Capítulo 40
A LFREDO O TERO
He vuelto a sentarme en la silla de la sala de espera.
Un agua helada me recorre el gaznate y me he puesto una mano mojada en la nuca.
Aun así, sigo sudando y sintiendo que me falta el aire.
Frente a mí, Santiago Marín espera con los brazos cruzados y gesto reflexivo.
A su lado se ha incorporado otra agente.
Una mujer bajita, con coleta alta, nariz ancha y una enorme y preciosa sonrisa.
Ha dicho algo que ha hecho asentir a Marín.
A los pocos segundos, un muchacho delgaducho, encogido y con un aro en el septo nasal como una vulgar res, atraviesa una puerta doble empujando una camilla con mi hija.
Una médica sonriente y aún con el pelo oculto bajo ese ridículo gorrito verde se acerca a mí mientras la camilla con Elena pasa de largo y se mete en una habitación.
Lleva su nombre en una tarjeta identificativa de plástico prendida al lateral izquierdo de la bata blanca: María Herranz.
— ¿Familiares de Elena Otero? —Me levanto y se asusta. No es para menos. Mi piel es leche—. ¿Se encuentra bien?
—Nervios —miento. Y además lo hago con un tono bastante seguro. Supongo que porque en ese momento no me importa mentir.
—Pues tranquilo, que todo salió bien. Tal como le adelantamos, no tiene ningún órgano dañado. La hemos cosido y ya está. —Mira a Marín. Le suena de algo y se nota, aunque no dice nada—. ¿Es de la familia?
—Dios me libre… ¿Cuánto va a tardar en despertar el angelito?
—No debería tardar. Y creo que en cuarenta y ocho horas recibirá el alta. Cuando despierte avísenos y pasamos a verla, ¿vale? —Asien to y ella pasa ante nosotros mientras vuelve a girar la cabeza y frun ce el ceño queriendo recordar.
—Pues hala. Cojonuti. Cervera, haz guardia en la habitación y me avisas. Me voy a tomar un café… —Hace una pausa dramática—. Usted viene conmigo. —Me señala con autoridad.
—Ni en sus sueños dejo a mi hija sola.
—Para salir en mis sueños le faltan muchas tetas. O viene, o cumplo mi otro sueño de meter gente en el calabozo.
—No puede hacer eso y lo sabe —respondo, seguro.
—¿Quiere probar, bonitiño ? —No contesto, aunque algo debe ver Marín en mi cara para añadir—: En cuanto me llame Cervera sube usted conmigo. Y como excepción.
Paso los siguientes minutos con el «amable» policía cerca de las máquinas de café.
Él se queda de pie apoyado en la pared con aire chulesco y altivo.
Menea el diminuto vaso de papel por los bordes con los dedos formando una garra.
Yo estoy sentado, con la cabeza metida entre las manos.
Soy católico, creyente y, aunque no frecuen to los templos más allá de un mero interés monumental, en este momento deseo haber tenido uno cerca.
Rezo mentalmente. Me encomiendo a la Virgen del Perpetuo Socorro, a santa Liberata y, por supuesto, a Dios.
Pido perdón por mi ausencia. Con la confianza de un viejo amigo que se disculpa por haber desaparecido demasiado tiempo.
La petición es absurda en sí misma: «Que mi hija no haya sido».
Como si Dios pudiera chasquear los dedos y cambiar el pasado.
—¿Cómo lo sabe? —digo sin levantar la cabeza ni abrir los ojos.
—¿Qué?
—¿Cómo sabe que Elena estuvo en casa de Teo Costas? No lo ha dicho.
—No tengo por qué decírselo.
—Por favor… —Sólo en ese momento al zo la mirada. Una mirada rota, destrozada, porque yo mismo la había visto en los ojos de mi amiga Cora: «¿En qué fallé con mis hijos?».
Santiago Marín resopla, y sus hombros, estirados, chulescos, arro gantes, caen vencidos ante el peso de la lástima que le produce mi te rrible realidad: una hija apuñalada y presente (quién sabe si más) durante un asesinato.
