Capítulo 29 #2
—Por favor, ¿tú crees que te iba a amenazar? Soy un viejo de sesenta y ocho palos. —Sé que no me pega «palos», pero intento sonar algo más coloquial. Moderno, si queréis llamarlo así—. Me das un tortazo y estoy dando vueltas hasta que el Deportivo de la Coruña suba a primera.
Tuve un profesor de Ciencias de la Información, hace muchísimos años, que nos dijo que cuando no supiéramos de qué hablar con alguien probásemos con tres temas: política, fútbol y cine.
Y que, si ninguno funcionaba, nos largásemos de allí.
En este caso, el chascarrillo con el Depor, en segunda división y máximo rival de mi Celta de Vigo, fun ciona a las mil maravillas.
Uno de los amigotes de Raúl estalla en una carcajada y dice que a un celtista no se le pega.
O algo así, porque la vocalización no es el punto fuerte de los beodos.
Después me rodea los hombros con el brazo y me acerca a la barra tambaleándose antes de grita r :
— Cho, Xurxo, bótalle unha cervexa ao meu novo brother.
Ante tal dominio del lenguaje, estoy a punto de preguntarle si entre sus últimas lecturas estaban Neruda o Machado.
Mi madriña , qué frase. Toda una oda a la estulticia.
El cho es propio de macarruzos y demás gente de bien.
El resto es gallego culto, imagino que extraído del mismísimo Follas novas de Rosalía.
Por si fuera poco, el Garcilaso de la Barra ha optado por añadir un brother , expresión acuñada en 1605 por Miguel de Cervantes al hablar de don Quijote de la Mancha y su fiel brother , Sancho Panza.
Anonadado estoy.
—No, gracias. Sólo quiero hablar con Raúl de una serie de cosas.
—Vamos, bro, non vai a decíme non a unha mil nueve.
Lo de «mil nueve» está completamente arraigado y no por ello me pone menos nervioso.
Es el vulgarismo para denominar a la cerveza 1906 de Estrella Galicia.
La primera vez que lo escuché de boca de Elena me quedé atónito.
Mantuvimos una discusión absurda porque no le gustó que le preguntase, con cierto retintín debo reconocer, si sabía leer.
—Brais, déjalo. Que no quiere cerveza, cho .
Mi nuevo brother alza las manos y agacha la cabeza en señal de rendición antes de girarse hacia sus congéneres. A juzgar por las pintas, de la misma escuela literaria que él.
—¿Y tú qué quieres? —El tono amenazante fue un dardo dirigido a Sonia. Ella no se arruga.
—Saber si robaste en mi casa.
Ni un vacile. Ni un retroceso. Yo estoy intimidado. Noto que el corazón me late más rápido, pero ella se siente segura una vez superado el temor inicial. Supongo que mi presencia no tiene nada que ver porque, si es así, estoy siendo más inconsciente que valiente.
—Joder, ya sabía yo que esto me iba a salpicar.
¿Qué?
Nos da la espalda en dirección a una mesa del fondo y se deja caer con pesadez en la silla, de espaldas a la barra.
Apura la cerveza de un trago y, antes de que Sonia se siente, le pide (ordena, más bien) que le traiga otra sin ni siquiera mirarla a la cara.
La hija de mi amigo hace un gesto de asco, pero obedece, deseosa por saber la verdad.
Yo espero a que regrese y se acomode frente a él.
Me coloco a su lado. Raúl bebe un trago largo.
Ahoga un eructo que eleva un olor a cerveza alrededor de nosotros.
—Sí. Entré en tu casa.
—Cabrón… Conocías a Antón, te acostaste conmigo…
—Sólo me llevé un par de cosas, Sonia. Sonó la alarma.
—¡Ah, o sea, no te llevaste más porque no pudiste! Pues gracias, vamos.
—De nada. —Y sonrió mirándola. Intentando seducirla con su chulería.
—Eres un cabrón. Y supermala persona.
Decido intervenir.
—¿Cuándo fue eso?
—La segunda vez que fuimos a su casa. —Señala a Sonia con el botellín de cerveza.
—¿Segunda vez? —brama ella. Está poniéndose roja.
—A ver, Sonia, piensa un poco, socia. El primer día tanteamos el terreno, el segundo entramos. Ya está. —Se encoge de hombros, como si fuese algo absolutamente rutinario.
—¿Y por qué no entrasteis ese primer día? —Alzo la mano para frenar a Sonia. Creo que va a volverse loca.
—Nos pilló un tío y sacó una placa. No sé si era real, pero nos acojonamos. Llevo tiempo pensando en que igual era falsa.
—¿Perdona? O sea, ¿y no os detuvo? —La hija de Ramiro sube la voz. Los parroquianos se están girando. Lo último que quiero es tener allí a la policía. Si viene algún agente, Raúl no va a contar nada—. ¡Flipo! Flipo… O sea, ¡flipo!
—Tranquilízate, por favor —pido a Sonia mientras le coloco una mano en el muslo y la miro a los ojos. Algo debe ver en mi mirada porque suaviza el tono y se calla no sin antes inspirar profundamente—. Por favor, entiéndela. Ha perdido a su padre, su hermano está en la cárcel… No es fácil.
—Estoy delante, ¿eh?
— Cho, Sonia, que yo entiendo que esto es una mierda, pero que yo no me cargué a tu padre, no me jodas. Que una cosa es que me busque la vida y otra que vaya por ahí matando peña.
—¿A robar le llamas buscarse la vida?
—Home, claro.
