Capítulo 30
T EO C OSTAS
No podía hablar. No podía moverme. No podía comunicarme. Y, lo peor de todo, no podía defenderme. Porque, si Alfredo Otero quería ir a por mí, lo único que podía hacer era rezar (y encima sin juntar las manitas como un niño bueno) para que Bego no me dejase solo.
La idea tenía bastante lógica. Si la hija de Alfredo, con la que lo vi por la calle, era mi asesina, él querría evitar que yo saliese del coma, ¿no?
Tiene sentido: la chica entra en mi casa, me atiza en la cabeza, se asusta, se lo cuenta a su padre, y este viene a terminar el trabajo para que no inculpen a su niñita.
Sólo hay un problema: no tengo ni idea de qué hacía esa chiquilla en mi casa.
Pero sería lógico que Alfredo buscase pruebas aún más contundentes contra Antón.
Así desligaría a su hija de todo. ¿Era esa su verdadera causa?
Me jodería morirme antes de descubrir todo esto. Es lo único que me jode. Bueno, y lo de no conocer a mi hija también. Pero no, no le tengo miedo a la muerte. Ella y yo somos viejos conocidos. Su presencia ha marcado mi vida.
Dejad que el abuelo Teo Cebolletas salte hasta 2004.
Yo tenía quince años y ya vivía en un centro de menores.
Afortunadamente, alejado de mis tías las locas, aunque cargando la mochila con más mierdas.
Ya sabéis que cuando uno es adolescente hace de cada problema un mundo, ¿no?
Joder, yo tenía que aguantar a los anormales de mis compañeros: «Es que mi papá…
», «Es que mi mamá…» Putos lloricas. Por lo menos tenéis padres.
Por esos comentarios entré en una espiral bastante chunga de peleas con un chaval de clase.
Un día estábamos jugando al fútbol en el patio, y la verdad es que yo era cojonudo.
A ver, no era Gustavo López, pero ya me entendéis…
El subnormal este empezó a darme patadas y patadas por detrás, yo no dije nada hasta que, en una de esas, me tiró al suelo.
En la siguiente me tomé la justicia por mi cuenta y le di tal hostia que voló muuuy alto.
Se levantó como una bala, me empujó y me hizo esa danza del pavo absurda que a veces hacen los tíos.
Ya sabéis, esa especie de pechito con pechito, cabeza con cabeza…
¡Uf, la odio! Si nos pegamos, nos pegamos.
Lo llamé hijo de puta y respondió lo único que no tenía que haber respondido: «Al menos tengo padres».
Le solté tal hostia en la boca que le rompí el labio.
Sangraba como un cerdo y, cuando intentó levantarse, le enchufé una patada en la nariz y se la partí.
«No, Teo. Las cosas no se solucionan con violencia». Nos estamos volviendo gilipollas con esas mierdas sobre el diálogo. Este imbécil compró todas las papeletas, la hostia se rifó y se la llevó en pleno morro.
Lo mejor es que una semana después, cuando me dejaron volver a clase, intentó acorralarme en el patio con dos amigos.
Ese día fui yo quien se fue con el labio partido, pero ¿sabéis qué?
Tuvo que venir la ambulancia a por él porque le pegué tal patada en los huevos con esta zurda digna de Mostovói que Dios me ha dado que desde entonces pasaron a llamarlo Carlitos Monohuevo.
Justo después de una operación cortesía de mi pie izquierdo. De nada, idiota.
Por supuesto no volvió a meterse conmigo. No sé dónde estará ahora. Igual muerto. Me ronca un huevo. La cuestión es que esa semana de expulsión me la pasé descargándome canciones ilegales con un programa de ordenador.
Estaba bajándome algunas de rap cuando caí con una que me re volvió el estómago.
Y, como sabéis, no soy flojo precisamente.
Se llamaba «Desde el otro lado», del grupo Arma Blanca.
Está dedicada a la muerte. La primera vez que la escuché casi me cago encima, pero aguantaba…
hasta que llegó el estribillo donde la parca explica a un pobre desgraciado que va a llevárselo sí o sí.
Sea o no sea injusto. Sin importarle una mierda qué le quede por hacer, a quién deje en la tierra o a quién ame.
Llevaba exactamente seis años aguantando.
SEIS PUTOS AÑOS . ¿Os dais cuenta de lo que son seis años de vuestra vida?
Ya os lo digo yo: 72 meses. 2.190 días. 52.
560 horas. 3.155.760 minutos. 189.302.400 segundos.
Todo ese tiempo pensando una y otra vez en lo mismo.
Torturándome. Dándole vueltas a si fue mi culpa.
Si yo, con nueve miserables años, podría haber hecho algo para evitar aquel horror ¿Y sabéis cuál era el peor de esos pensamientos? : «¿Por qué yo no?».
Yo era un crío que llevaba desde los nueve años pensando por qué coño no tuve la suerte de morir.
Con nueve años estás jugando al fútbol en la calle, creando historias de mierda con muñecos, soñando con marcar goles en Balaídos, empezando a leer Harry Potter , viendo Aladdín , El rey león , Hércules …
, y no corriendo ensangrentado y en zigzag entre los árboles para evitar que dos perdigones de escopeta te atraviesen la columna.
Con nueve años, mientras tú veías Xabarín Club en la gallega, luciendo orgulloso tu carnet verde, o el Club Megatrix en Antena 3, yo miraba las cabezas destrozadas de mis padres y mi hermana.
Veía los brochazos de sangre contra la pared y el techo, los putos trozos grises del cerebro como gelatina por el suelo, las astillas blancas del hueso del cráneo que había saltado por los aires.
Olía la pólvora, la carne quemada… Escuchaba la lluvia peleando contra la hierba con un repiqueteo que todavía me pone los pelos de punta.
Grabé esa imagen a fuego durante horas. Hasta que se me pasó el shock, dejé de llorar y entendí que nadie iba a venir a buscarme.
Herido, con el hombro destrozado y perdiendo sangre.
Fue la primera vez que sentí que cualquier ser humano, sea cual sea su edad, tiene instinto de supervivencia.
Los móviles estaban empezando a llegar a la vida diaria y no había teléfono fijo.
Tuve que caminar cinco kilómetros hasta que di con la primera casa de Salvaterra do Miño.
Tengo borrados fragmentos de ese paseo, pero sí recuerdo que me desmayé tras llamar a un timbre.
Luego llegaron los gritos, sonidos de ambulancia, luces raras y el despertar en el hospital.
En sólo una hora, mi vida se había dado la vuelta completamente.
¿Por qué ahora estaba solo en el mundo?
¿Acaso yo no merecí morir igual que mi hermana, mi madre y mi padre?
¿Por qué mi padre tuvo que fallar conmigo después de volarles la cabeza a mi madre y a mi hermana?
¿Por qué tuve que correr en zigzag y esquivarlo?
¿Por qué no fue a por mí antes de suicidarse?
¿Por qué tuvieron que dejarme solo en este mundo de mierda?