Nudos de sal Capítulo 31 #2
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Capítulo 31 #2

Hacía días que no llamaba a mis hijas simplemente para preguntarles cómo estaban.

Mi comunicación con María José era cada vez más escueta.

Sólo hablaba de Cora, del caso… Sólo pensaba en los interrogatorios de Teo Costas.

Y sólo le daba vueltas una y otra vez a la idea de que había algo que se me escapaba.

El problema era que ahora me sentía tan cerca de la verdad que no podía soltarla.

No podía hacerlo ni aunque quisiera porque dependía de ello.

Si hasta me había dado igual el plan de pizza y película.

Yo mismo noté la revelación. Un golpe en el estómago, una bofetada de realidad, un seísmo en mi propia introspección.

Dependía de ello porque necesitaba sentirme útil.

Porque con sesenta y ocho años, mi necesidad de demostrar que todavía podía ofrecer algo estaba imponiéndose a mis propios valores.

Sentí unas asfixiantes ganas de llorar. Una congoja atascada en mitad de la garganta que ascendió hasta que el labio inferior empezó a temblar.

—Te lo explicaré al volver, María José. Lo prometo. No volveré tarde. —El sofisma, descarado, brotó con sorprendente naturalidad de mis labios. ¿No era yo el que siempre iba con la verdad por delante?—. Te quiero.

No le di tiempo a responder. Me cayeron dos lagrimones de puro dolor.

Un dolor que fue transformándose en rabia.

¿Por qué Cora me había pedido eso? ¿Por qué Ramiro me había ocultado durante tantísimos años de dónde venía el dinero?

Por qué, por qué y más por qué, como tapadera a la verdadera pregunta: ¿por qué necesitaba aceptar esto?

Con el horrible pensamiento de inutilidad terminé el atasco en el que estaba metido y fui desviándome entre las calles hasta el Cristal Park, un aparcamiento que conocía de otros viajes en la rúa Dom Manuel II, muy cerca del Museo Nacional Soares dos Reis y del Hospital de Santo Antonio.

Las calles portuenses me han recibido con la luz celestial de un cielo pulcro, impoluto en su azul.

El sol cae sobre la fachada del Museo Nacional Soares dos Reis, justo enfrente de mí.

El año pasado hicimos un viaje veraniego exprés y familiar.

Aprovechamos para ver la exposición por los ciento noventa años que cumplía el museo y yo, como meticuloso preparador de viajes, me preocupé en explicarles a las niñas que originariamente aquel edificio había sido la casa de acogida de los Hermanos de la Santa Misericordia y que fue construido a lo largo del siglo XIX .

La fachada combina el estilo neoclásico, con simetría, orden y equilibrio, que se aúnan a la robustez y verticalidad que le proporcionan las columnas y pilastras.

Las ventanas son de arco, y la puerta principal, de un potente y llamativo rojo con el nombre del museo en letras doradas, igual que las orondas tachuelas que la decoran escalando por los bordes de la madera.

No. No es que sepa de arte. Es que había encontrado un pódcast sobre Oporto.

Me he recreado por un momento recordando el fantástico viaje familiar y cómo había ido perdiéndome por la incapacidad para asumir mi edad.

De nuevo aquella congoja, aquel malestar oprimiéndome el pecho…

Será mejor que termine pronto y regrese a casa.

Por un momento, por una única vez, he deseado que esa pista no condujese a nada.

Sé que si encuentro algo seré absolutamente incapaz de parar… , como hasta ahora.

Abrumado por la necesidad de resolver aquello cuanto antes, he hecho dos cosas: la primera enviarle un mensaje a María José con tres escuetas palabras: «Perdóname.

Te quiero» (obvié el teléfono de Begoña Alonso que me había enviado).

La segunda buscar en Google, el santo más rezado, información sobre el crimen de Antón Rey.

Nece sito el nombre de la ferretería para acercarme hasta ella.

Alguna entrevista, algún vídeo… He encontrado un reportaje donde hablaba el dueño de la ferretería, un hombre mayor, con barba rala, pelo plateado, similar al de un puercoespín, que envejecía aún más el rostro con unas gafas de montura fina y dorada que se colocaba a la mitad del puente de la nariz como un anciano.

El tipo, identificado en un rótulo a la izquierda de la pantalla con letras naranjas como José Sosa, aparecía en un plano medio y vestido con un mono azul.

La luz era tenue, dándole a la imagen la intención de transmitir un aire de mis terio.

Alternaban su plano con otros de la ferretería por dentro y, por fin, el exterior.

He hecho una captura de pantalla, he buscado el nombre en otra pestaña de Google y he comprobado la dirección en el mapa del teléfono.

Sólo quince minutos caminando me separan de ella.

Emprendo el trayecto pasando por delante de la iglesia de los Carmelitas y de la Igleja do Carmo, uno de los símbolos turísticos de la ciudad por su arquitectura barroca y, sobre todo, por su imponente fachada lateral con un gran mural de azulejos blancos y azules que representaba la imposición del escapulario en el Monte Carmelo.

