Nudos de sal Capítulo 31
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Capítulo 31

A LFREDO O TERO

Ni siquiera recuerdo la primera vez que viajé a Oporto.

Siempre he sido más de Londres, aunque parezca pretencioso decirlo.

Sin embargo, en los últimos años he sido conquistado por esas tradiciones lusas, portuenses, para ser más específico.

Portugal es una joya. Uno de esos países con menos fama que otros europeos, pero que regala a la mayoría de los turistas la sensación de no marcharse defraudado.

Mi tía Asun, una adelantada a su tiempo por la cantidad de viajes en solitario que realizó entre sus cuarenta y sus setenta, siempre hacía su ranking de ciudades de la misma forma: «Hay una lista donde Roma es Roma.

Y luego ya puedes poner la número uno». Coincido con ella: nada es equiparable a Roma, pero el primer puesto de la clasificación por debajo de la ciudad eterna me genera un debate hasta ahora irresoluble.

Lo que nunca imaginé es que vendría a Oporto a hacer algo muchísimo más importante que simple turismo.

¿Estaban las respuestas en Cale, antiguo nombre de la ciudad?

¿Había llamado Antón a Raúl desde allí? Y, lo más importante, ¿qué unía la ferretería donde el hijo de Ramiro compró el cable de acero y la llamada telefónica?

¿Fue el propio Antón quien planeó todo para que entrasen en su casa?

¿Qué había en la carpeta morada que le exigieron a Raúl?

Demasiadas preguntas, pocas respuestas…, pero, si las había, estaban en Oporto.

Había hecho el viaje solo. A la mañana siguiente de dejar a Sonia en casa e insistirle, casi ordenarle, que no quería compañía.

Rogué a Cora que hiciera entrar en razón a su hija.

La revelación sobre Oporto le había generado un ataque de ansiedad que me obligó a parar en una gasolinera en pleno trayecto Vigo-Monteferro.

Pero no fue para comprar las pizzas o decidir qué película ver con palomitas tal y como me había propuesto cuando hablaba con Sonia.

Ojalá. Me detuve a comprar hielo para pasárselo por la nuca y disculparme con los empleados de la estación de servicio por la mancha de vómito que dejó en el suelo.

Con mi propósito de enmienda olvidado, me eché a dormir tras darle un rutinario beso a María José, que ya dormía…

y a la que olvidé decirle nada sobre Oporto. Había sido un día muy largo.

Cora logró convencerla, aunque, desde el momento en el que le vio la cara, tuve clarísimo que no la dejaría venir.

Sonia Rey era un cadáver andante pugnando contra su propio cuerpo y contra la terca e irremediable sobreprotección que brindan las madres.

No tenía nada que hacer. Se quedó en casa.

Según me reveló Cora en un mensaje, con una pastilla de lorazepam debajo de la lengua y en su cama.

Mi amiga aprovechó para enviarme un audio largo que escuché ya a la mañana siguiente, en el coche, asumiendo la imprudencia de desbloquear el teléfono y darle al Play en plena autovía.

Me preguntaba qué iba a hacer a Oporto, si tenía algo que ver con Antón y la muerte de Ramiro, porque Sonia sólo lanzaba frases inconexas.

Poco claras pero preocupantes. Confesé todo, pero aclaré que quizá la pista no sirviese de nada.

¿Lo creía? No. Tenía claro que eso llevaba a algún sitio, pero no podía soltar una certeza tan pesada a una madre desesperada por liberar a su hijo.

El trayecto entre Monteferro y Oporto es de apenas una hora y media.

Antes de llegar, paré en un área de servicio, llené el depósito y me fui dentro a pedir un café para llevar.

Apoyado en la barra, vi La Gaceta de Vigo , doblada sobre los diarios deportivos del día (dos españoles y dos portugueses).

Incumpliendo mi rutina diaria, no había comprado el periódico, pero no fue eso lo que me impulsó a ir a por él y desplegarlo.

El rostro de Teo Costas ocupaba la portada.

El intento de asesinato había llegado a la prensa.

Más teniendo en cuenta que había sido Teo quien había encarcelado a Antón Rey, hijo de una de las víctimas de la crónica negra española más importante de la historia moderna.

INTENTAN MATAR AL POLICÍA

QUE RESOLVIÓ EL CRIMEN DE RAMIRO REY

Fue atacado en su propio domicilio y se sospecha de un intento de asesinato. Permanece ingresado y en estado crítico.

Añadía la foto de la detención de Antón Rey, cuando Teo y otros agentes, entre ellos algún que otro jefazo o el tipo que nos había atendido con tanta bordería en comisaría, Nosequé Marín, se llevaban esposado al hijo de mi amigo.

Una imagen horrible, causante de todas las pesadillas de Cora.

Yo ya sabía toda la historia, así que dejé el periódico.

Luego me lo leería, pero ¿iba a encontrarlo en Oporto?

, ¿dónde? Una preocupación más a un día lleno de ellas.

Cogiendo el vaso de plástico de café bien cargado por los bordes para no quemarme, compré el ejemplar del diario en la parte de las revistas del área de servicio.

Lo doblé, me lo puse bajo el brazo y regresé a mi coche.

Antes de arrancar, busqué el número de Mónica, la exnovia de Antón, y la llamé.

Luego inicié la marcha. Me saludó con un tono cantarín, risueño.

