Capítulo 38
A LFREDO O TERO
Han pasado casi seis meses desde que me enteré de la trágica muerte de Teo Costas y prácticamente lo mismo desde que acudí a comisaría a señalar a Teo Costas por el crimen de Ramiro tras ayudar a dar a luz a su mujer.
Llevaba un rosario de pruebas: la fotografía del testamento original hecho por mi amigo y encontrado en la casita de Teo, otras del mural con las conexiones trazadas con rotuladores, también las libretas donde el asesino de Ramiro había apuntado todo sobre su amante y su familia, el mapa con el punto redondeado por el que accedió a Cala Asterpot para cometer el crimen, una grabación del mendigo diciendo que fue el policía quien lo sobornó para hacerse pasar por Antón Rey…
También aseguré conocer a varios testigos (Raúl, ese al que llamaban Panda, y alguno más de su cuadrilla) que podían confirmar que fue Teo quien lo aleccionó para entrar en la casa y cometer el robo y, por último, invité a los agentes a revisar esa supuesta denuncia tramitada por la familia Rey Vilaboi cuando se produjo el robo en su casa…
¿Adivináis quién paralizó la denuncia y la investi gación? Sí, Teo Costas.
Aun así, y pese al resto de los documentos que evidenciaban la culpabilidad de Teo Costas, Antón Rey no ha salido de prisión. Si bien ha quedado absuelto del parricidio, sigue encarcelado por colaboración con una banda criminal.
De Cora, de mi amiga Cora, como me refería a ella al principio de esta historia, sé entre poco y nada.
Ha convertido el chalet de Cala Asterpot en un búnker donde permanece encarcelada.
Tras inspeccionar Villa Ledicia, la policía se presentó en su casa y fueron quitando una a una las cámaras ocultas que Teo Costas había instalado en una de las ocasiones en las que había ido a pasar la noche con Cora .
Las grabaciones halladas en el ordenador del asesino, con los planos bien diferenciados, hicieron que el trabajo fuese rápido, pero no menos vergonzoso.
Ahora Cora Vilaboi sólo sale de casa para dar paseos por Monteferro a los que nunca estoy invitado.
Nuestra relación se limita a intercambiar ocasionales mensajes de interés.
Me gustaría que no fuera así, pero entiendo su posición.
El amante de Cora fue el asesino de su marido.
Una vez más, la culpa y la paranoia han tomado el chalet de Cala Asterpot.
Incluida a Sonia, a la que no he vuelto a ver desde que la dejé en casa con su madre tras la revelación que nos hizo su amigo informático y que desencadenó mi posterior viaje a Oporto.
Por cierto, a quien sí he visto ha sido a Antón Rey. Fue mi segunda y última visita a la cárcel de A Lama. La conversación fue mucho más directa que la primera. Parece que a este chico le van las segundas partes.
—Te dije que yo no lo había matado —fue lo que me dijo tras estrecharme la mano, imitando la fría despedida de la primera ocasión.
—Suena a reproche y no estoy muy seguro de merecerlo… —repliqué.
—Para nada es un reproche. Es un recordatorio.
Tomé asiento y él hizo lo mismo. Después fui al grano.
—Hay cosas que sigo sin entender, Antón.
Dos, más concretamente. Y necesito que me las aclares.
—Mostró las palmas de las manos e hizo un gesto con la boca, dándome pie sin palabras—.
La primera es por qué atendiste esas llamadas.
La de Oporto entiendo que Teo se inventaría algo, pero ¿la de la noche del crimen?
¿Por qué volviste a los quince minutos? No he parado de darle vueltas.
—Es un método muy calculado, Alfredo. A mí me llaman, recepciono lo que tengo que recepcionar…
—¿Dónde?
—Es mejor que no lo sepas.
—¿Por qué? Tú estás fuera de juego y tu padre, desgraciadamente, también. Entonces… ¿hay alguien más?
—Joder, qué pesado estás con eso. Alfredo, en serio, ya te dije que no había nada más.
No te montes películas. E insisto: cuanto menos sepas, mejor.
—Mi teoría de un tercer colaborador seguía latiendo, pero sabía que no iba a sacarle nada a Antón—.
Recepciono lo que tengo que recepcionar —repitió— y son exactamente quince minutos.
Cinco para que yo llegue hasta el punto de encuentro y otros diez para que lo guarde y vuelva… , pero hay ciertas claves.
—¿Por ejemplo?
—Los primeros cinco minutos son para ir y luego hay cinco para recibir o para esperar.
Si en cinco minutos no recibo nada, me vuelvo.
Entendemos que ese es el máximo porque si han pillado o perseguido a alguien, o se quita de encima a la pasma en ese tiempo, o adiós. Luego los otros cinco son para volver.
—Y en este caso no fue nadie porque Teo Costas hizo una llamada falsa. —Antón asintió—. La segunda cosa que no entiendo —dije inclinándome sobre la mesa para darle más énfasis a mi duda— es por qué aún no has hablado.
—No te entiendo.