Gracias al último viaje familiar, he ubicado cerca la Livrería Lello .

Mundialmente conocida por el bulo de que allí se rodó una escena de la segunda película de Harry Potter .

De hecho, fue mi propia hija quien me sacó del error y me aseguró que J.

K. Rowling, autora de los best sellers, incluso había desmentido el haberse inspirado en la librería portuense.

Ya había estado varias veces en Oporto. Una de ellas, a solas con María José, cuando decidimos cruzar el puente de don Luis I para ir a una de las muchísimas bodegas de Vila Nova de Gaia tras comer hasta reventar en un restaurante ya cerrado que se llamaba Ora Viva.

Sí, Oporto… es Oporto. Abrumado por la magnificencia de la ciudad, me siento el escritor Andrea Tabucchi, enamorado de Portugal, y deseo encontrarme con Pereira, su periodista y protagonista de una de las novelas que más me han gustado en mi vida.

Los lusos, una vez más, empeñados en conquistarme… Ahí está en realidad mi top uno.

Atravieso la praça D. Filipa de Lencastre donde un mendigo vestido íntegramente con un chándal de color rojo me pide una moneda desde el suelo.

Le echo un euro en el vasito plástico que tiene delante y continúo caminando para girar a la derecha y entrar en la ferretería.

La reviste una pared de ladrillo verde, un cartelón amarillo y una puerta roja.

El hombre del reportaje atiende a una mujer que está terminando de pagar.

Aparte de ella, estamos solos. Me acerco al mostrador, un mueble de madera oscura con dos vidrieras por debajo.

Tras él hay tres enormes estanterías llenas de clavos, cachivaches y otros elemen tos de ferretería que desconozco.

Las chapuzas y yo nunca nos hemos llevado muy bien.

— Bom día, em qué posso ajudálo?

Mi portugués es inexistente. Me salva entender el gallego, pero eso no va a permitirme mantener una conversación fluida.

Cojo el teléfo no, abro la app del traductor, vuelvo a agradecer mentalmente a los santos creadores de la tecnología y dicto la frase al micrófono: «Soy amigo de Antón Rey.

Creo que vino a comprar a su tienda». Cuando menciono al hijo de Ramiro, su cara se contrae con desagrado incluso antes de escuchar la traducción por voz de mi dispositivo. El teléfono habla y el tipo replica:

— Jà contei à polícia tudo o que tinha que dizer —« Ya le dije a la policía todo lo que tenía que decirle», dice el móvil con una robótica voz femenina.

—Lo entiendo. Yo no soy policía. Soy amigo de Ramiro, la víctima. —Mientras dicto tengo que hacer verdaderos esfuerzos para no gritar. Ese españolismo tan común que relaciona berrear con hacerse entender—. Sólo quiero ver la grabación de aquel día. Y preguntarle sobre la actitud de Antón Rey.

— Tenho muito trabalho. Saia, por favor.

Miro a ambos lados. Después a él. Luego sonrío. La tienda es un páramo. No. No tiene mucho trabajo. Lo analizo detenidamente: un reloj con la correa de cuero muy desgastada, las gafas idénticas a las del vídeo, el mono viejo, sin identificación ninguna…, y el anillo en el dedo anular.

—¿Tiene hijos? —digo al teléfono, pero sin dejar de mirarlo. Intento sonreír con cercanía, pero estoy nervioso. No sé si distingue esa cercanía o le resulta perturbador.

Se lo piensa. Sopesándome, examinándome… Supongo que es normal teniendo en cuenta que mi carta de presentación es venir a hablar sobre un asesino (al menos, eso es lo que ha dicho la Justicia). Tras esos segundos, parece que entiende el significado de mi sonrisa cercana y habla.

— Tres filhos … —revela.

—Dos niñas. —Levanto el índice y el corazón haciendo el número en el aire—.

Lo más importante de mi vida. Supongo que para usted también lo son los suyos.

Y perdone el tono robótico de este cacharro.

—Agito el móvil—. Me encantaría que sonase mejor.

Le estoy contando todo esto porque hay una madre, mi amiga, que está segura de que su hijo no mató a nadie.

De que lo han encarcelado siendo inocente. Sólo quiero su ayuda para ayudarla.

Un silencio denso toma la ferretería. Le aguanto la mirada mientras mi móvil habla.

Dos icebergs tras una cortina de vidrio.

Suspira y mira por encima de mi hombro, comprobando si hay alguien en la tienda o esperando para entrar.

Sale del mostrador con paso decidido, camina unos metros, cierra la puerta con llave y le da la vuelta al cartel que reza FECHADO.

—Vou mostrar para você só uma vez e não me pergunte de novo… — Lo dice tan rápido y de forma tan introspectiva que soy incapaz de entenderlo.

—¡Espere, espere! No entendí. Non entendo — digo en gallego, convencido de que es parecido al portugués. Menos mal que no me equivoco.

Se vuelve hacia mí, raudo y con cara de pocos amigos.

—Vídeo. Una vez. Adiós. —Dice «ves» en lugar de «vez», pero lo entiendo perfectamente.