—Raúl —intercedo mostrándole las dos palmas de las manos; según he leído, es un signo para demostrar confianza—, cuéntanos lo que sepas y lo dejamos aquí. Nos olvidamos de todo. La entrada en la casa es un allanamiento de morada. Es grave. Más teniendo en cuenta que, imagino, tienes antecedentes…
Ni el bullicio formado por el resto de los clientes logra ahogar el silencio que se forma sobre nosotros como una nube oscura y amenazante. Se acerca un temporal.
—¿Y si os lo digo no habrá denuncia?
—No —niego, tajante y antes de que Sonia tenga oportunidad de replicar.
—La primera vez que fuimos a tu casa estábamos en el coche.
Se acercó un tío y nos preguntó qué hacíamos allí.
El Panda… —Se gira y señala a un tipo alto y muy gordo, con los brazos tatuados de arriba abajo—.
Lo llamamos así porque está loco por Borja Iglesias, el del Celta.
Yo creo que se lo quiere follar —dice Raúl, adelantándose a mi pregunta y riéndose.
No lo sigo—. El Panda le dijo que lo que nos salía de los cojones, y tuvimos la mala suerte del tío ese que nos pilló.
Pero, como sólo estábamos en el coche, sacó la placa, nos pidió el DNI y nos dejó largarnos.
—Entonces no entraste.
Raúl ignora a Sonia, nerviosa e incapaz de callarse. El bro continúa hablando:
—Pasaron dos semanas y me llamó un número desconocido. Me dijo que sabía quién era, que había llegado hasta mí por la matrícula del coche que había estado merodeando por la urbanización. Describió el buga, a mí, al tipo que nos paró…
—¿Quién era?
—Yo qué coño sé, tío. Pero me avisó de que, o le hacía caso, o diría que me había visto intentando entrar.
Y con mis antecedentes… eso era prácticamente como haber entrado.
No me dio ni tiempo a replicarle, al muy cabrón.
Me dijo dónde guardaba tu padre todas las cosas de valor: la caja fuerte, los relojes, el efectivo…
Hasta me dijo dónde y cuándo debía entrar.
—¿Conocía la casa?
—Como si viviese allí.
Eso me deja pensando. ¿Es posible que Antón sospechase que su padre le dejaba la casa de Cala Asterpot a Sonia?
—Entonces volvisteis… ¿Qué te pidió a cambio?
—Que dejase un sobre en la caja fuerte y que cogiera una carpeta morada.
Me giro hacia Sonia.
—No sé qué había en ninguno de los dos —responde la hija de Ramiro.
Su cabeza da vueltas. Lo noto. Detrás de los ojos hay un motor subiendo las revoluciones hasta casi quemarse…
para nada. Todo es demasiado complejo y estoy seguro de que, igual que por la mía, por su cabeza ronda la idea de si Antón está detrás de aquello.
¿Puede ese papel ser el motivo por el que el hijo de Ramiro lo habría matado?
¿Qué había ahí? Raúl bebe otro trago antes de recostarse en la silla. Espero a que termine.
—¿Cuándo entrasteis?
—En el putísimo momento que nos dijo. Me llamó y me avisó que debía entrar. O en ese momento, o en ninguno. Dijo que había dejado un sobre en la quinta papelera del ascenso. —«M uy listo. Así no lo grababan las cámaras», pienso—. Entramos…, cogimos un par de relojes y sonó la jodida alarma.
Así que por eso había saltado y habían encontrado todo revuelto. Lo considero un triunfo muy muy pequeño, pero algo es algo.
—¿Y la carpeta?
—¿Qué le pasa?
—¿Te la llevaste o no?
—¿Estás de coña? ¡Claro! ¡Joder, que me denunciaba si no la cogía! Y además ya había entrado. Él me dijo que la carpeta era prioritaria. Que me podía llevar hasta las flores, pero que quería la carpeta o iba a por nosotros. Y también dejé el sobre.
—Y supongo que tampoco sabías qué tenía, ¿no?
—Obvio que no. Y tampoco pregunté. Que me tenía cogido por los huevos, ¿eh?
—Sabes que eso es chantaje, ¿no?
—Sonia, pareces parva, hostia. Ya sé lo que es el chantaje, pero ¿tengo que recordarte que he entrado y salido dos veces de la cárcel? Sin contar el correccional. Me ve un policía y se me pone cara de diana.
—Vale, a ver, y, después de entrar, ¿qué hiciste con la carpeta?
—El tío me volvió a llamar en cuanto salí de la casa y me dijo que la tirase en una papelera que hay bajando hacia Nigrán. En mitad de la nada.
Había tomado precauciones. Cuidadoso y consciente de lo que hacía.
—Espera, Raúl. ¿Y del sobre?
—¿Qué le pasa?
—¿No te pidió una prueba de si lo habías dejado o algo? Me extraña que tome la precaución de la carpeta, pero no del sobre…
—No me pidió nada. Supongo que se fiaría de mí… No me quedaba otra.
Sí, puede ser, pero es raro. ¿Quién pone dos condiciones y pide pruebas de sólo una? Hay algo raro… O tal vez Antón estaba convencido de que iba a ser él quien cogiese ese sobre.
—Dime algo más de la llamada, Raúl. ¿Era hombre, mujer? ¿Hablaba lento? ¿Tenía acento gallego? Algo con lo que pudiéramos identificarlo.
—Pero ¿a mí por qué me está cayendo esta mierda?
Resoplo. Y me decido a decir la verdad. Va a ser incómoda para Sonia, pero…
—Sonia cree que tú tuviste algo que ver en la muerte de su padre. Eso la atormenta desde el día del crimen.
—¡Eh!, ¡¿pero de qué coño vas?!