Nudos de sal Capítulo 29
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Capítulo 29

A LFREDO O TERO

Los secretos moldean nuestra personalidad, nuestras actitudes y nuestros comportamientos… Todo es una coreografía diaria, meticulosamente creada con el único fin de que pasen inadvertidos y no levanten sospechas.

En ocasiones he pensado que la vida es lo que realmente pasa mientras intentamos que nuestros secretos no revelen nuestra verdadera identidad. Hay quien lleva una máscara durante décadas y al final es incapaz de discernir entre persona y personaje.

Además, todos los secretos guardan algo en común: siempre sorprenden.

Eso, irremediablemente, me conduce hasta donde estoy: dentro del pequeño utilitario de Sonia Rey en dirección al barrio de Coia, en Vigo, donde ve lo que la hija de mi difunto amigo ha llamado «antigua aventura» .

Sonia Rey Vilaboi, la hijita perfecta de unos padres perfectos con una vida perfecta, también tiene sus secretos, pero sepultados bajos capas y capas de falsa perfección.

El más devastador es confesar que tres meses antes de que entrasen a robar en la casa familiar de Cala Asterpot, hacía ya casi un año y medio, había conocido a un chico «diferente».

Cuando le pregunté qué quería decir «diferente», me regaló una vergonzosa ejemplificación de clasismo al revelar que el muchacho en cuestión se había criado en Coia, uno de los barrios de Vigo tradicionalmente ligados a problemas.

Ese clasismo no le había impedido encamarse con él, pese a que llevaba años de relación con Pablo.

Un casiadulterio teniendo en cuenta que quedaban meses para la boda.

Aunque habían acabado posponiéndola por «desencuentros comunes».

«Desencuentros comunes» que ahora entiendo, claro.

Me parece curioso que en aquella familia todos hubiesen cometido una infidelidad, aunque la respuesta podría estar en los genes.

Había escuchado en un pódcast que un estudio de la Universidad de Queensland demuestra que hay un gen que se hereda y que influye en si somos o no infieles.

A excepción de Antón Rey, aún por confirmar, menudo pleno había en esa casa… , y parecían la familia perfecta.

La cuestión es que la relación de Sonia con ese chico, un conoci do de Antón y un enigma aún sin rostro que paseaba por mi cerebro, había acabado de la peor forma posible tras meses de «aventura» , como lo calificó ella.

Una discusión más virulenta de lo normal provocó du rísimas semanas para Sonia tras descubrir que su vida había estado a punto de desmoronarse por alguien escondido tras una másc ara de peleas, trapicheos, robos…

Una forma de vida a años luz de la peque ña de los Rey Vilaboi, porque la calle no puede sacarse de alguien que ha vivido en ella.

Durante una bronca descomunal a causa de una llamada policial para evitar que pasara la noche en el calabozo, Sonia me ha confesado que lo había insultado presa del hartazgo diciéndole que no estaba ni a la altura de sus zapatos.

Y él, lejos de amedrentarse, reaccionó aún peor: «Pija de mierda», «puta», «niñata consentida», «malcriada»…

Y el cierre: «Te voy a hacer la vida imposible, zorra mimada» .

Pero ¿de dónde venían aquellos insultos tan focalizados en su estatus económico?

En un error que ahora dobla cada vez más las rodillas de Sonia Rey: había hablado de dinero con él.

Del dinero de sus padres, más concretamente.

De la colección de relojes de Ramiro, de la casa de Cala Asterpot, de la vivienda que ella acababa de comprarse gracias a sus padres en la zona de Camelias, en Vigo, del coche de Antón…

Detalles en otro círculo carentes de importancia, pero reveladores ante alguien condenado por tales fechorías.

Semanas después de dejarlo, Sonia Rey vio cómo su exaventura la observaba desde el coche cuando salía de casa de sus padres.

Sibi lino, oculto entre sombras, pero acechándola como el león a la presa.

El chico huyó despavorido cuando Sonia gritó y no volvió a saber de él, pero tan sólo unas semanas después había ocurrido el extraño asalto a la residencia familiar.

Un par de relojes menos y algo de efectivo sustraído hicieron brotar en la hija de mi amigo la semilla de que ya había pasado todo.

Que aquel chico, una vez ajustadas las cuentas, los dejaría en paz.

Y fue así… Luego sucedió el crimen y cuando Teo Costas interrogó a Sonia ella mintió por una única razón: conservar la condición de ojito derecho de su madre.

¿Qué podía hacer si no? ¿Decir la verdad?

¿Señalar a alguien con el que había estado fuera de su noviazgo y escuchar primero los reproches de su exprometido y después las culpas de su madre? No. No es tan madura como para eso.

El problema es que, ya hechas estas revelaciones, yo necesito hablar con él.

Tal vez sea el fin del caso. O hubiese visto algo.

¿Está este chi co detrás de la muerte de Ramiro?

