Nudos de sal Capítulo 35
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Capítulo 35

A LFREDO O TERO

La revelación me ha dejado boquiabierto. Doy por hecho que los motivos de Teo Costas…

¡Eh, eh! Un momento. ¿Cómo que «los motivos de Teo Costas»? Los motivos de Teo Costas tendrá que explicarlos Teo Costas. No el puto Alfredo Otero, ¿no? No te jode. Lo que me faltaba. Esta es mi historia, así que cambia el nombre del capítulo.

A LFREDO O TERO

T EO C OSTAS

Así sí. Mucho mejor.

A ver… Es el momento de las explicaciones, primero porque las merecéis después de la chapa que os estoy dando, y segundo, y mucho más importante, porque me habéis pillado.

La primera pregunta que tendréis, ahora mismo, es si yo maté a Ramiro Rey. Pues… SÍ . Joder, y tanto que sí. Un sí como un piano. ¿Me arrepiento? NO . ¿Soy un asesino? NO . Bueno, esto último… no del todo.

Vale, es cierto que volvería a hacerlo y que no sólo lo maté, es que me recreé. Me colé en Cala Asterpot, me metí en la zona de la piscina, esperé a que estuviera solo y con el cable de acero lo estrangulé disfrutando de cómo se moría.

Pero, como imaginaréis, necesitaba un chivo expiatorio.

¿Quién mejor que el hijito de Ramiro? Él me quitó a mi padre y yo le quito a su hijo.

Es justo, ¿no? Bueno, también le quité a su mujer, pero esa es otra historia…

¡Aunque también justificada, ¿eh?! Luego os lo cuento.

La cuestión es que yo había descubierto lo de Antón y la Fariña un día que lo seguí, pero no podía desvelar lo del túnel.

Yo fui quien se encargó de la investigación, si llego a desvelar lo del túnel, igual los narcos iban a por mí…

Aunque, visto lo visto, no me ha salido muy bien.

En fin, volvamos a lo más importante: Ramiro Rey era un hijo de puta que me lo quitó todo.

Para entender esto tengo que irme muchos años atrás, cuando ya era policía, tenía mi plaza en Vigo…

En fin, esas cosas. Ya os he explicado que empecé a tirar de hilos y buscar conexiones. Las encontré en Santiago Marín.

¿Qué conecta al nuevo héroe de la policía de Vigo, pieza clave en la resolución del caso Verné Dupont, con Ramiro Rey?

Bueeeeeeno, tomémonos nuestro tiempo. Saboreemos este momento juntos.

Al fin y al cabo, habéis llegado hasta aquí, ¿no?

Y, además, me encanta desmontar héroes. No hay nada como ver a alguien subir muy alto…

y escoger un sitio privilegiado para ver el hostión de la caída.

Esta parte de la historia, de mi historia, es más fácil de lo que os imagináis: empecemos por el día que descubrí que Ramiro Rey fue el que llevó a mi padre a esa locura que acabó con toda mi familia muert…

Un momento, un momento… Pensé que estábamos solos…

No, mi mujer no puede ser, no huele como ella.

Joder, menudo sentido arácnido de mierda: reconocer a la gente por cómo huele.

Esto de estar comatoso potencia los sentidos que no veas.

Bueno, el tacto no. Y la vista tampoco… ¡Da igual!

Manda cojones que esté así después de haber sobrevivido al hijo de puta de mi padre.

O sea, esquivo un balazo en la cabeza, me lo como en la espalda, aguanto de puro milagro para que Elena Otero intente matarme en mi casa, vuelvo a sobrevivir…

¿Y ahora estoy en un hospital cagándome de miedo en la oscuridad? El coquito humano es fascinante.

¡Que sí, coño! ¡Que ya estoy intentando saber quién cojones puede ser! No, obviamente no es un médico ni una enfermera. Pero entonces ¿por qué está a mi lado, mirándome? Me está dando un mal rollo que te cagas. Un momento, espera. Se ha movido… ¡Se ha movido! ¿Dónde vas? ¿ DÓNDE COÑO VAS ?

¡Esperad, esperad! Está haciendo algo. Lo oigo, pero ¿el qué?

Es ruido como de ropa. ¡Una cremallera! ¡Ha bajado una cremallera!

Clarísimo. Joder, espero que no pase como al principio de Kill Bill , con Uma Thurman y el camionero…

Ahora está tocando algo. Noto cierta tirantez en la vía que tengo enganchada en el dorso de la mano.

Un momento… No… No hagas eso, hijo de puta. No, por favor… Que no sea lo que estoy pensando. Necesito conocer a mi hija. Necesito ponerle cara a Antía.

No me jodas. Me cuesta respirar. No me llega el aire.

Me arde el pecho. No, no, no… Ahora no. ¡ AHORA NO ! No quiero morirme, por favor. No quiero morirme sin verle la cara. Necesito escuchar cómo me llama, cómo me reclama en plena noche. «Paaapi». Necesito demostrarme que soy mejor persona de lo que fue el cabronazo de mi padre.

No me quiero morir… Por favor, seas quien seas, no me mates…

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A LFREDO O TERO

No sé por qué, pero de pronto me he quedado callado.