—¿Sabe lo que es un sistema de vigilancia discreta? —Niego y Santiago Marín prosigue—. Se instalan cámaras ocultas en la casa que envían una imagen al móvil cuando hay movimiento…
—¿Captaron a mi hija?
Santiago Marín no responde y sigue explicando qué había pasado.
—Teo Costas tenía una de esas en su piso, debió ponerla cuando llenó la casa de los Rey Vilaboi.
Lo que pasa es que tenía la aplicación oculta en el móvil.
El otro día su mujer encontró una de las cámaras cuando se le cayó un marco de fotos.
La conectó al ordenador por un USB y se abrió una carpeta con las grabaciones.
Y tachán: ahí estaba su hijita del alma.
Tengo miedo de la siguiente pregunta. Un miedo enfermizo que me recorre el cuerpo y me escarapela la piel.
Las palabras se me quedan atascadas en la garganta.
Tengo que tragar saliva y finalmente lloro.
No en un llanto sonoro y acongojado, sino en forma de lágrimas de agobio que se descuelgan mudas por las mejillas.
Así hago la pregunta. Así miro directamente al miedo a sus propios ojos.
—¿Lo atacó mi hija?
Santiago Marín guarda silencio. Pero el silencio es, muchas veces, la respuesta más dura y pesada.
Estoy a punto de implorar una contestación cuando suena su móvil.
Con un escueto «voy» se lanza directo a la habitación.
Yo lo sigo, ansioso por ver a Elena, pero también destrozado ante la ausencia de respuesta a una pregunta trascendental.
La agente Cervera espera fuera y se aparta cuando yo llego corriendo. Me parece que va a decirme algo, pero Marín debe frenarla o se debe arrepentir. No lo sé ni tampoco me importa.
Elena sólo dice un simple «papá» y yo me echo a llorar. Estoy ojeroso, agotado… Tengo un aspecto horrible. Da igual. La abrazo (bueno, la estrujo) entre lágrimas, la beso, le acaricio el pelo. Mi niña. Siempre mi niña. Con un día, dos meses, tres años o treinta y tres. Me da igual.
—Te quiero, mi sol.
Mi hija llora también, rodeándome con los brazos con delicadeza. Emite un gruñido al estirarse, supongo que ya no aguanta el tirón de los puntos. Nos separamos aún con los rostros empapados. Marín, para mi sorpresa, espera hasta que terminamos de hacernos caricias.
—¿Y mamá? —Aún le tiembla la voz cuando pregunta.
—Ahora le mando un mensaje a tu hermana. Mamá ha tenido una pequeña crisis de ansiedad, pero está bien.
—Seguro que el reencuentro familiar será precioso —ataja Marín dando un paso al frente. Cervera lo sigue—. Tenemos que hablar, riquiña .
—No recuerdo mucho de…
—Quiero saber qué hacías en casa de Teo Costas el día que lo atacaron.
Elena abre muchísimo los ojos. Primero mira a Marín, luego a mí, después a Cervera, una última vez a Marín y vuelve a mirarme a mí.
Interpreto esa mirada atemorizada como una imperiosa necesidad de auxilio, pero ¿qué voy a hacer yo?
Acabo de enterarme de que estuvo en casa de Teo Costas.
En los ojos de mi hija hay decepción, pero también miedo.
Lo único que puedo decirle es algo que yo no he aplicado mucho en los últimos tiempos, pero que resume mi manera de ser:
—Con la verdad por delante, Elena, cariño. —Cojo la mano de mi niña y la aprieto. Luego le sonrío, suponiendo que entendería algo que a veces olvidan los hijos: los padres siempre están.
Elena echa un vistazo a la habitación: a sus paredes blancas, a la tele apagada que tiene enfrente, al incómodo sillón en tonos anodinos que hay cerca de la camilla y al sofá cama que, sin duda, yo iba a usar esa noche porque no pensaba moverme de allí.
—Me asusté —comienza. Marín se acerca un poco más, como el lobo que quiere oírte mejor. Cervera lo imita—. Recibí una llamada con un número oculto. Yo había salido esa noche.
—¿Una llamada de quién?
