Nudos de sal Capítulo 36. El segundo crimen
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Capítulo 36. El segundo crimen

La muerte no estaba invitada a la habitación de Teo Costas, pero se coló de todas formas. Igual que hizo con Ramiro Rey. En este caso, el asesinato fue algo más silencioso. Violento en el acto, pero no en la ejecución.

No hubo forcejeos, no hubo sangre tiñendo ninguna piscina ni chapoteos, tampoco espasmos más allá de los incontrolables reflejos de un cuerpo cuando se arranca la vida.

Dios no rescató a Teo Costas. Ni siquiera por ser la primera vez que le imploraba ayuda.

Tal vez no quiso socorrer a un asesino, aunque él no se considerase así.

A buen seguro, no fue nada divino quien llenó la vía que llevaba conectada a la mano con una jeringuilla con aire.

La corriente invisible colapsó su sistema debilitándole el pulso y dándole a su rostro un color cadavérico mientras la sangre intentaba llegar a los órganos vitales.

El corazón pasó de bombear a quedar atrapado en un torrente de hielo.

Los pulmones no recibieron oxígeno y el cerebro perdió la conexión con cualquier pensamiento lúcido.

Teo Costas murió solo. Una enfermera halló el cadáver y la policía se presentó en la habitación.

Fue el final del asesino de Ramiro Rey, alguien ya eterno en la crónica negra de Vigo y de toda España.

No había nadie que no supiera quién era.

Años después de toda esta historia ahora inacabada, se propondrían documentales analizando su figura.

Grandes cantidades de dinero que su viuda rechazaría en un intento baldío por borrar la leyenda atroz que perseguía a su marido.

Hay quien dice que sus raíces malignas se extendieron hasta su propia familia, pero eso no forma parte de estas páginas.

Los programas de televisión no se enteraron de su muerte hasta media mañana del día siguiente.

Fueron trepidantes últimas horas, envíos de reporteros como si fueran paquetería y conexiones especiales desde las redacciones para contar que ya había equipos desplazados y que se trataba de un nuevo asesinato que daba un giro más al caso.

Contaban que el autor del crimen de Ramiro Rey fue asesinado en una fría habitación del hospital Meixoeiro de Vigo.

Lejos de su mujer, que, vista la nula mejoría de su marido, había decidido dormir noches alternas en casa, y mucho más lejos aún de conocer el rostro de su hija nonata.

Contaban que el mundo era mejor sin un asesino, sin un monstruo.

Aunque muchos colaboradores y eruditos de pega abogaban por la oportunidad de la reinserción, las redes sociales lo consideraban una falacia y pronto se extendió la pregunta de qué podía aportar un asesino como Teo Costas a la sociedad.

Por muy esposo, padre o ser humano traumatizado que fuera, se trataba de alguien capaz de colarse en el chalet de una urbanización privada para estrangular con un cable de acero a un hombre en su sesenta y cinco cumpleaños y después acusar de parricidio al hijo de este.

Un plan atroz, un crimen atroz… y un final que muchos consideraban justo.

La ley del talión aplicada en su máximo exponente.

Si matas, mueres. El problema es que los actos de Teo Costas afectaron a su mujer, que no sabía nada sobre el crimen, y también a su hija re cién nacida, a la que salpicó el odio hacia su padre y a la que se veía como la raíz del mal.

Y, entre toda esa culpa, todas esas horas de televisión rellenadas, todas esas páginas redactadas, todos esos pódcast o programas de radio, una pregunta sin respuesta: ¿quién? ¿Quién había matado al asesino de Ramiro Rey? ¿Quién había matado a Teo Costas?

Se apuntó a Cora Vilaboi, a Sonia Rey, incluso a Antón…, pero no hubo forma de demostrar nada y muchos de los sospechosos tenían coartada. Otro crimen sin respuesta que tardaría casi otro año en resolverse.