¿Es viable entonces mi teoría de que había sido alguien de fuera o simplemente habían cometido el robo como venganza contra Sonia y habían huido?

De confirmarse esto último, se acaba el hilo del que tirar.

La pista se convertirá en un dibujo en la arena que la marea arrastrará a mi particular mar de irrelevancias.

Seguramente, os estaréis haciendo otra pregunta: ¿por qué no avisé a la policía?

Lo intenté. Intenté convencer a Sonia de que lo hiciera, pero se negó.

Fue ella misma quien me pidió «ir a verlo juntos».

Ni lo entendí ni me apetecía, pero… Sí, había algo en mí que quería hacerlo.

Una especie de furor novelístico e imperativo. Toda obra necesita un villano.

Sonia, curiosamente, se ha adecentado un poco para la ocasión.

Nada excesivo: un vaquero acampanado bien ceñido, una camiseta blanca y sobre ella una curiosa chaqueta de punto multicolor en tonos veraniegos.

Todo concluye con unas deportivas horribles, pero a la última moda.

Sonrío al verlas. Fue el regalo que Elena había pedido en octubre por su cumpleaños.

Cuando las tuve en la mano por primera vez, María José y yo compartimos una de esas risas que sólo entienden las parejas y que ayudan a aligerar el día a día: «Creo que son las únicas zapatillas que simbolizan la moda entre jóvenes…

y la comodidad para un jubilado de noventa años», dije al dependiente.

Menuda cara se le quedó cuando nos vio partirnos de risa mientras asentíamos confirmándole que sí, que nos llevábamos el adefesio.

Durante el trayecto me giro para mirar a Sonia desde el asiento del copiloto.

¿Es así? ¿Estamos yendo allí para vengarnos?

Por un momento, he olvidado que la hija se ha inculpado de la muerte de su padre.

Tras la sorprendente liberación, le pregunté a Sonia el porqué de tal acusación.

Me explicó que al principio había existido esa conexión animal, salvaje, entre ella y la «aventura» , de nombre Raúl.

Una atracción carnal incontrolable. Lo dijo como si fuese algo especial, casi místico, y no como si esa insuperable atracción no fuese algo que le ocurre a todas las parejas en sus comienzos.

Para los no iniciados en las zonas de Vigo, el barrio de Coia fue promovido por el Ministerio de Vivienda de Franco en 1960.

Era la fea del baile, la que nadie quería…

Y hay zonas donde sigue siendo así a juzgar por las intervenciones policiales que desarticulan pisos narcokupados con redadas estruendosas y alabadas por la prensa.

Coia tuvo su zénit de peligrosidad en la década de los ochenta, la calle Marín incluso fue noticia nacional por la delincuencia y el galope del caballo cubriendo cada bajo vacío de los edificios.

Ahora, sin embargo, Coia ha dejado atrás esa época tan oscura, y, aunque es una zona más acogedora, aún quedan vestigios de ese pasado delictivo.

De hecho, se hizo una serie bastante cómica llamada Coia o Caos sobre esa adaptación de la Coia de los ochenta a la Coia actual.

La encontré en YouTube y, con sinceridad, me reí bastante.

La cuestión es que ahora estoy por ese barrio que evitaba en mi juventud con la esperanza de encontrar a ese tipo del que Sonia sospecha.

Aparcamos en el primer hueco libre que la hija de Ramiro detecta cerca del bar que frecuenta su exaventura.

Efectivamente, está dentro: pelo moderno, con los lados rapados y rizos en la parte superior, aro de oro en una oreja, conjunto de chándal en color verde chillón y zapatillas con una especie de muelles.

Si las deportivas de jubilado son un adefesio, estas son la madre del adefesio.

El muchacho, pese a sus no más de veinticinco años, lleva un palillo en la boca, aporrea una tragaperras y se ríe girándose de vez en cuando hacia un grupo de amigotes que, apoyados en la barra, dan la nota entre tercios y cañas de cerveza helada.

Lógicamente, y vista la estética del local, se hace el silencio en cuanto Sonia y yo abrimos la puerta.

—Es él —me sisea Sonia, incómoda e intimidada por aquel silencio. Yo, como supondréis, trato de ocultarlo y me encamino hacia él con el paso tan decidido como puedo. No sé explicar por qué, pero tengo la impresión de que no va a hacerme nada.

—¿Eres Raúl?

—¿Qué quieres?

—Hablar contigo. Sólo eso.

—Pero yo no quiero hacerlo, bro .

«¿ Bro ? ¿Dónde estamos?, ¿en Harlem?».

—Serán sólo unas preguntas relacionadas con mi amiga Sonia. Si lo prefieres, puedo llamar a la policía, decirles lo que sé y que vengan ellos.

— ¿Me estás amenazando, tío?

Una bomba detona en el centro del bar, alertando al grupo que va con el chico y también a algún que otro parroquiano, que levanta la mirada de su botellín para ponernos los ojos encima.