—En teoría, de Nacho.
—¿Y Nacho es?
—Su novio —aclaro a los agentes.
—¿Y por qué dice en teoría? —pregunta Cervera.
—Porque no era él. Por eso llamó con un número oculto. No sé quién era, pero sonaba como su voz… Luego comprobé su móvil y vi que no me había llamado. Incluso me las apañé para mirar la factura y tampoco figuraba esa llamada.
—A ver, a ver. —Santiago Marín niega con la cabeza—. No estoy entendiendo una mierda.
—En esa llamada, la voz de mi novio me decía que había ido al piso nuevo de Juan, un amigo que tenemos, y que si lo pasaba a buscar. Así que fui.
—¿Era el piso de Teo Costas?
—Sí.
—¿Qué encontró al entrar?
—La puerta abierta. Pensé que uno de los dos me la habría dejado así, pero al empujarla y entrar…
—Se encontró a Teo Costas.
—Sí…
—Él se acojonó, discutieron y lo golpeó en la cabeza.
—¿Qué? ¡ NO ! ¡Me lo encontré tendido en el suelo y llamé a la ambulancia! —aúlla Elena. Incluso veo la ofensa en sus ojos.
—¡Eh!
—¡Ni «eh» ni mierdas! Suficiente que estoy dejándole estar aquí. Cervera, acompaña fuera al caballero.
La agente va a acercarse, con el brazo estirado y el gesto decidido…, y se encuentra con un soberano manotazo, un índice acusador y una voz grave y furiosa.
—¡No me toque! No voy a irme de esta habitación mientras mi hija esté así.
—Siento que se me hincha el pecho. Mi 1,70 de estatura, mi cuerpo cascao de jubilado y mis gafas sin montura me convierten en un adversario difícil de batir.
O eso debe interpretar mi cerebro, porque hace falta ser bastante parvo para enfrentarse a dos agentes de la ley.
—¿Acaba de pegar a Cervera? —Marín se burla con esa sonrisilla sarcástica suya de la que ya os he hablado y se desternilla al contemplar la mirada atónita de su compañera—.
Anda, Cervera, déjalo aquí, que aún te vas a ir con la mano colorada…
Sal un momento y hazme el procedimiento para detenerla en cuanto reciba el alta.
—¿Me va a detener?
—¿La va a detener? —Mi hija y yo hablamos prácticamente a la vez.
La sonrisa de Marín se esfuma y en su lugar aparece un gesto de furia. De odio por tener que explicar una obviedad. Obviedad que, por otro lado, yo ya sé , pero que me niego a aceptar en un absurdo ejercicio de irracionalidad.
—Vamos a ver, porque le he pasado por alto el manotazo a Cervera, pero me están tocando mucho los cojones.
¡¿Cómo que si la voy a detener?! ¡Estaba en casa de Teo Costas cuando lo atacaron, no lo ha dicho en casi seis meses y enc i ma hay una prueba gráfica contra ella!
Pero ¿qué coño se creen que es esto, un juego de mesa o algo?
Ahora mismo todo apunta hacia usted. ¡No hay que ser muy listo, coño!
—¡Yo no he matado a nadie! ¡Empujé una puerta abierta, me encontré un cuerpo en el suelo, llamé al 112 y eché a correr porque me cagué de miedo!
—Esa es su versión.
—Esa es la verdad —impongo yo con un tono digno de político sensacionalista.
—¿Estaba usted allí? —Callo. Marín no—. Entonces cierre la boca o se va de la habitación. Lo que se ve en el vídeo es a su hija agachándose a los pies de Teo Costas, llamando desde su móvil y huyendo.
—Un momento, un momento… —Elena se incorpora con una mueca de dolor—. Entonces ¿de dónde saca que lo ataqué yo?
—Insisto: estaba en su casa en el momento en que lo atacaron. Y todo se produce en un piso cerrado.
—No. Se produce en un piso abierto. Se lo he dicho.
—Sí, me lo ha dicho, pero puede estar mintiendo.
—O sea, ¿yo puedo estar mintiendo al decir que me encontré el piso abierto y que me llamaron para ir…, pero usted no cuando dice que lo maté?
