Capítulo 41
A LFREDO O TERO
Sí, tanto el padre del niño como la madre de la niña fueron condenados, pero ¿creéis que les importó?
No. Igual que a mí tampoco me importaría ser condenado con tal de salvar a Elena.
Por eso me he ido directo y en plena noche al bar de Coia donde había hablado con Raúl, ese chaval, examante de Sonia Rey, que me llamaba bro y usaba la expresión cho tan propia de los macarruzos.
No tenía ninguna duda de que esos magníficos ejemplos de juventud estarían en el bar a esa hora porque respondían al clásico perfil «ninininanana» (ni estudian ni trabajan ni na de na de na).
No me he equivocado. En cuanto abro la puerta los encuentro a todos: al tipo que me llamó bro mientras me rodeaba con el brazo y que insistió en que me tomara una cerveza, al resto de sus compinches con el pelo rapado a los lados y al epicentro del macarrismo: Raúl, alias el amante de Sonia.
Si os estáis preguntando si mantienen la misma indumentaria elegante, sí, habéis acertado.
Porque ¿quién quiere llevar un buen príncipe de Gales o una raya diplomática, o incluso un jersey, unos chinos y unos náuticos, pudiendo clavarse un refinado chándal en colores fosforitos con unas deportivas con plataforma de muelles dignas de un cojo de la Edad Media y diseñadas por la mismísima Inquisición?
Mi única sorpresa es que ninguno golpea con vehemencia la tragaperras.
Entre otras cosas, porque un paisano con bigote, poco pelo, gafas antiguas y cara de mala uva la está ocupando.
Por contra, el simposio de eruditos debate un tema trascendental para el ente humano: el tamaño de los senos de una famosa que sale en la televisión, en ese momento sin sonido, que tampoco se escucharía dadas las onomato peyas simiescas que ascienden, sorprendentemente, del grupo de intelectuales hacia el que me dirijo.
Raúl se gira despacio, con el palillo en la boca que yo tanto odio y la mirada ligeramente entrecerrada, síntoma inequívoco de que las cervezas se cuentan por seis o quizá siete.
— Carallo, ó amigo do Sonia… Queres unha birra, bro?
—No, gracias. Pero necesito hablar contigo.
Noto la mirada inquisitiva del chico que había intentado invitarme a una cerveza la primera vez que pisé aquel bar. Brais creo que se llamaba. Seguramente le sonaba, pero tanto alcohol en sangre mata neuronas y algo me dice que ese muchacho ha sufrido un auténtico exterminio.
—Bah, paso.
— ¿Perdona?
—Que paso. No me interesa. Será otra mierda de Sonia o algo así.
—Ella no sabe que estoy aquí. Es un tema de negocios. Ya sabes. De algo a lo que te dedicas de las casas y eso…
—Shhhhhh. —Se lleva el índice a la boca como si le fuera la vida en ello. No puedo negar que me sorprendo. Más que nada porque la sorpresa sería que ninguno de esos amigos supiese de tan lucrativa profesión—. Aquí no, coño. Vamos fuera.
La noche en Vigo es templada, pero llovizna con gotas finas que acaban por calarte.
Yo no me he quitado el chubasquero, pero Raúl ni busca una chaqueta.
Simplemente sale, se mete las manos en los bolsillos de la parte de arriba del chándal y saca un porro a medio fumar del pantalón.
Lo prende y me lo tiende. Yo, lógicamente, declino la oferta.
—A ver, ¿qué quieres?
—Entrar a un piso. —Directo y sin rodeos. Tampoco tengo tiempo que perder.
En el imaginario habitual, ese tipo de «negocios» de dudosa índole se cierran en callejones mal iluminados, con farolas que brillan tenues sobre los charcos del asfalto…
Aquí es todo más enxebre , más rural. Se habla en la puerta del garito que todavía separa la cocina de la barra con una cortinilla de macarrones.
—¿Para qué?
—No te importa.
—No me la voy a jugar por nada, bro .
—Nadie ha dicho que te la juegues por nada. Te pagaré y tú cogerás lo que quieras después de que yo entre.
Se echa a reír con un estridente sonido que rebota por las calles vacías de Coia. Algunos de sus amigotes iluminados miran a través del cristal y nos señalan.
—Eres un monstruo negociando, cho . —Vuelve a reírse.
Pero yo no. Estoy serio. Impasible. Calibrando con absoluta meticulosidad mi próxima frase que, s é, es decisiva.
Una vez que termina la burla, es mi turno.
Y, por primera vez desde que estoy frente a él, no opto por el humor ni otros temas para aliviar tensiones.
Tengo sesenta y nueve años y, como dice uno de mis antiguos jefes en una inteligente demostración de cultura, los huevos pelaos .
—Mira, chaval, esto es muy fácil: o aceptas lo que te voy a proponer y te pago, o mañana mismo tienes a la policía en la puerta de tu casa friéndote a preguntas sobre la entrada en casa de Ramiro Rey.
