Nudos de sal Capítulo 35 #3
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Capítulo 35 #3

El polvo convierte los destellos vidriosos en brillos mateados que opacan líquidos ambarinos, traslúcidos o azulados.

Los tapones diminutos esconden un peligroso tesoro y características serigrafías evidencian que el paso del tiempo no importa si el producto es conocido.

Y, sin embargo, sólo uno de aquellos recursos espirituosos llama mi atención.

Una sola botellita donde el cristal brilla más.

Está más limpio, más claro… y, curiosamente, es la única donde el interior no se aprecia al ser el líquido negro y el vidrio verdoso. La cojo con cuidado.

—¿Tan mal día has tenido? —se mofa Begoña a mi lado mientras mira la botella de Jägermeister.

—No sé cómo la gente puede beber esto.

—El analgésico de los nazis… A mí no me desagradaba, debo confesarte. Era la forma más rápida de coger el puntillo.

—¿El puntillo? No me fastidies. Sólo lo probé una vez que fui con María José y las niñas a Berlín y me pareció vomitivo. Es medicamento con alcohol.

—Sirve para lo que sirve.

Pero Begoña se equivoca. Esa botellita no sólo sirve para lo que sirve.

Aprieto la parte del tapón y tiro con fuerza hacia arriba, que dándome con medio frasco en la mano.

Ningún líquido besa el suelo ni me pringa los dedos.

El cristal, en vez de estallar, queda limpiamente partido en dos.

Tanto mi cara como la de la mujer de Teo Costas reflejan la estupefacción del descubrimiento.

En el centro de la botellita, envuelta por espuma negra con la forma perfecta, hay una llave plateada y brillante.

No creo que haga falta que os adelante de dónde es.

Camino apresurado hacia la habitación cerrada, introduzco la llave y obro la magia.

Mi primera imagen es una pantalla de ordenador y un enorme mural lleno de fotografías de muchos de los asistentes a la fiesta…

y de mis hijas y María José. Bajo la de mi mujer, había escrito: «Paseo noche perro»; bajo las de mis hijas, sus nombres.

Pero lo que más me impacta es la imagen de María José metiendo la carta en el buzón de los Rey Vilaboi con un « OK » enorme.

Se aseguró de que cumplía… Siento que me fallan las piernas y un latigazo frío me recorre la columna.

¿Y, si no lo hubiese hecho, habría matado a Marta y Elena?

Teo Costas había asaltado, amenazado y convertido a mi mujer en una histérica durante un año.

Las casualidades vitales no dejan de sorprenderme teniendo en cuenta que por esa misma amenaza yo acudí a hablar con Begoña.

Sin esa nota, no habría descubierto todo esto…

, pero aquello no era todo. Cada relación familiar estaba unida por el trazo de un rotulador de color, Teo incluso había apuntado frases como «Su novia odia las drogas y él se mete» en referencia a Javier y Rut, «Odiaban a Ramiro» sobre la foto de Carlota y Juan Vilaboi, un doloroso «No lo ama» que llenaba la frente de Cora…

También había mapas de Mon teferro, una imagen DIN A -2 de la urbanización Cala Asterpot con las ubicaciones de las cámaras marcadas en rojo y un punto señalado en azul que interpreto como el lugar que usó para entrar en la urbanización…

Con la boca abierta y los ojos paseando con lentitud de un lado a otro de la habitación, me acerco a la pantalla de ordenador y enciendo el monitor.

El interior del chalet de mis amigos se revela ante mí en diferentes ángulos.

¿Cuánto tiempo lleva grabando Teo Costas a los Rey Vilaboi?

Estoy tan ensimismado que tardo en darme cuenta de que Begoña se ha movido y su rostro está desencajado ante una pila de papeles bajo el mural.

La mano le tiembla cuando coge uno de ellos pegado a un ordenador portátil más pequeño de lo habitual sobre el que hay un viejo móvil Siemens, de esos de prepago.

Me acerco apenas un paso, pero es suficiente para comprender que tiene en la mano el testamento real de Ramiro Rey, ese que desmonta completamente el supuesto móvil de Antón para matarlo.

No, mi amigo no le dejaba la casa de Cala Asterpot a Sonia tal como decía el papel que habían encontrado tras el allanamiento.

Teo Costas lo había falsificado. También hay un cuaderno donde apunta cada rutina y mo vimiento de los Rey Vilaboi…

, y otro, rosa, donde reza CORA . Evito que Begoña lo lea.

Ya sé qué contiene y esa pobre mujer est á viendo cómo su vida se desmorona por una mentira que la cubre con su pátina pegajosa y sucia.

Bajo todo el montón de documentos, distingo una carpeta morada.

Esa que «alguien» le había exigido a Raúl que robase de la caja fuerte…

Sobre ella hay un sobre que abro para descubrir fotos de los relojes robados en casa de Ramiro, así como un pósit amarillo con una combinación de seis dígitos.

No necesito mucho más para entender que Teo Costas fue quien llamó al examante de Sonia para darle instrucciones del robo.

¿Cómo lo sabía todo? No era difícil imaginarlo, pienso volviendo a mirar el cuaderno rosa que reza CORA y viendo que grababa todo lo que pasaba en la casa.

Me agacho y tomo la carpeta. Al abrirla comprendo todo, pero no puedo asimilarlo. El móvil de Begoña suena y abre las puertas de su infierno.

Sí. Acabo de resolver el crimen de mi mejor amigo… y su asesino acaba de morir (aunque yo eso aún no lo sé), pero la vida me tiene preparada una nueva burla: Begoña rompe aguas.