Nudos de sal Capítulo 33
67%

Capítulo 33

A LFREDO O TERO

Al principio pienso que el mendigo señala al policía ese tan borde que nos atendió a María José y a mí cuando fuimos a comisaría, Nosequé Marín. Luego me fijo con más detalle… y no. Para nada. No es a él ni tampoco a Antón Rey: señala a Teo Costas, pero ¿por qué?

Invito a sentarse a aquel hombre e intento repetir la «técnica de interrogatorio», por llamarla de alguna manera, que he usado con el dueño de la ferretería. Es decir, traducción simultánea. Activo la app del móvil y me pongo a ello.

—¿De qué lo conoces? —Señalo el periódico y claramente a Teo Costas.

—Amigo. Meu amigo. —Para eso no necesito traducción…, aunque sí para lo siguiente—. Ele veio aqui e me deu dinheiro, roupa e comida em troca de um favor.

—Dinero, ropa y comida a cambio de un favor. ¿Qué favor? —El traductor hace su función con voz metálica y femenina.

Me dice que no lo recuerda bien. Lo hace con los ojos vidriosos, enmarcados en dos cejas salvajes y simiescas, fijos en el decadente trocito de bizcocho reseco que me han puesto en un platito diminuto de porcelana blanca.

Se lo acerco, empujándolo con el índice.

Le pregunto si tiene hambre…, y la respuesta es igual de afirmativa.

Opto por ganármelo pidiéndole a ese camarero tan simpático un arroz caldoso y una francesinha , un plato típico de la cocina portuguesa consistente en una rebanada de pan de molde tostada cubierta de embutidos y carnes como mortadela, jamón cocido, ternera, cerdo, y a la que por encima se le pone queso y salsa picante para luego añadir un huevo frito.

La primera vez que lo probé di por hecho que le pusie ron francesinha porque el término «tapón de arterias» era excesiva mente largo y mucho menos comercial.

Pese a ello, la devora. No, mejor dicho, la engulle como un pato.

Creo que algunos trozos ni los mastica y pasan directamente por la garganta.

El camarero, que se acerca de vez en cuando, me sonríe con mirada cómplice y me hace gestos llevándose el pulgar extendido a la boca preguntándome sin palabras si quiero algo de beber.

El mendigo alza la vista y sonriéndome con una boca llena de huecos y piezas aisladas y amarillas pregunta: «¿Coca- Cola?

». Asiento, devolviéndole el gesto afable, y se la pido a mi nuevo amigo hostelero, que la trae raudo.

El hombre la bebe de un único trago. Uno sólo.

Nunca he contemplado semejante avidez. Pide otra, con total libertad y obviando quién paga aquello que para él es un manjar.

El camarero sí espera mi confirmación para servirla.

Esta la bebe más despacio y continúa comiendo.

Se deja una parte y pide que la pongan para llevar.

Mientras recoge los platos, yo decido abordar la pregunta que me tiene allí, anclado a una silla incómoda y metálica que me succiona parte de las posaderas y que, a buen seguro, va a dejarme un tatuaje bastante desagradable.

—¿Qué favor le pidió él? —El traductor del móvil habla en portugués mientras yo señalo con el dedo la cara de Teo Costas en la portada de La Gaceta de Vigo .

—Comprar…

El eco de su voz queda flotando, como si mi oído la escuchase provenir de un horizonte lejano.

Cada palabra está envuelta en una niebla densa que enturbia una verdad antes oculta y ahora revelada por una terrorífica asociación de ideas.

Yo ya sé de qué me suena el chándal que lleva el mendigo, yo ya sé qué le había pedido Teo Costas a ese hombre.

No puede ser.

Lo verbalizo con la voz vibrante, temblorosa por la emoción y el miedo.

Creyendo que así la realidad va a dolerme menos…

Pero no. No lo hace. El golpe es tan tremendo que siento ganas de vomitar.

El policía encargado de investigar el caso, el amante de Cora, el hombre golpeado en la cabeza en su propia casa, la persona encargada de descubrir quién había matado a mi mejor amigo es en realidad su asesino.

—Teo Costas te pidió que te vistieras con esa ropa, entrases en esa ferretería y compraras un cable de acero…