—Chica lista.
—Necesita un culpable, no lo tiene y quiere a Elena, ¿verdad?
Santiago Marín gira hacia mí todo su cuerpo. Su cara picada, sus ojos marrones y furiosos y su tremenda mala leche apuntan en mi dirección. Quizá en otro momento vital me habría cohibido, o intimidado, pero no en este. No cuando está en juego mi hija.
—Es la última vez que lo aviso. La siguiente lo detengo por interferencia en un interrogatorio policial.
—Entonces tendrá que hacerlo porque no permitiré que manche el nombre de Elena con acusaciones falsas.
Nos mantenemos la mirada. Desafiantes, irreductibles. Ninguno gana, pero tampoco perdemos. Es Elena con un gimoteo la que logra que olvidemos el desafío. Mi hija se lleva la mano al costado y se echa a llorar.
—Me… me duele…
—Se habrá pasado el efecto de la anestesia, cariño. Ahora llamamos a la médica. Nos pidió que la avisásemos cuando despertases.
La llamada a la puerta provoca tres giros de cabeza. Marta y María José se abalanzan sobre Elena. A mi hija mayor le tiemblan las lágrimas en los párpados. Mi mujer, contraria a mí, no derrama ni una, pero sí abraza a nuestra hija pequeña con el amor puro y desinhibido que sólo conocen las madres.
—Nos gustaría estar solos —digo a Marín.
—No he acabado de hablar con su hija.
—Por favor. —Uso un tono conciliador, aunque realmente suena agotado. No es mentira: estoy exhausto—. Hoy no va a poder detenerla porque no le han dado el alta, no se va a fugar porque no puede dar ni un paso y además no tiene una acusación formal. Vuelva mañana. Se lo pido por favor.
La luz de última hora de la tarde se cuela por la ventana del pasillo revestida de negro y nos baña los pies. Entorno la puerta de la habi tación de Elena para volver a «negociar», por decirlo de alguna manera, con Marín.
—¿Por qué no quiere creerla?
—Porque no soy su padre, caballero. Su hija está grabada en una casa ajena, agachada delante de un moribundo y huyendo a toda prisa tras hablar por teléfono.
—Ya ha escuchado qué pasó.
—No. He escuchado lo que pasó según ella, pero puede mentir. Y, hablando de Teo Costas, no me diga que le sorprendería alguien mintiendo.
—Pero ¿qué interés iba a tener mi hija en atacar a Teo Costas?
Santiago Marín suspira y coloca los brazos en jarra. Después mira a Cervera y, con un gesto de cabeza, apunta a la salida.
—Es una gran pregunta para la que todavía no tengo respuesta. Pero las imágenes están ahí y son muy claras.
—Déjeme verlas. —Lo suelto a bote pronto, sin calibrar ni por un momento la locura que estoy diciendo.
—Pero a ver, a ver. —La sonrisa incrédula, no sólo de Marín, sino de Cervera, evidencia la poca cabalidad de mi petición—.
¿Qué se cree que es esto, un programa de la tele?
Yo no puedo enseñarle algo que es absolutamente confidencial.
Hable usted con la que apuñaló a su hija, no te jode…
La tienen enjaulada como un pajarillo. —Se burla abriendo los brazos, buscando la sonrisa cómplice de Cervera, que le corres ponde—.
Vendremos mañana y tendremos una orden para detener a su hija.
Si le dan el alta, irá a comisaría hasta que aclaremos qué ha pasado.
—No ha sido ella, Marín.
—Ya… Es curioso, pero ninguno ha sido nunca. Por eso las cárceles están llenas de inocentes. Hala. Nos vemos. —Agarrando sutilmente a Cervera por el hombro, se encamina hacia la salida.
La distancia con los policías va ampliándose…
y va a aumentar todavía más. No. Obviamente no voy a hablar con Begoña, la mujer de Teo Costas y quien apuñaló a mi hija.
Pero Elena es inocente y pienso demostrarlo.
La burla de Marín sólo evidencia que no es padre.
Ya os dije que por una hija se hace de todo.