Nudos de sal Capítulo 37. El plan de Teo Costas
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Capítulo 37. El plan de Teo Costas

Tan sólo un día después de que Alfredo Otero descubriese la verdad sobre Teo Costas, la policía tiró abajo la puerta de Villa Ledicia.

Para muchos, la desconocida casa de veraneo de un compañero, para ninguno de un amigo.

Porque la denuncia de Alfredo Otero junto con un aluvión de pruebas había sido más que suficiente…

, pero, si algo dolió, fue la declaración del mendigo de Oporto confesando que había comprado el cable de acero porque Teo Costas le había dado comida y ropa.

Aquello fue una sacudida en la línea de flotación de la policía. Nadie había detectado que el agente encargado de la investigación era en realidad el asesino. Ni detectado ni intuido.

El error desató una pregunta parlamentaria, cuestionó los test de acceso al Cuerpo, hubo respuestas en programas de televisión del ministro de Interior, se usó como munición política, como carnaza periodística.

En los despachos, la gente importante respondía a gente más importante que esperaba responder a gente aún más importante.

Alfredo Otero recibió un sinfín de llamadas telefónicas, Cora Vilaboi también.

Hubo reporteros en las puertas de sus casas, ofertas económicas mareantes, ruedas de prensa del portavoz de la policía, incómodas preguntas sobre la liberación de Antón, rumores infundados…

Y eso que todavía no se había desvelado ni la mitad.

De hecho, ni los periodistas que normalmente se jactaban dentro del gremio de poseer fuentes policiales tuvieron información.

Una finísima cortina de polvo se levantó tras el estruendo de la puerta de entrada de Villa Ledicia.

Fue la única muestra de suciedad que hallaron en la casa.

El resto prácticamente brillaba. No había ni un libro ni un lapicero fuera de su sitio.

En una habitación encontra ron una cómoda y una cama, pero el premio gordo estaba en la otra.

Esa cerrada con una llave que Alfredo Otero había hallado en una botellita falsa de Jägermeister.

Era la misma habitación donde, más de veinte años antes, Teodomiro Costas padre había preparado los rega los del que sería el último día de Reyes de su familia.

Claro, que eso los policías no lo sabían cuando forzaron el acceso y se dieron de bruces con el enorme mural del que había hablado Alfredo, mapas de Monteferro, un DIN A -2 de la urbanización Cala Asterpot con las ubicaciones de las cámaras marcadas en rojo y un punto señalado en azul que acabó por ser la zona por donde Teo Costas se había colado la noche del crimen.

Santiago Marín fue un peso pesado dentro del cuerpo por la resolución del caso Dupont y ahora el encargado de dirigir el operativo.

La policía no dejó metro cuadrado sin inspeccionar.

Entre otras cosas, porque estaba en juego su honor.

Así hallaron una tablilla de madera mal colocada y, al quitarla, un pequeño hueco del que extrajeron un cable de acero con marcas de sangre. No hizo falta mucho más.

Marín acudió a tomar declaración a Alfredo Otero, al que al principio tomó por loco.

Revisó personalmente la carpeta morada que alguien había robado de casa de los Rey Vilaboi, una carpeta que contenía nombres, fechas y cantidades…

Así como disquetes viejos de ordenador marcados por años y cuadernos que revelaron un auténtico archivo histórico que iba más de treinta años atrás.

Ramiro Rey había recogido todas y cada una de sus operaciones económicas vitales como prestamista, asesor financiero y tesorero de la droga.

Con una corazonada, Santiago Marín introdujo el apellido Costas…

y lo encontró: Teodomiro Costas. Noventa millones. 27 de febrero de 1990.

Ahí estaba. La conexión. El hilo. Todo.

Al buscar más sobre Teo Costas, Marín encontró su truculenta vida: lo ocurrido con sus padres, con sus tías, su internamiento en un centro de acogida de menores…

Todo había marcado el pasado de Teo Costas, pero también el futuro de los Rey Vilaboi.

Cada paso que había dado el policía estaba meticulosamente calculado para destruir a Ramiro Rey y a su familia.

Para matar al hombre que consideraba culpable de las muertes de su hermana, su madre y su padre.

Cuando los agentes llegaron con todo el arsenal de pruebas a comi saría, sólo hubo que ir rellenando huecos porque las respuestas estaban en esa habitación.

Aunque no todas las evidencias llegaron a dependencias policiales.

Algunas se «perdieron». Como, por ejemplo, las fotos que lo unían a Ramiro Rey, viejas imágenes tomadas por el propio Ramiro cuando el policía le pidió dinero por sus deudas con el juego, se quedaron en el bolsillo de Marín, igual que el disquete con el año que le correspondía.

Las quemó en su casa, tranquilo ante la certeza de que nadie descubriría su secreto…

Con Teo Costas muerto, nadie podría relacionarlo.

Por fin se había libra do de todo. Sólo quedaba resolver quién había matado al policía.

