas.

El salón del piso donde acabo de colarme.

La imagen es bastante oscura, pero se ve la sala de estar vacía, casi en penumbra, iluminada únicamente por la luz de una mesilla en la distancia que revela unas piernas cruzadas sobre la cama de la pequeña habitación.

Un timbrazo provoca que Teo Costas se levante, se dirija hacia la cámara y atraviese el plano.

«Joder, qué putas horas… ¡¿Ya te volviste a dejar las llaves, Bego?

!», grita el policía en la oscuridad. La puerta chilla al abrirse, y acto seguido un sorprendido «¿Tú?

». No hay respuesta más allá de un sonido amortiguado, un gruñido y o tro sonido, plomizo esta vez.

No hace falta ser la detective Nora Par do para saber que acaban de golpear a Teo Costas en la cabeza y que ha caído al suelo.

Lo que no esperaba es lo que ocurre a continuación.

Una mano ensangrentada se alza sobre la cómoda, intentando usarla de apoyo para levantar el cuerpo que la sostiene.

No le dan opción. Suena otro golpe, húmedo y feroz.

Un chorro de sangre atraviesa la luz proveniente del cuarto como un relámpago negro.

La mano de Teo Costas palpa la cómoda, algo se vence sobre el marco de fotos que escondía la cámara oculta y esta cae al suelo.

Después lo hace un jarrón, seguramente lo que ha desplazado el marco, y estalla en pedazos.

El objetivo enfoca a ras de suelo, pero se ve cortado por la parte baja de la cómoda.

Sólo se aprecia la mitad superior del cuerpo inerte de Teo Costas, bocabajo y con un enorme charco de sangre enmar cando la cabeza abierta.

La imagen es devastadora. Soy una persona muy poco aprensiva, pero ver algo así…

No. Eso no es como ver una película o leer una novela.

Siento ganas de vomitar. Intentó controlarlo con la respiración porque necesito seguir viendo ese vídeo. Necesito hacerlo por Elena.

Pasa un minuto. Dos. La barra de reproducción avanza con lentitud y el silencio que envuelve el ataque es asfixiante.

Mis ojos están fijos en esa cabeza partida.

Es un melón, una fruta madura. No vale nada.

Al tercer minuto oigo otra vez el chillido de la puerta, pasos y nada más.

Al quinto minuto vuelvo a escuchar el mismo sonido, pero esta vez sí veo algo, primero no es más que un reflejo y unos pies.

Después Elena se agacha, se le distinguen perfectamente las facciones de la cara.

La veo sacar un pañuelo del bolso, se rodea dos dedos con él y busca el pulso a Teo Costas en el cuello.

Coge el móvil apresuradamente y llama al 112: «Hay una persona gravemente herida en el piso…

». Una dirección completa, una descripción…

y el peligro. Yo lo siento. Ella también lo ha hecho.

Se levanta y echa a correr, despavorida.

La grabación no se detiene, pero acaba por cortarse justo cuando dos sanitarios alzan a Teo Costas en una camilla y se lo llevan.

Lo que dijo Marín es cierto: sólo se ve a Elena, pero la puerta suena una vez antes de su llegada. Ese chillido no ha nacido porque sí. Alguien la abrió y vio el cadáver.

Retrocedo hasta ese momento. A mi lado, en su enorme camastro, Nala ronca plácidamente.

La envidio por disfrutar de la felicidad de la ignorancia.

Coloco la barra de reproducción donde más o menos creo que escuché la puerta y al oírlo apunto rápidamente el código de tiempo en un pósit.

Grabo un vídeo de la pantalla del ordenador con mi móvil.

Lo hago una vez. Dos veces. Tres veces. La última es la buena, en la que menos marcas y líneas pixeladas quedan.

Llegó el momento de jugar a los detectives: aumento el brillo, re duzco el ruido, subo la nitidez, los contrastes…

Resulta una especie de borrón brillante que va avanzando.

Entonces veo algo en la puerta del microondas.

Lo amplío varias veces. No es más que un borrón, una silueta con algo que cuelga y parece…

No necesito pensar mucho para saber dónde he visto semejante horterada.