Nudos de sal Capítulo 31 #3
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Capítulo 31 #3

Lo sigo hasta una pequeña salita a la izquierda de la parte trasera del mostrador.

Tiene un portátil conectado a la corriente.

La pantalla se parte en cuatro planos, los correspondientes a los que ofrecen las cámaras de vigilancia que enfocan los rincones de la tienda, ahora completamente desangelada.

La mesa, además del ordenador, tiene libros, facturas, bolígrafos y una taza blanca con el escudo del Oporto y restos negruzcos de café.

Colgado de la pared que hay detrás, algo descorchada y con humedad por el techo, pende torcido un banderín con el emblema del club, la fecha 1893, que identifico como el año de la fundación, y el lema MAGICO PORTO.

É O CORAÇÃO . Pienso en hacer una nueva referencia futbolística, pero quiero evitar distracciones y que me enseñe el vídeo lo más rápido posible.

El dueño de la ferretería le da al Play. La grabación es bastante nítida, aunque seguramente haciendo zoom se forme «ruido», el término más habitual para designar esa especie de cortinilla granulada cuando los megapíxeles no dan más de sí.

Un hombre con una altura similar a la de Antón Rey camina por los pasillos hasta que da con un enorme rollo de cable metálico.

Lo coge, sin dudar ni un segundo, y se dirige al mostrador.

Un hombre con andares similares a los de Antón Rey saca dinero del bolsillo, en efectivo, y se lo da al mismo tipo que ahora está detrás de mí, viendo cómo me inclino hacia la pantalla tratando de distinguir algo que me permita ver una trampa.

Un hombre con las manos similares a las de Antón Rey, mismo reloj en la muñeca izquierda, misma pulsera con la bandera gallega en la derecha, coge el pomo de la puerta y abandona la ferretería.

En total unos sesenta y cinco segundos de vídeo que veo dos veces sin preguntar y que me confirman la horrible certeza: la prueba contra Antón Rey es completamente sólida.

Es él. Es Antón. Había comprado el cable.

El dueño debe ver mi cara de decepción porque señala mi móvil.

— Espanhol.

Desbloqueo el teléfono con el reconocimiento facial, pulso el traductor y enfoco el micrófono hacia él. Habla y la voz femenina de un robot traduce en perfecto castellano.

—Ya le dije que había hablado con la policía. Un hombre vino y me dijo: «¿A que fue este hombre quien le compró el cable de acero?». Me señaló a ese chico en la foto y le dije que sí.

Frunzo el ceño. Me sorprende la manera de formular la pregunta… Es una interrogativa, sí, pero indirecta y retórica. Es decir, pone el énfasis en confirmar la suposición… ¿O estoy viendo fantasmas donde no los hay?

—¿Quién vino a hablar con usted, un policía?

—¿Costas? Não me lembro do nome…

—Teo. Teo Costas.

—Ese. Veio e mostroume a foto do menino.

—¿Y está seguro de que era él?

Asiente dos veces. Y, en cada subida y bajada de cabeza, los cimientos que sostienen mi convicción en la inocencia de Antón Rey van desmoronándose.

Entonces ¿fue él quien llamó a Raúl? Desde luego, su hermana había dicho que lo conocía…

¿Se aprovechó de ello? Pero ¿para qué?, ¿qué buscaba?

Por lo que había leído, no era difícil ocultar un rastro de forma básica, pero, aunque no soy un zoquete informático, esos detalles son demasiado técnicos para mí.

Y sigo sin verle el sentido a ese movimiento. ¿La intención era el testamento?

Abandono la ferretería profundamente abatido.

Estaba convencido de que allí, si conseguía ver el vídeo, podría encontrar algo.

Sabía, o creía saber, mejor dicho, que hablar con ese hombre me revelaría una verdad que aún me era desconocida.

Y nada. La única imagen es Antón seleccionando, comprando y marchándose con el cable de acero con el que mat…

Me duele decirlo, pero la prueba parece tan clara…

No me queda nada por hacer allí…, aunque, sinceramente, ahora no me apetece volver a casa.