El plan de Teo Costas había sido complejo y detalladamente cal culado. Llevaba años planeándolo. Como todas las grandes historias, todo comenzó por casualidad, y así también se enteró Santiago Marín.

Tras el hallazgo, acudió al hospital a tomar declaración a la mujer de su compañero difunto.

Ella negó conocer cualquier conexión de Teo con todo aquello.

Es más, Begoña, recién parida, y aún dolorida, se mostró convencida de que se trataba de un error.

Ni las evidencias fueron capaces de doblar su inquebrantable fe en la inocencia de su marido fallecido.

De hecho, para demostrar que no era culpable, contestó a todas las preguntas que Santiago Marín le hizo.

Sólo titubeó una vez: cuando dio la respuesta a si Teo había cambiado su comportamiento en algún momento en los últimos dos años.

Entonces Begoña no tuvo más remedio que recordar el día en el que, buscando la escritura de su pequeño piso de Príncipe, Teo Costas encontró grapa do bajo el documento un escrito con la firma original de su padre.

Uno donde aparecía un tal Ramiro Rey como propietario.

Lo que no sabía Begoña era hasta dónde había llegado la obsesión de su marido.

Desconocía que Teo Costas buscó en Google a Ramiro Rey, pero no encontró nada más allá de un par de imágenes y alguna referencia a unos campeonatos de vela ganados años antes.

Un ciuda dano ejemplar… y discreto. Pero la obsesión es peligrosa porque inhibe la cordura.

El programa especial de la policía reveló que aque lla discreción no era cosa de familia: el hijo de Ramiro, un tal Antón Rey, sí tenía alguna que otra visita a comisaría.

Todas por drogas. Y de la última hacía más bien poco.

Usando la dirección de los Rey Vilaboi, Teo Costas inició un seguimiento injustificado, amparándose en la esperanza de obtener respuestas a una pregunta que lo asolaba desde que era un niño y que había yacido, dormida, en lo más profundo de su alma: ¿por qué su padre hizo lo que hizo?

Begoña recordó que, una semana después de hallar la escritura, Teo se ausentó un sábado por la noche con la excusa de un turno laboral…

Un turno falso, tal y como pudo comprobar Santiago Marín en los registros de horario policial.

La necesidad de una explicación había despertado y latía con fuerza en el corazón de un hombre torturado.

Teo Costas fue incapaz de no escucharla.

Cogió las llaves del coche y subió a Monteferro, a la dirección que constaba en la ficha policial de Antón Rey.

Algo que también pudo comprobar Santiago Marín pidiendo las grabaciones hechas por las cámaras de tráfico ese lejano sábado al que había hecho referencia Begoña.

La suerte se alió con Teo Costas cuando un vecino salía de Cala Asterpot.

Nadie vigilaba la entrada, así que accedió atravesando la enor me verja negra con la C y la A.

Estacionó algo alejado del número 48, ese en el que residían los Rey Vilaboi, y caminó cabizbajo hasta colocarse enfrente del chalet.

Observó las luces brillantes, las sombras bailando en una aburrida danza de hábitos.

Hábitos que, sin embargo, envidiaba. Porque su sarcasmo y su humor no eran más que una coraza, la única forma que su mente había encontrado para asimilar la crueldad del trauma.

Esa noche, Teo Costas sintió el cuchillo de la envidia rasgando sus entrañas.

Recordándole que su imaginación dibujaba una utopía porque a él le habían arrebatado a la familia.

En ningún momento valoró la idea de ser padre, de convertirse en el pintor de esa imagen, de ser él quien sostenía la copa de vino mientras su hija y su mujer hablaban en la cocina.

No. El parásito de la venganza estaba descontrolado y Ramiro Rey ya había sido juzgado.

¿Cuánto pasó Teo Costas con el tiempo escurriéndose entre sus sueños, codiciando vidas que no eran la suya?

Nunca lo supo. Sólo rompió el hechizo el apagón de la luz de la cocina y un perfil masculino que unos minutos después contorneó la luna en el porche.

Era un hombre joven, supuso que Antón Rey, portando bolsas de basura.

Retrocedió ligeramente, amparando su camuflaje en la oscuridad.

La idea de detenerlo si fumaba alguna sustancia prohibida le resultó tan maliciosa como tentadora, así que lo siguió, una sombra más entre la negrura.

Tan obcecado estaba Teo Costas que ni hizo caso cuando la vida le dio la oportunidad de frenar.

El chasquido de una rama tras él alertó a Antón Rey y lo obligó a esconderse tras un eucalipto.

Entre aquellas tétricas formas de oscuridad cortada, creyó ver una forma humana, un ánima de aquel bosque… Pero le dio igual.

De nuevo salieron a escena aquellas casualidades tan decisivas en aspectos teóricamente absurdos.

