Nudos de sal Capítulo 41 #2
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Capítulo 41 #2

Raúl se agacha delante de la cerradura del piso de Teo Costas, saca del neceser otro artilugio metálico, como si hubiesen cortado otra llave por la mitad y de forma vertical, y la introduce en la cerradura.

Luego mete la herramienta y en veinte segundos se escucha un chas quido.

Gira como si hubiésemos tenido la llave original.

Lo miro como quien asiste atónito a un truco de magia hecho delante de sus narices.

—Se llama topolino. Trescientos euros en…

—Cállate y entra —lo apremio saliendo de mi estupefacción.

Casi lo meto en el piso a empujones. Dejo la puerta todo lo cerra da que puedo, visto el destrozo de la cerradura, mientras Raúl encien de la linterna del móvil.

Lo imito. El haz de luz revela una vivienda pe queña.

Con un mueble cajonero bajo un espejo rectangular en el re ci bidor desde el que se pasa directamente a un salón con cocina ameri cana bastante bien equipada.

Las paredes son de un blanco roto y ningún cuadro las viste.

Predomina el estilo minimalista con pocos objetos: una mesa de comedor cuadrada con cuatro sillas encajadas y sobre ella un ambientador con palitos de los que le encantan a María José, un sofá de dos plazas con una mesita delante de esas que se le vantan para facilitar el acceso a la comida y frente a ella una televisión de tamaño considerable.

Nada más. Ni baldas ni estanterías. Lo único decorativo que veo estaba en el mueble que soporta el televisor, don de hay libros y un pequeño macetero de piedra con una planta de hojas demasiado brillantes. Artificial, supongo.

Del salón se pasa directamente a la habitación.

Comodidad garantizada con una gran cama de matrimonio, dos mesillas con sus respectivas lamparitas y, enfrentado, un enorme armario empotrado con espejos en las puertas.

Imagino que el lado de Begoña es el más alejado.

Primero porque siempre suele ser así en el caso de las parejas.

Leí en un reportaje que era una herencia cultural, una raigambre ancestral de los primeros tiempos de los Homo erectus , cuando el hombre dormía más cerca de la entrada de la cueva por si acechaba algún depredador.

Aunque, en este caso, el segundo motivo que me lleva a pensar que el lado más alejado de la puerta corresponde a Begoña es que pegada al colchón hay una cuna colecho… Sí. Suspicaz que es uno.

Mientras yo entro en el limbo de las deducciones sherlockholmianas, Raúl abre y cierra muebles con velocidad y un sorprendente silencio. La experiencia es un grado hasta para allanar casas.

—Encuéntrame un ordenador y luego coge lo que quieras —le digo siseando.

No es difícil. Pasa por detrás de la cuna colecho, abre el cajón de la mesilla de Begoña y lo saca.

—¿Cómo…?

—La gente suele guardarlo cerca de donde trabaja. Si no está en el salón, en un piso tan pequeño estará cerca de la cama porque trabaja rá allí de noche por si se despierta la cría… Lógica, bro .

El bofetón deductivo es atroz porque golpea de lleno en ese clasismo estúpido que yo había mostrado al considerar tonto a este chico. Recuerdo unos años atrás, cuando el hijo de una amiga me dijo: «Te falta calle». Me lo tuvieron que explicar. Lo que a mí me falta de calle, a este le sobra.

Me siento en una silla y abro el portátil mientras Raúl sigue con movimientos dignos de un ninja. La pantalla me regala la imagen de un paisaje paradisiaco en algún lugar del mundo desconocido para mí. Tampoco me interesa conocerlo tanto como para viajar hasta él. A mi edad, me quedo con Galicia.

El ordenador me pide una contraseña y de nuevo vuelvo a forzar mi memoria: ¿cómo se llamaba la niña? A… ¿Alba? ¿Ana? No. No era ninguno. Yo había dicho Paula y ella… Recuerdo que había usado la palabra «chovinismo ». Algo poco común… ¡Antía!

Introduzco las letras todo lo deprisa que puedo.

Y cuando digo eso, sí, quiero decir «rápido».

No os penséis que por tener sesenta y nueve años soy de esos que pulsan cada tecla con el dedo índice.

El escritorio se despliega ante mí con una divertida foto de la niña sonriendo.

Me llama poderosamente la atención, sobre todo porque pien so que Begoña la habrá cambiado recientemente.

Tal vez por el recha zo a su marido. «¿Por eso tampoco tienen fotos juntos en la casa? ».

Buceo por los documentos, pero no encuentro nada.

— Bro , hay que largarse ya.

—Espera…

—No, joder, tío. Que para que esto salga bien hay que ser rápido.

—¡Espera!

—Tú sabrás, hermano. Yo me piro.

Ni siquiera me percato cuando se marcha.

Se va tan en silencio como ha entrado. Yo, en ese momento, sólo escucho los latidos de mi propio corazón golpeándome el pecho con furia.

Lucho contra la necesidad de concentración de mi cerebro, que me exige una visión túnel delante de esa pantalla, pero no puedo.

Necesito estar pendiente de la puerta. ¿Y si me llevo el portátil?

No. Será más fácil localizarme… Seguro. Como los móviles cuando los robas.

«Venga, venga, venga, venga».

Tengo una idea. Una idea absurda y desesperada.

Abro el navegador y compruebo que la sesión personal de Begoña sigue abierta.

Despliego el contenedor de archivos y… ¡premio!

Había guardado el vídeo en la nube. Supongo que así evitaría el borrado…

Si es lista, seguramente lo tendrá en otro sitio. Bien controlado y a salvo.

Ahora viene la pregunta del millón. ¿Cómo carallo me apaño para tener ese vídeo y verlo con calma?

Si me lo envío, dejo rastro. Me levanto a toda prisa y la silla chirr ía.

Por un momento he olvidado dónde estoy. Cierre los ojos y aprieto los dientes, en un infantil gesto que confirma que sí, que me falta calle.

Aguardo unos segundos, girando absurdamente la cabeza para que mi oreja derecha, por la que escucho mejor, apunte hacia la puerta.

No escucho nada, así que voy hacia el cuarto, rodeo la cuna colecho y abro el cajón de la mesilla.

Bajo un libro, una estampita de Jesús de Medinaceli, unas toallitas de bebé, un termómetro electrónico y un rosario desgastado, encuentro un USB .

Regreso al ordenador, lo inserto en la ranura, traspaso el vídeo y cierro la tapa bien rápido.

Apenas tardo veinte segundos. Y sí, antes de que os riais, pienso lo de la silla y me deslizo despacio antes de ir hacia la puerta.

Cuando estoy a punto de llegar, recuerdo que Raúl había sacado el ordenador de la mesilla.

Vuelvo para dejarlo donde estaba y así no levantar sospechas.

Cierro el cajón como si en esa cuna colecho hubiese un bebé al que temo despertar.

Vuelvo a la puerta henchido de satisfacción por mi hazaña y, antes de llegar hasta ella, coloco la silla en idéntica posición a la que estaba inicialmente. Nadie, absolutamente nadie, podrá percatarse de que hemos entrado.

Luego veo la puerta, con la cerradura inútil e inservible a causa del artefacto que ha usado Raúl. Una puerta que no cierra. Una puerta reventada porque hemos asaltado el piso. Una puerta destrozada…, y yo colocando un ordenador y una silla. A mí no me faltan calles, me faltan avenidas.