Es curioso como una sensación puede pasar de un extremo a otro en cuestión de minutos.

Había deseado equivocarme, que la pista no condujese a nada para parar…

y, sin embargo, una vez concedido mi deseo, siento una tristeza plomiza que deriva de la incapacidad para resolver algo que me ha obsesionado.

Una obsesión que, por cierto, tengo que reconocer ante mi mujer y que acarreará una discusión.

Las patas de ese tripartito me destrozan.

Afligido, camino hacia la praça D. Filipa de Lencastre, donde me dejo caer pesadamente en la silla metálica de una terraza esquinera.

El camarero, un latino alto y con un ridículo bigotito, sale a tomar me nota con las manos a la espalda.

Pido un café solo. Bien cargado. Me espera un regreso largo, sobre todo mentalmente.

Lo único positivo es que le había dicho a Cora que aquello no iba a acabar en nada y ahora no tenía que desmentirlo.

Sorbo el café y me abraso la lengua, aunque tampoco me viene mal para sacarme del trance pesimista y, no os enfadéis por decirlo, algo gallego en el que he entrado.

Una vez había escuchado al gran Pérez Reverte explicar que, cuando estaba en algún sitio esperando, se fijaba en la gente.

Yo lo intento, por eso de ser también novelista y tal…

Aguanto unos minutos. Tiempo más que suficiente para ver pasar el tranvía, contemplar un sinfín de coches entrando en los túneles, analizar a un grupito de turistas perdidos, a una pareja asiática mirando un mapa y señalando en el móvil, al mendigo que antes me había pedido dinero deambular por las mesas de la acera contraria…

Harto de observar, pregunto al camarero en un perfecto portugués:

—Periódico. La Gaceta de Vigo. ¿Tiene?

Gracias a mi portugués nativo, el camarero sonríe (con evidente simpatía, no burlándose de mí…, creo) y en unos segundos me trae el diario. Sí, el mismo que he comprado antes en la gasolinera y me he dejado en el coche. No es mi día.

Lo despliego buscando las páginas interiores sobre el Celta de Vigo.

Ni me apetece leer los datos sobre el ataque a Teo Costas que conozco de sobra.

Voy pasando páginas, atravesando la política nacional, internacional, local…

Después paso por una sección sobre las zonas cercanas a Vigo como Baiona, Nigrán, Gondomar…

Me detengo un rato a hojear: un escritor de Baiona publica su cuarta novela, un incidente en un local nocturno de Nigrán…

Nada reseñable pero todo interesante. Llego a los deportes, al nuevo e ilusionante fichaje de un Celta de Europa…

Estoy enfrascado en la lectura cuando el mendigo que me había pedido dinero y que había visto caminando por la acera de enfrente se acerca hasta mi mesa.

—Comer. Comer. Comer —repite juntando los cuatro dedos con el pulgar y llevándoselo cerca de la boca en un inconfundible gesto universal.

—No, no tengo nada. No tengo nada. —Cuando algo es verdad, parece que hay que repetirlo dos veces.

—¡Ah! Amigo, amigo. ¡ Meu amigo!

—Que no. Ni amigo ni nada. No tengo nada.

—¡Amigo, amigo! —Me doy cuenta de que no me señala a mí. Sino al periódico. Y además de forma perseverante. ¿Qué señala?, ¿la portada con la foto de Antón?

Cierro el diario y lo dejo sobre la mesa. Supongo que conocería a Antón de algún otro periódico. El caso había llegado a Portugal, me lo había dicho un amigo fodechincho que el año pasado se había dejado caer por Vilanova de Cerveira.

El mendigo apunta insistentemente a alguien que sale en la foto de la detención de Antón. Hay por lo menos cinco personas. El hijo de Ramiro, Teo Costas, el policía ese, Marín y otros dos tipos que no conozco. Pienso que señala a Antón, pero… No. No puede ser.

Está golpeando con el dedo a…

¡No! Eso no puede ser.

¡ NO !