Nudos de sal Capítulo 39
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Capítulo 39

A LFREDO O TERO

¿Habéis escuchado eso de que no es lo mismo llamar al diablo que verlo llegar?

Creo que no sólo es acertado para mi presente, también para lo que iba a acontecer a partir de ahora.

Llamé al diablo en cuanto abrí el cuaderno de esta investigación e iba a verlo llegar varias veces.

Aunque nada comparado con el apuñalamiento de mi hija.

Una secuencia de salvaje brutalidad capaz de generarme sentimientos jamás imaginados.

Ni cuando Marta estuvo tan enferma siendo un bebé.

Los años me han enseñado a enamorarme de la vida porque me fascina la capacidad humana de sentir.

No hay nada más fuerte que el amor…, como tampoco hay nada más fuerte que el odio.

Ambos extremos son capaces de removernos completamente por dentro, de arrastrarnos hacia lugares inexplorados de nuestro propio ser. Y he ahí el peligro.

Seguro que habéis hecho locuras por amor.

¿Cuál fue? ¿Un viaje de horas y horas para sorprender?

, ¿una carta de amor en un buzón con la esperanza de cambiar la condición de no correspondido?

, ¿un libro con una frase subrayada en la página correcta?

, ¿una visita a otra ciudad para conquistar con una rosa?

Si sois capaces de hacer eso por alguien a quien amáis, ¿qué haríais a alguien a quien odiáis?

El odio es terroríficamente humano. Y no dudo de que fue él quien colocó a la mujer de Teo Costas ante el precipicio de la locura.

Pero ¿por qué mi hija Elena? No lo sé. Ahora mismo, desde la sala del hospital donde la operan, busco la respuesta en el laberinto de mi mente.

Me autodestru yo con la preocupación de si mi niña saldrá adelante con las menores secuelas posibles. Cómo duelen los hijos.

María José, sin embargo, sí está convencida de que Begoña estaba conchabada con Teo Costas y sabía de aquel asalto y amenazas que recibió tras el encarcelamiento de Antón.

Cree que, ahora que se ha descubierto el plan tramado por Teo Costas, ella se ha cobrado su venganza.

Yo le he explicado que esa teoría deja dudas: ¿por qué ahora?

, ¿qué la ha motivado a atacar a Elena si hace tanto que descubrí lo de su marido?

La otra duda es que, asumiendo esta teoría, también asumiríamos que Begoña conocía que Teo Costas había matado a Ramiro Rey.

Y no me lo pareció en ningún momento cuando estuvimos con ella en el hospital.

Adoro la capacidad de mi cabeza de tratar de resolver enigmas, pero ahora mismo me preocupa más no ser capaz de pararla.

Sigo sentado en la incómoda silla de la sala de espera, cobijado por el molesto fulgor de una luz mortecina y aguardando noticias desde el quirófano.

Marta, por su parte, está en otro box acompañando a María José, a la que han tenido que dormir visto el estado de nervios en el que se encontraba.

Y no, no estoy tranquilo, aunque reconozco que los médicos se han esmerado en ello. Me han insistido en que ninguno de los órganos vitales que podrían haberse visto afectados por un apuñalamiento en el lado derecho han sufrido daños a simple vista. Ni hígado ni pulmones ni riñones ni intestinos.

La incertidumbre es uno de los peores males del ser humano.

Mientras aguardo navegando en mi mar de intranquilidad, me levanto.

No aguanto más en la puñetera silla. Una mujer joven, de unos cuarenta años y vestido blanco con estampado de limones, gira la cabeza mirando una pantalla y me fijo en el bonito lunar que tiene en el lado izquierdo del cuello.

Otro hombre con aspecto de árabe y bien vestido la observa con detenimiento, alternando miradas picarescas con furtivos vistazos al teléfono donde teclea a toda velocidad de vez en cuando.

Yo, por mi parte, doy vueltas en círculos y con las manos a la espalda…

y mi cabeza sigue haciendo ruido. Cavilando pensamientos y nexos, no me percato de una presencia policial previamente conocida que se acerca hasta mí.

—Alfredo Otero, ¿verdad?

Santiago Marín mantiene el porte firme y alto. No olvido que fue a él a quien inicialmente pensé que señalaba el mendigo que me «ayudó» a descubrir todo en Oporto. Asiento para darle el sí como respuesta.

—Estoy aquí para hacerle un par de preguntas a su hija…

—¿A mi hija?

—Hombre, si quiere se las hago a la madre Teresa, pero me da a mí que está indispuesta.

—Ya me acuerdo de usted. Es el policía al que preguntamos por Teo Costas hace meses, cuando fui a comisaría.

—Qué bonitas casualidades tiene la vida, ¿verdad?

—La cara picada y la voz ruda delatan que su sonrisa es sarcástica y fingida.

En una situación normal, hubiese evitado la respuesta, pero, como diría mi hija Marta en un alarde de preocupante vulgaridad, indigna de la meticulosa educación que ha recibido, no tengo el chichi pa farolillos.

—¿Le parece normal venir aquí a molestar con la situación en la que está mi hija?

—Ya le dije que necesito hablar con ella.

—Está en quirófano, pero yo estaba allí cuando pasó todo. Puede hablar perfectamente conmigo.

—No creo que pueda responder por ella a lo que tengo que preguntarle.

—Pruebe.

Santiago Marín dibuja una sonrisa sardónica. Creo que saborea con gusto lo que va a pasar. Se moja los labios con la lengua y después me habla muy despacio.

—¿Me puede explicar qué hacía su hija Elena en casa de Teo Costas el día que lo atacaron?