Nudos de sal Capítulo 32
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Capítulo 32

T EO C OSTAS

Sí, mi padre mató a mi madre y a mi hermana.

De ahí lo que me costó decidirme a formar una familia.

Llevaba un tiempo raro de cojones, eso es cierto, pero con nueve años no entiendes qué pasa en la cabeza de un adulto.

Mi padre no estaba loco, estaba desesperado.

Y nadie lo ayudó. Porque, en esta sociedad enferma en la que vivimos, los amigos están mientras las cosas van bien.

Mis padres recibían muchas vi sitas cuando estaban montaditos en la peseta.

Con su pisazo, su cocha zo, su casita de verano, su finquita para el fin de semana…

Pero, cuan do toda esa pasta se esfumó, a casa no vino ni Cristo.

Ahora hago memoria, dentro de mis posibilidades, y me doy cuenta de que mi padre fue cayendo poco a poco en el pozo.

Yo sólo tengo algún que otro flash: dejó de venir a mis partidos de fútbol sala, no respondía a los cariños de mi madre, se encerraba más en su despacho, algún día vino borracho y mi madre se cabreó con él, vendió el piso de Baiona (justo enfrente de la Palma, la mejor zona de la villa).

La verdad es que la escena de los asesinatos fue una macarrada. Digna del capítulo de novela de algún tarado. Ya os he dicho que mi padre mató a mi madre, a mi hermana y después se enchufó un tiro. Pero ¿os he dicho cuándo ocurrió?

No sé muy bien por qué os estoy contando todas mis mierdas.

Supongo que cuando estás a punto de morir necesitas desahogarte.

En eso consiste el cristianismo, ¿no? Pecas como un cabrón y, justo antes de diñarla, te arrepientes y ya está.

Tanto colegio católico para que la vida me convierta en un ateo de manual.

Día 6 de enero de 1999. Sí, el puto día de Reyes.

Un balazo por cada rey mago. Mi hermana y yo nos levantamos muy pronto, como cualquier criajo emocionado por los regalos.

Vamos corriendo al salón… y nos encontramos la nada.

Ni un paquete. Bueno, sí, el «paquete» de tener a mamá sentada en el sillón mareando un café con gesto amargado.

La cara de mi hermana es un poema. Supongo que la mía no sería muy diferente.

Detrás de nosotros, brota mi padre con unas ojeras que me hacen dudar si es él o un mapache hormonado.

Literalmente, huelo su resaca. Imita una sonrisa y nos dice algo así como: «Niños, creo que este año los Reyes Magos han ido a la casa de Meder…

¿Qué os parece si nos dejamos caer por allí?

», y sonríe. Eso me sigue jodiendo. El muy cabrón sonríe pese a tenerlo todo pensado.

Mi madre quita la vista del café. Tiene los ojos hinchadísimos, imagino que de llorar.

A veces la escuchaba, pero esa noche yo había dormido como un tronco, y ella sonríe, así que entiendo que todo va bien.

Nos vestimos todos y nos largamos a Meder. El viaje fue de lo más normal.

Villa Ledicia estaba bastante escondida, así que no necesitaba una verja de acceso.

Imaginaos una casita de una sola planta, metida en mitad de un bosque.

Mi padre bajó rápidamente del coche, justificándose en que iba a ver si ya habían pasado los Reyes.

Yo sabía quiénes eran, pero mi hermana no.

Cuando entramos, mi madre fue directa a encender la chimenea y nosotros nos sentamos en el sofá que había enfrente.

No pasaron dos minutos hasta que mi padre me llamó para que me acercase a la puerta de nuestro cuarto.

Cuando la abrí, ambas camas estaban llenas de regalos.

No he visto tantos en mi vida. Una cosa acojonante.

Me acuerdo de que me ilusioné muchísimo y sonreí a mi padre.

Él estaba en mitad de la habitación, mirándome con una expresión que a día de hoy soy incapaz de descifrar.

Era algo así como si a una mierda le dibujas una sonrisa.

Era falso, pero a la vez se esforzaba excesivamente en parecer real.

Algo muy turbio y muy raro. Pero, aun así, sonreí.

Y mucho, creo que la sonrisa me llegaba a las orejas…

, y no debió ser suficiente para ese mamón.

Me dijo que tenía que ejercer de hermano mayor porque él iba a acabar de prepararlo todo.

Entretuve a Ana con canciones, un par de juegos…

Recuerdo que reía. Y reía de verdad. No como esos dos falsos que tuve por padres.

Uno un asesino cabrón, la otra una zorra cobarde que aparentaba mucho y luego…

Fue la última vez que vi y escuché a mi hermana reír.

Mientras hablábamos, mi madre echaba leños en la chimenea.

Hacía tanto frío que salía vaho cada vez que abríamos la boca, pero Ana y yo estábamos disfrutando tanto que ni lo sentíamos.

Después llegó el momentazo: papá salió de nuestro cuarto con las manos a la espalda.

Supuestamente, llevaba un regalo especial para nosotros…

Joder si lo era. Fuegos artificiales. ¿Y sabéis qué?

Ese cabronazo seguía sonriendo. El resto ya os lo he contado.

Dos tiros acertados, uno erróneo y otra vez uno acertado para volarse la puta cabeza.

¿Cómo se puede ser tan cabrón de comprar regalos a tus hijos, ver la cara de ilusión de uno de ellos y aun así pegarles un tiro?

Me hice esa pregunta muchísimo tiempo… y la entendí perfectamente, pero me hicieron falta años y, sobre todo, una enfermiza necesidad de venganza.

Esto último fue lo que me llevó mucho después a La Gaceta de Vigo .

Concerté una cita con la excusa de escribir un libro y me dejaron bucear en la hemeroteca. Me llevé todo impreso.

Empecé a refugiarme en Villa Ledicia buscando atar cabos.

Re pasé artículos de periódico una y otra vez.

Subrayé lo poco que ponía, porque la prensa de antes no era como la de ahora.

Además, lo que hizo mi padre fue digno de un monstruo, pero no importó tanto.

En la sociedad «maravillosa» en la que vivimos hay ciudadanos de primera, de segunda, de tercera…

Lo mismo pasa con los crímenes: hay crímenes de primera, de segunda…

Y el de mi hermana y mi madre, desgraciadamente para mí, fue de tercera.

Mi padre ya no tenía el peso que tenía antes en la alta sociedad viguesa, así que la brutalidad de sus actos se recogió como un suceso más de los cientos que pasan a diario.

Hubo dos cosas que me llamaron particularmente la atención: el primero fue la falta de información, el segundo fue… la falta de información.

Me hice policía porque quería saber más sobre por qué el cabrón de mi padre se comportó así. Tenía claro que había hilos que sólo podía rozar desde dentro. Ya en el cuerpo, comprendí cómo se movían ciertas cosas y en qué círculos se trazaban.

No soy gilipollas. Papaíto cagaba pasta.

Y la pasta suele oler peor que un muerto, así que atrae buitres.

Imaginad que uno de esos buitres se acerca más de la cuenta y sus intenciones no son buenas…

E imaginad, por un momento, que luego ese buitre poderoso no sólo jode a mi padre, sino que también tiene poder como para taparlo.

Lo que no imaginaba yo era que en el centro de toda esa mierda iba a estar alguien a quien la prensa había idolatrado durante este último año. ¿Os suena ese policía tan famoso que resolvió el caso Verné Dupont, un tal Santiago Marín?