¡Ah! —Levanto el índice—. Antes de que intentes amenazarme con que me vas a pegar o que tus bros y tú vais a darme una paliza, que sepas que he tomado medidas preventivas: mi mujer sabe que estoy aquí —miento—, así que, si tardo más de la cuenta, directamente avisará a la policía.
Y, si piensas en quitarme el móvil, apagarlo y matarme, que sepas que con la última actualización no se deja de compartir la ubicación mientras haya batería.
Y yo la tengo a tope. Conclusión: o me ayudas y cobras, o no me ayudas y te jodo vivo. ¿Estamos?, ¿ bro ?
Aquí me vais a permitir un inciso nostálgico para recordar a mi difunto abuelo que me enseñó lo que llamó «la labor social de los tontos».
Un día, cuando era muy pequeño, llegué a casa muy afectado porque un niño del colegio me había insultado.
Él me respondió: «Pero, Alfredito, hijo, no te enfades con él.
¿No ves que es tonto? Su única función en el mundo es que tú entiendas que es imbécil y que, por tanto, tú eres inteligente».
Hoy, seis décadas después, recuerdo y comprendo su enseñanza hablando con este badulaque, babieca, pailán , tonto de remate. Usad el que queráis.
La negociación queda rápidamente cerrada, y, ante su pregunta de cuándo, optamos por que sea de manera inmediata.
Como no estoy dispuesto a subir a un taxi para dejar pistas, le digo que coja su coche.
Si la vestimenta de Raúl me tiene ensimismado, lo del coche no se queda atrás.
Es como viajar en un vehículo de Fast and Furious , pero de marca blanca: modificado en sus bajos, tubo de escape, dados en el retrovisor interior, pegatinas, luces de neón por dentro, una pantalla que sale al presionar un botón y donde se reproducen canciones de ese cultísimo género urbano llamado reguetón y, como no puede ser de otra manera, pintado del color amarillo pollo menos discreto que hay.
Lo de no llamar la atención tal vez no me salga del todo bien.
La rúa Príncipe de Vigo es completamente peatonal, así que no hay forma de aparcar ahí.
Obligo a Raúl a hacerlo en una calle relativamente alejada: en rúa Ecuador y cerca del colegio Compañía de María.
Yo sigo con mi chubasquero; él, con su chándal.
Aunque ha elegido como accesorio un neceser con cuadros de Louis Vuitton (en este caso, parecía más Luis Botón, pero bueno…).
Caminamos intentando resguardarnos de la lluvia en los cobijos que balcones y terrazas nos ofrecen y llegamos a la sede del Celta de Vigo.
A Sede, como se la conocía popularmente, se inauguró en 2018.
Antes de ello, el cuartel general celeste estaba ubicado en un llamativo chalet de la calle Manuel Olivié, en la plaza de España de la ciudad.
La mujer de Teo Costas me había dicho que vivían en el portal de al lado de A Sede; con un poco de suerte puedo entrar y mirar los buzones.
Llamo a todos los telefonillos y pronuncio el nombre de una empresa de comida a domicilio.
Cuela, pese a las horas. Alguien ha pedido cena, pero va a quedarse sin ella.
Junto a Raúl, voy a los buzones y compruebo los nombres en el tercer piso: Teodomiro Costas y Begoña Galán.
Menciono en voz alta el número del piso y me encuentro con una respuesta inesperada.
—Damos una vuelta de reconocimiento y volvemos maña.
—¡No! —me opongo—. Ahora. No hay otra opción. Ahora.
Pensándolo fríamente, recuerdo que Raúl solía dedicarse a ello y que seguramente tenga razón y esas vueltas de reconocimiento, como él mismo las ha llamado, son necesarias para garantizar su propia seguridad.
—Buah, ni de coña, chaval. ¿Estás loco, bro ? ¿Y si tiene alarma? ¿Y si hay alguien?
—Ni hay nadie ni tiene alarma.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque lo sé. Entra.
En realidad, no tengo ninguna certeza. Lógicamente, Begoña no está porque sigue en el calabozo.
Lo había dicho Santiago Marín. Si bien es cierto que puede haber dejado a alguien en casa cuidando de su hija.
Por otro lado, sé que no hay alarma porque no había saltado cuando atacaron a Teo, pero Begoña podría haberla puesto tras el crimen.
¿Conclusión? Voy a ciegas. Puedo calibrarlo en si gano o pierdo mucho, pero esto no va de victorias o derrotas, va de Elena.
De la inocencia de Elena. Un padre desesperado es temerario y peligroso.
Lo estoy comprobando porque me muevo por impulsos.
— ¡Entra ya! —chisto.
Mi improvisado compinche me mira y aprieta los labios, guar dando una buena retahíla de improperios que acaban en un resopli do donde se condensan todos. A continuación, abre el neceser, se pone unos guantes de látex y saca un rollo fino de cinta de carrocero negra.
—Vigila —ordena antes de cortar dos trozos de cinta y pegarlos en la mirilla de los otros dos pisos que hay en el rellano.
Después saca una herramienta que yo no he visto nunca.
Tiene forma de T, no más grande que la palma de una mano, con la cabeza negra y el cuerpo rojo hasta terminar en una protuberancia metálica y brillante con agujeros.