Porque quizá, si Antón Rey no hubiera tenido que bajar la basura ese día, Teo Costas no lo habría visto arrojar la bolsa al contenedor…

y subir hacia el monte en vez de regresar a casa.

Quizá, si Sonia Rey no hubiera tenido exámenes de su máster y hubiese bajado ella la basura, Teo Costas no habría seguido a Antón Rey entre los profundos senderos de Monteferro.

Quizá, si Ramiro Rey y Cora Vilaboi no hubieran alegado estar «demasiado cansados para salir a la calle a estas horas», Teo Costas no habría descubierto el narcotúnel que conectaba la cala privada de la urbanización con un cuarto donde la Fariña almacenaba bolsas y bolsas de dinero.

Y quizá, si Teo Costas no hubiese querido destruir completamente a los Rey Vilaboi, habría detenido a Antón y se acabó.

Pero las casualidades mueven los hilos del destino, y este quiso que Teo Costas aprovechase ese descubrimiento para que la familia Rey Vilaboi sintiese lo mismo que había sentido él más de veinte años atrás, cuando perdió a su familia.

Begoña recordó que Teo llegó tarde, poco antes del amanecer, y que apenas durmió.

Al punto de la mañana se había levantado alegando un «dolor de cabeza brutal ».

La realidad era otra. Teo Costas no pudo dormir porque hablar de matar a alguien es una cosa y hacerlo es otra.

Y, sin embargo, lo que le había quitado el sueño era la ofensiva determinación de hacerlo.

¿Acaso sus padres hubiesen querido eso, venganza?

Sonrió con el argumento que su convencido cerebro le dio: ¿qué más daba, si estaban muertos?

Acabó repitiendo una y otra vez el mantra con los ojos fijos en el techo.

Planeó el crimen aquella misma mañana mientras su mujer traba jaba ajena al inicio de la desgracia.

Teo Costas recreó la muerte de Ramiro Rey una y otra vez…

, pero no podían atraparlo. Necesitaba un refugio.

Un lugar donde pensar y planificarlo todo.

Sabía cuál era, por mucho que le pesase: Villa Ledicia.

Hacía décadas que no lo visitaba. Cuando lo hizo encontró unos okupas a los que echó con amenazas y violencia.

Limpió, ordenó… Volvió al infierno para refugiarse.

Pasó innumerables horas en Villa Ledicia, excusándose con falsas quedadas con compañeros de trabajo.

Acudía de día, alegando guardias laborales, y regresaba a casa de noche tras cerrar a cal y canto la habitación donde trazaba su plan.

Allí, mirando las fotos tomadas de sus injustificadas vigilancias, comprendió que la equis de la ecuación era Cora.

Inició un enfermizo seguimiento, tratando de averiguar quién era y qué necesitaba.

Compró un cuaderno donde apuntaba todo lo relativo a ella para descifrarla.

Un día observó el llanto amargo en un restaurante tras una discusión con Ramiro.

Horadó en aquella grieta y la conquistó.

Por eso conocía la casa, los accesos, las claves de la alarma…

Algunos agentes expertos en psicología criminal hablaron de psicopatía; otros, simplemente, de alguien maquiavélico, pero Begoña tampoco los creía.

La misma noche en la que Santiago Marín intentaba ordenar cronológicamente los pasos del asesino de Ramiro Rey, Teo Costas fue asesinado.

Marín no se enteró hasta la mañana siguiente.

Durante las incontables horas y cobijado bajo un flexo de luz incómoda, escribía una y otra vez las mismas fechas en un cuaderno hasta que por fin tuvo claros todos los pasos que Teo Costas había dado.

Su mesa era una pocilga, evidencia manifiesta de una noche agotadora: vasos de café vacíos, un móvil hasta arriba de llamadas perdidas de su compañero Brais Blach y un sinfín de apuntes, expedientes y pósits rosas cortesía de la mujer de su amigo y conocida detective, Nora Pardo, pero había flores en aquel estercolero.

La lista de llamadas del número asociado al móvil hallado en casa de Teo Costas dejaba claro que había sido él quien había llamado a Antón Rey la noche del crimen aprovechando que, por las cámaras ocultas que había instalado en casa de los Rey Vilaboi utilizando a Cora, había visto a Antón y su primo Javi esnifando cocaína.

También se comprobó que Teo Costas había llamado a Antón durante ese rato en el que su novia lo había perdido de vista en Oporto.

Y se identificó el portátil hallado en Villa Ledicia como el que habían usado para revelar que Antón Rey trabajaba para la Fariña.

El tiempo fue pasando, pero el desorden de su mesa no menguó.

Sí aparecieron otros casos, pero el crimen de Teo Costas seguía latente, aunque adormilado.

Fue un día previo a la primavera, de principios de marzo.

Un rostro conocido se acercó a su mesa empujando un carrito y con un USB en la mano.

Con una frase sísmica, todo volvió a comenzar: «Sé quién mató a Teo».