Nudos de sal Capítulo 27 #3
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Capítulo 27 #3

Tengo que hacer un esfuerzo por no reírme, aunque sea una primera reacción.

La siguiente es sentir una enorme lástima por Sonia.

«No. Tu padre no se llevaba el trabajo a casa…

contigo. Con su hijo sí, porque ambos estaban en el mismo negocio tan lucrativo como peligroso».

La última es comprender que Sonia Rey está lejos de ser esa tercera pata… ¿Mi teoría hace aguas?

Lo único que me queda por preguntarle es si sabe algo sobre esa alarma que había sonado en su casa semanas antes del crimen. Puede no ser nada, pero me parece mucha casualidad que algo así ocurriese… y semanas después matasen a Ramiro. ¿Se habrían llevado de la caja fuerte el dinero de la Fariña?

—Sonia, sé que entraron en vuestra casa unas semanas antes de…

¿Cómo lo llamo para suavizarlo: crimen, asesinato? ¿Algunas de las dos es menos dolorosa? No me da tiempo a responderme. Sonia se ha puesto pálida. Asombrosa y preocupantemente pálida. Tanto que pienso que está dándole algo.

—Eh…, ¿estás bien?

Traga saliva. Un bolo enorme que cae como plomo por la tráquea para golpear con violencia el estómago y provocar que se encoja en la silla. Como si quisiera ser más pequeña. Los labios inician un triste y ridículo tembleque involuntario. Tengo ante mí a una mujer de treinta años haciendo pucheros.

Coloco la mano en su rodilla con paternalismo. Sonrío con cercanía. Una invitación a compartir conmigo lo que le pase. He dado de lleno en el clavo y la he pillado a contrapié, pero… ¿lo que ocurría es algo tan grave? Está claro. Esa reacción es un claro sinónimo de ocultar algo.

—Cuéntamelo, Sonia. Quizá sea lo necesario para averiguar qué le pasó a tu padre.

« Alea jacta est », me digo.

Los pucheros, pueriles, acaban por convertirse en un llanto adulto.

Sonia hace esfuerzos por enmudecerlo, llevándose las manos a la boca.

Eso me revela algo definitivo: su madre no sabe por qué llora.

Si lo que siente es vergüenza por llorar delante de mí, se habría tapado la cara.

Si fuese por pena, seguramente se hubiera levantado o cambiado de cuarto, y, sin embargo, se tapa sólo la boca.

—Intuyo que tu madre lo desconoce… —No dice nada, pero no hace falta—.

No puedo prometerte que no le diré nada, pero sí que te sentirás mejor en cuanto lo cuentes.

¿Has escuchado eso de liberarse de la carga?

No es del todo así. Cuando he tenido que contar alguna verdad incómoda, me he dado cuenta de que, si empiezas a hablar, todo fluye.

Es esa verdad, tu verdad, queriendo salir.

Y es tu cuerpo queriendo desprenderse de la carga.

Llevo la mano a su cara. Igual que habría hecho si hablase a Marta o Elena. Con la misma ternura y dulzura. Conozco a esa niña desde que estaba en el vientre de su madre. No voy a adoptar ningún rol de policía malo con ella.

—Lo denunciamos. Denunciamos que sonó la alarma, pero la policía no tramitó bien la denuncia…

Ya conocía ese dato porque se lo había dicho a Teo en el interrogatorio, pero ¿por eso se había puesto así? No. No tenía sentido.

—Sé que hay algo más, Sonia.

—Tengo… miedo. —Sollozó con amargor, apretando los dientes al terminar.

—¿Miedo de que te hagan algo? ¿Te han amenazado?

Tal vez penséis que padezco paranoia, pero únicamente soy un padre preocupado. Ya he visto ese comportamiento en María José durante todo un año por las amenazas a las niñas que he descubierto hace nada. Eso sin contar las amenazas a Cora. ¿Le habrá llegado otra carta a Sonia?

—Miedo a mi madre. Por si… se entera.

De nuevo aquel llanto desconsolado, tapándose la boca para que nadie en esa enorme casa, ahora más vacía por la ausencia de Ramiro y Antón, se entere de que está rompiéndose.

Me la quedo mirando y hay algo en sus ojos azules, heredados de su madre, que me sobrecoge.

Sobre todo porque no estoy asistiendo a una función sobre miedo, estoy asistiendo a una función sobre… No puede ser.

—¿Qué hiciste, Sonia?

Lo que siente Sonia Rey Vilaboi no es miedo.

Creo que ni siquiera pena. De hecho, es posible que todos esos meses llorando como un bebé en su cuarto estén patrocinados por la sensación de culpabilidad.

¿Qué tiene que ver ella con ese allanamiento que he escuchado en los interrogatorios de Teo Costas?

Culpa. Pura culpa.

—Yo no sabía… No pensé…

Gesticula mucho. Nerviosa por el ansia de liberación.

Un día escuché en un pódcast que la maldición del ser humano es que sólo puede usar una palabra en cada momento y no varias de golpe.

Este momento es el reflejo de ello: Sonia quiere contarme tantas cosas que no sabe ni por dónde empezar ni qué palabras usar.

Cuando termina de titubear, por fin revela la verdad.

—Creo que tengo la culpa de que mataran a papá.

Entonces recuerdo aquella pregunta que me hice cuando paseaba con Cora por Monterreal: ¿qué clase de hija se pasa un año en esa especie de hibernación tras la muerte de su padre? Una que pudo firmar su sentencia por un simple error.

El silencio que nos rodea suena más fuerte que cualquier grito.