Capítulo 38 #2
En este tiempo ha vuelto a mí la pegajosa sensación de inutilidad de la que había conseguido zafarme con la resolución del crimen.
El gran Antonio Gala, un hombre culto al que admiré hasta el día de su muerte, lo resumía muy bien en una entrevista que concedió a Jesús Quintero y que yo escuché vía pódcast. El entrevistador quería saber si la gente sencilla se preguntaba por qué estaba en el mundo.
Mi admirado Gala respondía que sí porque la vida era individual y tenía que haber una realización.
Una satisfacción interior. Y yo, de nuevo, volvía a sentirme alejado de dicha satisfacción interior.
Mis hijas podían colmar de gracia la existencia, pero no eternamente porque, al final, habían volado libres.
Azotado una vez más por mi propia y reflexiva realidad, mi mujer y las niñas me insistieron en que me pusiese a escribir. Sabía que era la oportunidad de dejar una marca en el horizonte de la vida, un apéndice a mi nombre completo: Alfredo Otero, el autor de El crimen de Cala Asterpot.
Ya llevaba mucho avanzado, pero nunca me había enfrentado a una tarea tan ímproba y ardua como escribir una novela.
Uno de los días sufrí el temido síndrome de la página en blanco y escribí « CAOS ».
Bueno, le coloqué delante una palabrota que empieza por «pu», aunque aquí usaré el eufemismo «puñetero ».
Recordé que Chuck Palahniuk, prestigioso y reconocido autor del libro El club de la lucha , había dicho que «todos los descubrimientos verdaderos surgen del caos».
Yo había encontrado el mío. El propósito de mi propio ser entre aquel maremágnum caótico que había dado la vuelta a mi vida y me había hecho plantearme si servía para algo tras más de treinta años dedicado al periodismo.
Hace unos meses que he dejado de estar atrapado en la vorágine de encontrar mi utilidad en el mundo para permitir que la diosa de la determinación guíe mis pasos.
No hay día que no me deje caer por la biblioteca de Baiona, antes excusa, ahora refugio, y lea La Gaceta de Vigo previa llamada a mi musa, que aparece cuando entro en un estado de total concentración.
Este primer fin de semana de marzo ha sido el único que he faltado y la razón ha sido de peso: Baiona celebra su fiesta de la Arribada…
y, básicamente, la biblioteca está cerrada.
Mi pueblo, mi hogar, mi casa, se enorgullece de ser el primer lugar de Europa donde se conoció la existencia del nuevo mundo descubierto por Cristobal Colón en 1492.
Una realidad que se materializa con una fiesta celebrada cada primer fin de semana del tercer mes del año.
La villa entera regresa al medievo: hay puestos de choripanes que impregnan el aire de un olor a carne recién hecha, cunquiñas de vino que se rellenan por un par de euros o dulces típicos como las filloas o las tartas caseras.
La gente se viste de aquella lejana época, incluso las costureras del pueblo doblan esfuerzos, preparadas para un evento único.
Hay actividades, juegos, representaciones teatrales de Pinzón arribando en la playa tras desem barcar de la carabela La Pinta y anunciando uno de los descubrimien tos más importantes de la historia…
Durante un fin de semana, Baiona vuelve a ser aquella villa costera de la Edad Media y recibe un sinfín de visitantes.
Debo reconocer que la fiesta me encanta y, desde que las niñas son pequeñas, guardamos con mimo una imagen de cada año en el que nos hemos vestido en un álbum adornado con letras doradas en la tapa.
Pero, en un alarde de imaginación, María José ha decidido cambiarnos los trajes que llevamos años usando para mimetizarnos de época.
En ese humor tan suyo, ha elegido tres hermosos vestidos para las damas de la casa.
Véase largas y tupidas faldas en colores vivos, bordados dorados y boinas caladas dando un aire elitista, tal vez de cortesana de algún señor feudal o incluso de las nobles señoras que pun tualmente visitaban la villa.
Por contra, en mi caso ha elegido un pantalón de mameluco que parece bombacho, unos leotardos oscuros, una blusa con abotonadura hasta el escote y un chaleco.
Para coronar me ha encasquetado una crespina que me reafirma, ya no como el bufón, sino como el auténtico tonto del pueblo.
Y sí, tiene razón en eso de que será «un recuerdo imborrable, Alfredo».
Lo será para descojonarse de mí, obviamente.
Con estas pintas que mi mujer ha tenido a bien ponerme y que, como supondréis, han sido secundadas por las arpías que tengo por hijas, me deleito con vino barato que bebo en una cunquiña de barro con el dibujo de la carabela La Pinta en trazos blancos comprada en 2013.
Estamos en O Petisco , al final de la rúa do Reloxo.
Sí, el mismo sitio al que venía con Ramiro (en los pueblos, la gente tiene su bar fijo y es raro que se mueva de ahí).
No queda ni una mesa libre en toda la calle.
No hay nadie que no tenga una cunquiña , un botellín de cerveza o una copa en la mano.
Este año hace un tiempo fantástico, con un calor propio de mayo y un cielo acorde a la festividad, así que nadie quiere perderse el evento.
La diversión, la calma y, sobre todo, la despreocupación flotan en el aire.
Los problemas son menos problemas si los compartes con tus amigos.
María José ha pedido un blanco París; Marta, un tinto, y Elena, una «milnueve» (creo que para cabrearme), que disfruto en una jarra con el giste en su medida exacta de apenas dos dedos.
Es en ese momento cuando la veo en la lejanía, al principio de la calle.
Sobre Baiona parece cernirse un silencio ingrato y las conversa ciones se ahogan dejando únicamente en el ambiente los ecos de la fiesta de las calles contiguas.
Todo se ha apagado en pro de un cuchicheo cada vez más intenso que tiene nombre y que yo conozco.
Arrastra un carrito de bebé vestida con unas mallas negras y una sudadera ancha y gris con capucha.
Es la nota discordante, la modernidad en la Edad Media, una viajera en el tiempo.
Tiene las ojeras pronunciadas, el pelo mal recogido en una coleta alta con algún mechón cayendo sobre los laterales de la cara.
La viva imagen del agotamiento y del hartazgo.
Se detiene ante nosotros. Las miradas han ido clavándose en ella con asombrosa seguridad.
Todos saben quién es, y quien no lo sabe está enterándose en ese preciso momento porque alguien se lo acaba de decir.
—Cuánto tiempo, Begoña. —María José le pone la mano en el hombro, con cercanía, obviando la hostilidad y la tensión latentes en la calle…
, pero la mujer de Teo Costas mantiene sus ojos fijos en los míos.
Todos nos miran. No sólo saben quién es, también que fui yo quien descubrió que su marido era, realmente, el asesino de Ramiro Rey.
María José intenta dar normalidad al encuentro. Se agacha cerca del carrito para ver a la niña, pero Begoña sigue sin despegar su mirada de la mía. Me está retando. Aunque aún no sabe a qué.
—Qué guapa es tu niña —dice mi mujer. Pero no obtiene respuesta. Ni siquiera con un cambio en el gesto.
Mis hijas intuyen que pasa algo. Elena da un paso a un lado para colocarse entre Begoña y yo. Con el paso del tiempo me preguntarán varias veces cómo ocurrió y aún no soy capaz de explicar cómo pasó todo tan rápido. Fue fugaz. Tal vez quince o veinte segundos.
Begoña aparta los ojos de los míos y los fija en los de Elena. Después lanza una pregunta cuya respuesta queda flotando:
—Quieres mucho a tu padre, ¿eh? —Su sonrisa aún reina en mis pesadillas. Acto seguido, hunde un cuchillo en las entrañas de mi hija.