—Teo Costas fue quien lo hizo todo. Él mató a tu padre, él… —¿Revelaba ya que había sido María José la que había dejado la amenaza? Mejor no— él dejó la nota para amenazar a tu madre…
—Sí, pero él no envió el e-mail donde me acusaban de ser el tesorero de los narcos.
—¿Y qué?
—Pues que quizá sea una prueba. Pueden haber sido Ellos mismos, Alfredo. Para ver cómo me comporto. Si hablo o si soy de fiar…
—No lo entiendo.
—Pues es muy muy fácil.
—Sigues temiéndolos…
—Oye, Alfredo, no acabo de entender muy bien si es que juegas a ser el abogado del diablo o te haces el imbécil. ¿No te dije la primera vez lo peligrosos que eran? ¿Crees que ha cambiado algo?
—¡Ha cambiado todo! Ellos no hicieron nada de por lo que estás aquí.
—Que tú sepas. Insisto: no sabemos quién envió el e-mail, pero alguien más sabe a qué me dedicaba.
—¿Y tú, sólo por eso, piensas que son esos Ellos?
—No puedo arriesgarme.
—Antón, trato de entenderte. De verdad que sí, pero no soy capaz. ¿Por qué esa banda de narcos es tan peligrosa? ¿Qué los diferencia?
—¿Banda de narcos? ¿Quién ha hablado de banda de narcos?
—Bueno, es lo que son si se dedican a la droga —rebatí anonadado por sus propias dudas.
—Va mucho más allá, Alfredo. Son gente de mucho poder. No te quedes sólo en narcotraficantes. Hablamos de gente de muy muy arriba. Son unos pocos, pero lo controlan todo. Esa es la diferencia.
— ¿Cómo de arriba?
—No pienso jugármela a decirlo. Tienen ojos y oídos en todas partes. Si marcan a alguien, lo eliminan…, y casualmente las investigaciones siempre se entorpecen…
—Espera, espera, espera… ¿Estás señalando a la policía?
—Yo no señalo a nadie. No pongas en mi boca palabras que no he dicho. Eso lo primero. —Levantó el índice en señal de amenaza—. Y lo segundo: ni de coña muevo un dedo hasta que no tenga claro que no van a ir a por nadie de mi familia.
—¿Y cómo esperas que eso pase?
—No lo sé. Pero, desde luego, a mí me queda una temporada bien larga aquí. No me van a soltar por dar un par de nombres que ni conozco…, y pondría en peligro a mamá, a Sonia, a Natalia y otros primos y tíos… Y tú sabes, tan bien como yo, que eso es más importante que cualquier cosa.
—No sé si es valentía o nobleza.
—Eso ya me lo dijiste la primera vez que viniste aquí y me la pela, Alfredo. Es mi vida y mi familia. No la tuya.
Ahí terminó nuestra conversación. Después volví a casa y llamé a Cora…
, que nunca me cogió el teléfono. Ni siquiera me felicitó el día 2 de septiembre, cuando cumplí sesenta y nueve años.
Supongo que lo de Teo Costas le afectó sobremanera.
No la culpo. Las respuestas halladas en Oporto gracias al azar y a un mendigo provocaron una sacudida nacional.
El asesino de Ramiro Rey había sido el propio policía encargado de investigar el caso.
Los porqués fueron despejándose conforme avanzaron los días y La Gaceta de Vigo y los programas de televisión fueron revelando el oscuro pasado de Teo Costas y su relación con Ramiro Rey.
Curiosamente, pese a esas revelaciones sobre Ramiro y la procedencia ilícita del dinero de una familia de clase alta viguesa, nadie pareció muy ofendido ni molesto con los Rey Vilaboi, salvo yo.
He despejado todas las incógnitas del crimen de Ramiro, menos una: sigo sin saber quién me dio el USB con los interrogatorios de Teo Costas y por qué.
Pero, sinceramente, hace mucho que dejé de buscar la respuesta.
¿Alguien sospechaba inicialmente de Teo?
¿Quién? ¿Y por qué pensó que yo, a mis sesenta y ocho años, era la mejor opción para resolver un crimen?
Durante muchas horas de insomnio me repetí esas preguntas, pero ya han quedado ocultas bajo capas de decepción que me invaden ocasionalmente en plena noche.
Y, cuando ese insomnio me asalta y los engranajes de mi mente chirrían tanto que me despiertan, me entrego al conticinio y pienso en que, tal vez, la vida sería de otra manera si hubiese ido a esa fiesta de cumpleaños.
Seguro que Ramiro no me hubiese pedido irme de la piscina, así que no habría muerto…
Eso suele desembocar en una culpabilidad flageladora por no haber descubierto antes a Teo Costas.
¿Por qué yo no me di cuenta? Es más, ¿por qué nadie se dio cuenta?
Me he hecho esta pregunta una y otra vez, torturándome hasta que la rabia estaba a punto de colapsarme y me obligaba a salir al jardín, donde me templaban las frías gotas del orballo corriendo por mi calva.