Y ya sabéis que es algo que me cuesta. ¿Por dónde iba?

¡Ah, sí! La revelación de aquel sintecho me había dejado boquiabierto.

¿De verdad? ¿Teo?, ¿el amante de Cora?, ¿el investigador de asesinato…

detrás del propio ase sinato? Es viable, claro.

Pero ¿por qué? Doy por hecho que los moti vos de Teo Costas estarán en alguna parte, y no me equivoco. Lo descubro absolutamente todo.

Sí, por supuesto que acudo a la policía…

, aunque con peros. No lo hago inmediatamente después de aquella revelación.

Si os estáis preguntando por qué, basta con que recordéis que todo esto se basa en dos cosas: demostrar la inocencia de Antón y escribir una novela.

Si acudía a la policía, quería hacerlo con algo más que un simple testimonio.

Ya se lo había dicho a Antón cuando hablamos en A Lama: «Confianza tengo, pruebas no».

Así que sí, necesitaba pruebas. Si las encontraba, también tendría la capacidad para dotar a mi obra de un final apoteósico, algo orgánico, de desarrollo y coherencia naturales con esta historia dantesca que había convertido a un jubilado vigués en un investigador.

De regreso a casa, telefoneo a María José y, esta vez sí, desembucho todo.

Desde que tengo los interrogatorios hasta la petición desesperada de Cora.

Lo hago aguantando las lágrimas de vergüenza, como un niño que confiesa la travesura ante sus padres.

Me disculpo por la última conversación que habíamos tenido cuando iba de camino a Oporto.

Obviamente, insisto y reinsisto en que la novela es algo real.

Incluso le explico cómo había afrontado el desarrollo de los perso najes basándome en los interrogatorios para crear protagonistas re dondos, profundos y tridimensionales.

Es decir: con motivaciones, contradicciones y una voz única (al menos, así lo explica Stephen King en Mientras escribo ).

Desde luego, no suaviza la tremebunda bronca que me llevo.

Eso sí, como creo que ya vais conociendo a María José, no pierde la condición de madre ni para reñirme.

Curiosamente, en ese momento pienso en Marta y Elena y las miradas cómplices que intercambiábamos cuando mi mujer las reñía y yo estaba presente, pensando que sí, que la disciplina es necesaria…

, pero que igual tampoco tanto, ¿no? Debilidad por mis niñas. Si sois padres, me entenderéis.

Cuando María José termina el rapapolvo, no me sale más que la palabra «perdón».

La repito varias veces, pero a partir de la tercera ya no la siento.

La conversación con María José me ha recordado que me había pasado el teléfono de Begoña.

¿No había dicho en el hospital que Teo iba a una casa por Salvaterra do Miño para concentrarse en el caso? ¿Y si guardaba todo ahí?

—Espero que te comportes acorde a tu edad, Alfredo.

—Sí, cariño. Perdón otra vez… Llegaré en nada. —No. Obviamente no tengo ni idea de qué había dicho en el último minuto. ¿Hasta ese nivel de locura me está llevando mi obsesión por resolver el caso… y la novela?

No tengo más que esperar a mi siguiente pensamiento para confir marlo. Durante una fracción de segundo, la duda sobrevuela por mi mente: ¿me cuelo en aquella casa de Salvaterra do Miño… o llamo a Begoña? El simple hecho de planteármelo me da escalofríos. Pero ¿en quién me estoy convirtiendo?

Aún con el ruido mental asolándome, llamo a Begoña cogiendo el volante con una mano y el móvil con la otra.

Me presento y le dig o que estoy cerca de Salvaterra do Miño (mentira, porque está a casi una hora) y que si, por casualidad, la pillo en la casa porque tengo interés en ver qué había investigado Teo tal y como me había ofrecido.

Esta vez no me sacude ese clamor al cielo pidiendo que la pista no fuese nada, igual que cuando entré en Oporto.

Ahora lo necesito. Necesito resolverlo como el respirar.

Estoy tan cerca de la verdad que me quema.

La voz de Begoña retumba por el coche como un eco, la mía lo hace por dentro de la cabeza, recordándome que me he planteado incluso asaltar una vivienda…

, y yo, mientras, rezo para poder entrar en la guarida del mal de Teo Costas.

Dios debe escuchar mis plegarias por no convertirme en un infame porque la mujer del asesino de Ramiro (como comprenderéis, y tras las últimas revelaciones, omito la presunción) se ofrece a hacerme de Virgilio por aquel escenario que yo ya imaginaba como el primer anillo del séptimo círculo del infierno.

Me envía la ubi ca ción y me dice que sale de Vigo en cuanto se ponga «unas mallas cómodas».

Tal vez os parezca una persona horrible, pero ni siquiera hago amago de mencionar su condición de embarazada como una excusa para que no se desplace hasta allí.

Es más, aliento su viaje con un cebo: «Tal vez allí encontremos la respuesta de quién ha atacado a Teo», le digo.

Pero no. No espero encontrar eso, sino los motivos por los que Teo Costas ha matado a mi mejor amigo.

Espero encontrar la forma de culpar del crimen a un verdadero asesino, por muy moribundo que esté, y la forma de liberar a Antón Rey.