Nudos de sal Capítulo 35 #2
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Capítulo 35 #2

No. No me detengo en la carretera ni en un área de servicio.

No puedo hacerlo. Me sudan las manos de puro nervio cuando desbloqueo el teléfono, pincho en su mensaje de WhatsApp y abro la ubi cación en una app de navegación que me muestra el recorrido en el coche.

No tardo mucho en coger el primer desvío y conducir hasta allí.

Todo est á a punto de salir a la luz.

Parado ante la guarida de Teo Costas y sin salir del coche, pienso que, como infierno, Dante lo plasmó mejor que la verdadera imagen de la casa del asesino de Ramiro.

Espero la típica casa tétrica, enxebre –genuina—, descuidada y digna de una película de terror.

Una vez más, mis expectativas me han engañado: es pequeñita, coqueta y lo suficientemente alejada de todo como para pasar desapercibida.

Hace mucho tiempo que no siento envidia, pero sí lo hago en ese momento porque menudo refugio para escritores que tiene Teo Costas.

Mientras espero a Begoña, decido bajar y aguardar frente a la casita.

El aire es puro, limpio y reconfortante.

No se escucha la carretera ni nada que no sea naturaleza en forma de trinos de pajarillos y un céfiro que susurra entre las vides y el denso velo verde oscuro que cubre el bosque.

Aspiro el aroma fresco y ligeramente alimonado de las labruscas.

Huele a promesa de cosecha, a recuerdos de mi infancia en Villasobroso.

Apenas tengo dos rayitas de cobertura y me parece un buen momento para repasar mentalmente todo. Lo primero son mis propias palabras con el mendigo: «Teo Costas te pidió que te vistieras con esa ropa, entrases en esa ferretería y compraras un cable de acero…». Pero ¿por qué? ¿Qué sentido tiene?

¿Se me ha escapado algo en los interrogatorios? No puede ser. He terminado con ellos y apuntado todo en el cuaderno de Frankenstein. Bueno, obviamente el único que no he escuchado es el mío. Y soy plenamente consciente de qué había dicho…

El ruido de un motor importuna mis pensamientos. Begoña ha lle gado. Los guijarros van crujiendo bajo las ruedas con un sonido trac toril e incómodo. El pequeño coche se bambolea de lado a lado con una danza descoordinada.

La mujer de Teo Costas baja con dificultades. La prominente tripa le impide moverse con comodidad. Soy caballeroso y me acerco para ofrecerle la mano, que acepta de buen grado mientras se impulsa con la mano en el respaldo. Viste mallas negras y una amplia sudadera gris.

—¿Llevas mucho esperando? —Los ojos me escudriñan detrás de las gafas de pasta oscura.

—Tranquila. Es una casa muy bonita…

—Era de los padres de Teo. Murieron cuando era joven y la heredó. Eso y el piso donde vivimos.

—¿Es huérfano? Ya lo siento…

—Nunca hablaba mucho de ello… —El verbo en pretérito hace que la frase quede suspendida en el aire. No le doy muchas oportunidades de reacción. Necesito entrar en la casa.

—Será mejor que acabemos cuanto antes.

— ¿Crees que aquí estará la respuesta a quién lo atacó? —Mientras camina va sacando las llaves del bolsillo derecho del cortavientos.

—Creo que algo descubriremos.

La puerta de madera vieja chirría cuando Begoña la abre con una llave vieja y oxidada. Después la mujer de Teo Costas señala el cartel rojo y plateado con el dibujo de una cámara de seguridad.

—¿Sabes que no hay ninguna cámara? Teo puso la placa para espantar a okupas y cosas así…

Yo asiento y nada más. No puedo hablar. Tengo la boca seca de puro nerviosismo.

Sé que allí está todo. Todo. Teo Costas no se ha dedicado a investigar el asesinato, se ha dedicado a cometerlo…

y evitar ser descubierto. A convertir su macabra obra en el crimen perfecto.

Ese que dicen que, ahora, no existe. Aún me falta averiguar el porqué, pero no tardaré en hacerlo.

