Nudos de sal Capítulo 29 #3
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Capítulo 29 #3

La hija de Ramiro y Cora se levanta con violencia. El grito y el chirrido de la silla deslizándose a toda velocidad retumban por las paredes con un eco delator. Todos asisten ahora a un espectáculo difícil de ignorar.

—Siéntate —ordeno valiéndome del respeto que creo que me tiene. No me equivoco. Sonia Rey obedece. Al principio me sostiene la mirada, pero luego vuelve a la silla lentamente. Raúl asiste a todo impasible, cerveza en mano. Sonríe al ver que se retracta. Afortunadamente, ella no se percata.

—Yo no tuve nada que ver con eso, Sonia. Ni estaba allí.

—Raúl, quiero saber qué le pasó a Ramiro. Si alguna vez te gustó Sonia. Algo. Lo más mínimo. Ayúdanos.

—Pero si os estoy ayudando, joder.

—Dame algo de lo que podamos tirar.

—Es que no hay nada, tío. No tenía acento, usaba distorsionador…

Sonia está callada. Sigue pensando…, pero hay algo en ella.

Un ladeo de cabeza, un escorzo mínimo, no fácil de detectar, pero evidente si se presta la suficiente atención.

Yo he visto esa forma de pensar porque todos tenemos una, hay quien cierra los ojos, otros aprietan los labios…

De hecho, cuando estudié Ciencias de la Información y la televisión empezó a abrirse paso, muchos de mis compañeros reconvertidos en profesores insistían en eliminar los «eeeh», «aaah» cuando se está pensando.

Otra muletilla que acompañaba gestos sonoros.

Mi hija Marta, sin ir más lejos, miraba al techo, como si pidiese una respuesta divina.

—¿Dejarías tu móvil a un amigo durante cinco minutos? No tienes que levantarte —suelta Sonia de pronto.

—¿Que se lleve mi móvil? —bufa Raúl con una risa sarcástica—. ¿Estás de la olla o qué?

—Que se lo dejes, no que se lo lleve, imbécil. Que no escuchas.

—¡Sonia! —la riño como si fuera mi hija. Supongo que haberla conocido incluso en el vientre de Cora me ha dado esa potestad—. Raúl ha dicho que nos iba a ayudar. Podrías probar a ser un poquito más cortés. Yo también he entendido que le pedías el móvil.

No replica.

—Quiero que venga un amigo y lo conecte a un ordenador. Nada más.

—¿Y para qué coño quieres eso?

—Para averiguar desde dónde te hicieron la llamada.

—¿Qué te crees que es esto, CSI o qué? —Suelta una carcajada antes de apurar lo que le queda de la cerveza. A juzgar por el tono que ha usado Sonia, no es un farol. Conoce a alguien que puede hacerlo. Intento calmar las aguas.

—¿Le va a dañar el móvil?

—No.

—¿Puede ver el contenido privado de su teléfono?

—Sí, pero no lo hará.

—¿Puede estar delante cuando lo haga? Para asegurarse de que no miran nada que él no quiera que vean.

—Sí.

—¿Qué me dices, Raúl? —Le sonrío con toda la credibilidad que puedo. Junto las manos en señal de rezo—. Y te dejamos en paz.

Creo que eso último es lo que lo convence para aceptar.

Cuando Sonia se levanta para salir a la calle para hablar por teléfono, le pido que nos acerque dos cervezas.

Obedece ya con el móvil en la oreja y, cuan do deja el botellín al lado de Raúl, juraría que este le mira el trasero.

Pasan aproximadamente diez minutos donde encuentro en el fútbol lo único común con ese muchacho.

El Celta, Giráldez, Aspas… Nos remontamos a épocas lejanas de finales perdidas y goleadas a clubes históricos.

Se nos acaba ligeramente la conversación cuando la hija de mi amigo abre la puerta y entra acompañada de un tipo que lleva un maletín colgado al hombro con una correa.

Es espigado, con algo de chepa y muy delgado.

Tanto que los vaqueros azules le hacen arrugas.

Lleva una camiseta morada con el dibujo de un pez en el lado del corazón.

En la muñeca izquierda hay un reloj-calculadora de los clásicos; en la derecha, un brazalete de cuero negro tan absolutamente pasado de moda que hasta a mí me sorprende.

No nos da la mano al sentarse, aunque sí saluda con un leve gesto izando la barbilla y las cejas.

Una vaharada sudorosa me azota las fosas nasales en cuanto toma asiento.

Las gafas son de pasta, modernas, demasiado a juzgar por el resto de la ropa.

En la cara luce un mostacho ridículo, digno de un adolescente. Lógicamente, no digo nada.

Es Sonia quien le explica los detalles. Nos lo presenta como Juan Carlos y dice que es amigo suyo desde hace muchos años. Ni un detalle más.

—Sabe navegar por la deep web —anuncia como si eso quisiese decir algo importante.

—Traducción —pido.

—Puede entrar en zonas prohibidas de internet.

—¿Eso no es para pedófilos y cosas raras? —Raúl pone cara de asco.

—En la deep web hay de todo. Sólo hay que saber buscar. —La voz del informático es grave, ruda, desacorde con la cáscara que lo envuelve como un ser endeble acostumbrado a ser víctima de los palos—. Esto lo hago como un favor a Sonia. Yo no quiero saber nada.

Raúl le tiende el teléfono con cierta desconfianza, pero, en un movimiento ágil, el informático (o hacker, o delincuente pasado de moda) lo enchufa a un cable que va directamente al ordenador.

Teclea algo con Sonia detrás de él y Raúl alternando miradas desconfiadas entre su teléfono y la pantalla.

El terminal torna a negro como si hubiera sido víctima de un chispazo.

En la del ordenador empiezan a salir números sin ningún sentido, pero Juan Carlos sigue tecleando.

Da dos últimos teclazos, introduce un código y sonríe. No tiene una sonrisa fea.

—Se hizo desde aquí. —Con el índice apunta a la pantalla. A Sonia le cambia el gesto.

—No…, no puede ser… —Se ha puesto pálida. Raúl no entiende nada y la mira, preocupado. Juan Carlos permanece impertérrito—. Alfredo, mira…

Gira el ordenador hacia mí… y yo también miro a los ojos al abismo. La pantalla me revela un mapa azul y gris, con los nombres de algunas calles y un punto luminoso y verde que parpadea entre las calles de…

—Oporto…

No hace falta que digamos nada. Ni Raúl es ajeno a que la llamada se había hecho desde la misma ciudad donde el dependiente de una ferretería había identificado a Antón Rey comprando el cable de acero con el que después mataron a Ramiro.

En este momento, cada célula, cada molécula de Sonia está destrozando a su hermano.

Y yo, desgraciadamente, me quedo sin argumentos para intentar defender a Antón.

Empiezo a sospechar que Teo Costas tiene razón. ¿Antón mató a su padre?

—¿Se puede ampliar? —pregunto a Juan Carlos.

—Dale a la tecla del más hasta que quieras. No es muy elaborado, pero la deep web funciona así.

Pulso. Una. Dos. Tres veces. Hasta que el puntito parpadeante tapa el nombre de la calle. Entonces siento que me precipito a la profundi dad.

—Sonia…, eso no es cualquier punto de Oporto. Es… Es la ferretería donde dicen que Antón compró el cable…