Me alegré por ello. La recordaba con cierto cariño, algo tímida pero amable.

—Perdona que te moleste, no te voy a robar más de cinco minutos.

—No te preocupes. Dame un segundo… —Escuché un pequeño ajetreo, unos pasos y después un silencio mucho mayor. Supuse que se había metido en algún lugar más tranquilo—. Cuando quieras.

—Sólo quiero saber qué pasó aquel día en Oporto. Tengo entendido que perdiste de vista a Antón.

—Sí, cuando fue a comprar el cable.

—¿Cómo? Pero ¿eso lo sabes?

—No, no. Es lo que dicen…

—¡Ah, no, no! Olvídate de lo que dicen. Yo quiero saber qué viste tú. Es que estoy escribiendo un libro del caso. Necesito un poquito de precisión…

—Pues no recuerdo mucho, Alfredo. Sólo que estábamos juntos, lo llamaron… y desapareció.

—¿Y crees que fue a comprar el cable?

—Eso dicen.

—Mónica, de verdad, no quiero lo que dicen. Quiero lo que crees.

Tardó un poco en responder.

—No creo que Antón matase a su padre. Adoraba a Ramiro. Creo que recibió una llamada de otra persona… importante.

—¿Importante?

—De su amante, Alfredo.

La incomodidad se hizo prácticamente tangible en el habitáculo del coche, rodeándome hasta sentarse en el asiento del copiloto. Recordé esa fulminante mirada que me echó María José en el hospital por preguntarle a la mujer de Teo Costas ciertas cosas cuando su marido estaba en coma.

—Ya…

—Estoy convencida de que Antón tenía a alguien, pero no sé a quién. Y, sinceramente, ahora me da igual. Que se lo coma ella. Menuda bala esquivé con Antón. Era una persona horrible.

Colgamos con bastante educación y rapidez.

¿Por qué Antón no me había dicho lo de la amante?

¿Quizá era una simple sospecha de Mónica?

Él había hablado de una llamada de trabajo…

Esa sensación incómoda seguía instalada a mi lado.

Ya no por la sospecha de Mónica, sino por su última frase: « Antón era una persona horrible».

¿Tanto tiempo había vivido yo engañado con la perfección de la familia Rey Vilaboi?

Esa duda no debía desviarme de un dato clave: Mónica no había visto a Antón comprar el cable.

Me quedaba una media hora para llegar a la ciudad, así que apro veché para llamar a María José, la cual no sabía nada de este viaje. No iba a ser una conversación sencilla.

—Hombre, ya era hora. Además, tenía que hablar contigo… ¿No has visto el wasap?

—No, es que… Bueno, no. ¿Por qué?

—Es que ¿qué?

—¿Qué me ponías en el wasap?

—Te he mandado el número de teléfono de Begoña, la mujer de Teo Costas. Me ha dicho que la llames si quieres ver qué estaba investigando Teo… Te lo dijo en el hospital, ¿no?

—Genial, cariño. Gra…

—Porque quieres sabes qué estaba investigando Teo, ¿verdad? —me cortó.

La primera vez había sido capaz de salir de esa pregunta con evasivas, pero una segunda iba a ser complicado. Opté por la verdad.

—Sinceramente, sí.

—¿Por qué?

—Porque creo que puede ser útil para la novela, cariño. Nada más. —Mentira. Mentira y gorda.

María José guardó silencio. No fue muy largo, aunque sí lo suficiente como para demostrarme que había algo que no se estaba tragando.

—En fin, Alfredo. Tú sabrás lo que haces… ¿Te espero a cenar?

—Sí, para la cena estoy de vuelta, seguro.

—Pero ¿dónde estás? —Noté el tono preocupado. Esto iba a ir a peor.

—Camino a Oporto, cariño.

Silencio una vez más. Evidencia incontestable de los problemas que se avecinaban. Y eso que había usado tres veces el «cariño» para preparar el terreno.

—¿Cómo que camino a Oporto, Alfredo?

—Pues camino a Oporto, María José.

—¡Ah!, ¿así?, ¿sin más? ¿Sin avisarme a mí o a las niñas?

—No sabía que tuviera que pedir permiso. —Estaba actuando a la defensiva, no me estaba gustando tanto control.

—¡¿Cómo que pedir permiso?! Por Dios, Alfredo. Que tus hijas han estado amenazadas. Acaban de intentar matar a Teo Costas, tú mismo llevas año y medio diciendo que el crimen de Ramiro no fue Antón, que hay alguien detrás… Hijo, piensa un poco.

Lo peor de todo es que tenía razón.

—Bueno, pues no pensé que fuera tan importante, María José. Es como si un día normal hubiera salido temprano hacia allí.

—¿A qué vas a Oporto? —Percibí en la pregunta un deje hastiado, harto por la falta de explicaciones.

—He descubierto una cosa. Bueno, creo que la he descubierto. Podría ser importante.

—¿Descubierto algo sobre qué?

En ese momento comprendí que no tenía salida porque usar otra vez la novela no iba a colar.

La única opción que me quedaba era decir la verdad: la novela no importaba tanto como yo hacía creer.

Lo que tenía era una malsana obsesión por descubrir quién había matado a Ramiro y también una deuda por liberar a Antón.

Una deuda por a usentarme el día en el que asesinaron a mi mejor amigo. La pegajosa culpa.