—¿Dónde crees que podría tener Teo todo lo que estaba investigando?

—No lo sé… No hablábamos mucho de eso. Ya te lo dije en el hospital.

Los goznes de la puerta chillan y yo me encuentro de frente con un salón que da efecto de espacioso por los pocos muebles que lo decoran. En el lateral derecho está la chimenea. En el izquierdo dos habitaciones…, y sólo una tiene la puerta cerrada.

— ¿Allí?

—Un día me dijo que era su habitación cuando su hermana y él eran pequeños. Decía que prefería que yo no entrase mucho. Que le traía malos recuerdos…

Vamos, que está todo allí. Dos más dos son cuatro.

Me acerco hasta la puerta y trato de girar el pomo, que se resiste.

—Es la única habitación cerrada con llave.

—Pues yo no sé dónde está…

—Busquemos.

—Pero si está cerrada.

—Si está cerrada, la abrimos. —Yo mismo me doy cuenta de la violencia de mi tono.

Ese no es el camino. De nuevo aquella necesidad, aquel apremio tan impropio de mí—.

Perdona, pero quizá la verdad esté ahí, Begoña —digo indicando la puerta y mirándola a los ojos para darle mayor énfasis a mis palabras—. Necesitamos esa llave…

Se acerca a la mesa, saca una silla y se sienta con movimientos me didos. La prominente barriga ha dejado de ser un estorbo para convertirse en lo que coloquialmente se conoce como un puñetero coñazo. Se acaricia la tripa y suspira antes de hablar.

—Déjame un segundo para pensar, ¿vale? Se me complica un poco vivir.

—¿Es muy guerrera? —Señalo la barriga sonriendo, intentando liberar la tensión que yo mismo he creado.

—¿Te dije que era una niña?

—Sí, en el hospital. Era… ¿Paula?

—Antía.

—¡Eso, Antía! Bien por los nombres gallegos. Me acuerdo de que te dije que era bonito y respondiste «gallego»… Una buena demos tración de chovinismo.

—No nos gustaban los nombres castellanos.

—No opino en eso. Cada uno elige el nombre por sus motivos. No recuerdo que a María José y a mí nos supusiera un gran problema elegirlo.

Nos quedamos compartiendo un silencio incómodo. Ambos queremos acabar cuanto antes. Yo estoy agotado, y ella, mucho más.

—¿Me podrías traer un refresco?

—Claro. ¿Dónde están?

—En el armarito que hay allí encima. Teo desconectaba la luz al salir, así que supongo que no habrá frías. —Señala un armarito bajo el fregadero—. Cógete otra si quieres.

—Con el día que llevo hoy, más que un refresco necesito un gin-tonic… Me valdría hasta mezclada con alcohol para desinfectar. —Recuerdo a Cora y el comentario sobre el gin-tonic que me había hecho cuando quedamos en el Parador. No hacía tanto y sin embargo me parecían lustros.

—Si quieres alcohol, tienes botellitas pequeñas allí. —Apunta hacia dos estanterías marrones de madera y colocadas sobre una enorme estructura.

—¿Pequeñas?, ¿de avión?

—Sí, las típicas de superd ós.

—¿Superdós? ¿Qué es «superdós»?

—Cuando salía de fiesta era lo que se pedía. Eran dos botellitas pequeñas de alcohol y un refresco… Qué viejo me suena todo ahora.

—¿Viejo? —me burlo arqueando las cejas—. Yo sigo llamando cubalibre al cubata…

Me regala una sonrisa. Definitivamente, he liberado la tensión. De hecho, creo que hasta agradece reírse, aunque sea levemente.

—Nunca supe por qué Teo tenía esas botellitas pequeñas, pero las tenía… Un día me dijo que eran de su padre. Mira.

Estira el brazo para que la ayude a levantarse.

Va hacia el armarito, lo abre y me enseña las botellitas adivinando mi vergüenza por husmear en una casa ajena (sí, aunque no lo creáis, no me atrevo a abrir el armarito, pero sí la habitación que tienen cerrada con llave. Una es vital, lo otro, puro cotilleo).