Nudos de sal Capítulo 27 #2
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Capítulo 27 #2

Subo por las escaleras a la primera planta, tamborileando con los dedos por el pasamanos de madera clara, a juego con las contrahuellas de los peldaños blancos que iba ascendiendo.

En ese piso están las habitaciones de Sonia, Antón y Cora y Ramiro.

Un piso más arriba, la buhardilla, comparable a la Sala de los Menesteres de Harry Potter , esa sala que es un todo en uno: estudio de música, despacho, zona de lectura, improvisado cine, gimnasio, trastero…

Y todo con su consiguiente cambio de mobiliario.

Lo único que permanece es un mueble de roble viejo y desgastado con dos portezuelas correder as que Ra miro se llevó de casa de sus padres y donde guardaba la vajilla de boda que nunca usaban, el vestido de novia de su madre junto a una cajita de bisutería que ella lucía como si fuesen joyas, un tren de madera que fue su primer juguete, las cartas que su padre le escribió a su ma dre durante el servicio militar y la escopeta que este usaba cuando iba de caza.

Me había enseñado todo una vez que le pregunté por qué no se deshacía de aquel mueble de apariencia fruslera y estética anticuada.

Hace mucho que no subía a esa buhardilla…

, y algo me dice que su última función, la de trastero, es la actual, pero no tengo tiempo ni ganas de comprobarlo.

La luz agoniza hasta resucitar de manera atrayente y cegadora, casi celestial, frente a la puerta de la habitación de Sonia Rey, cerrada y con una enorme S de flores secas colgando. Llamo con delicadeza y espero con paciencia a que abra. Tarda un par de segundos.

—Gracias por abrirme.

—Tenía curiosidad. O sea, sabía que no era mamá porque ella entra directamente.

—Yo soy un invitado, no podía hacer eso.

—Eres más que un invitado y lo sabes, Alfredo.

Se hace a un lado, dejándome entrar en su templo.

Inconscientemente, he creado en mi mente la imagen de una adolescente hastiada y deprimida.

Enclaustrada en un cuarto caótico, decorado con pósters rebeldes y símbolos modernos que evidencian la repulsa contra la sociedad…

Qué error más absurdo. El cuarto de Sonia es un templo, sí, pero del orden y la paz.

Nada está fuera de su sitio. Cada macetita, cada cuadrito, cada fotografía forma parte de una disposición perfecta.

Creo que los modernos lo llaman «evitar el ruido visual ».

La mente es traicionera, y, cuando Cora me contó que Sonia llevaba semanas, meses, sin querer salir de casa, di por hecho que se había recluido en su refugio tenebroso y oscuro, donde la depresión en forma de sombras inmisericordes iba tomando las paredes, ennegreciéndolas…

Lo que encuentro es una luz acogedora y blanca, una ventana abierta por la que se aprecia el cielo azul, se cuelan los graznidos de las gaviotas y entra el aire puro y fresco del monte.

Todo para una mujer de treinta años vestida con ropa cómoda, pero sin descuidar su imagen: sigue llevando las cejas depiladas, el pelo limpio, la piel radiante…

La habitación no es grande: una cama nido pegada a la pared de la izquierda, un armario de puertas lacadas en blanco, un escritorio pulcramente ordenado con una silla de diseño a la derecha, y sobre él unas baldas de madera clara con recuerdos.

Ambas conectadas por una cuerdecita, a modo de tendedero, donde fotografías polaroid están sujetas con pinzas.

Siento curiosidad por verlas, pero me abstengo.

No sé dónde sentarme; al ver que Sonia lo hace en la silla del escritorio, opto por la cama.

El colchón es cómodo y recuerdo que llevo muchísimo sin parar tranquilamente en casa.

Echo de menos la paz del hogar. Intentaré averiguar lo de Sonia y volveré con María José y las niñas.

Y por unos días se acabará lo de descubrir al asesino de Ramiro.

Se acabó el pensar en cómo sacar de la cárcel a Antón y, por supuesto, se acabaron los interrogatorios de Teo Costas.

No soy un obseso. Hoy va a ser una tarde noche de familia, película y pizza.

Me encanta ese plan y sé que a ellas también.

—Supongo que viniste a darme la charla por lo de mi padre —me dice Sonia, arrancándome de la visión del plan de esta noche.

—¿La charla?

—Sí… O sea, del duelo y todo eso. ¿No?

—No. No era mi plan, al menos.

—¿No te ha traído aquí mi madre para intentar que salga de mi cuarto, haga mi vida, vuelva a quedar con mis amigas, hable otra vez con mi ex…?

—No hemos hablado de eso.

—O sea, ¿no está preocupada?

—Sí, claro que está preocupada. Pero no vine aquí por esa razón.

Quiero hablar del asesinato de tu padre y del encarcelamiento de Antón.

Sé… Creo —rectifico— que él no lo hizo y quiero saber qué hablaste con la policía, qué recuerdas de aquel día y, sobre todo, si hay algo que no hayas contado por el motivo que sea.

Se pone tensa. Igual que ha hecho en el interrogatorio… Yo creo que lo que no ha contado es lo de la discusión, pero ¿hay algo más?

—¿Por qué… por qué crees eso?

Me encantaría decirle la verdad: «Cuando Teo te hizo esa pregunta, reaccionaste poniéndote tensa. Cuando lo he hecho yo, has hecho lo mismo. Es evidente que ocultas algo…». En lugar de eso, vuelvo a usar el verbo.

—En tu tercer cumpleaños, y perdona que me ponga a recordar…

Son cosas de la edad. En tu tercer cumpleaños, tus padres montaron una gran fiesta en el jardín trasero.

Contrataron un cáterin para que no faltase comida, animadores infantiles, tarta…

, y diste regalos, claro, a cada niño un caleidoscopio.

No sabes cómo se fue Marta… Lo miraba y remiraba todo el día.

Le daba vueltas. Embobada. Si hasta nos pidió dormir con él…

Te cuento esto porque, para mí, la verdad es como mirar por uno de ellos.

Hay un punto central, pero luego todo va expandiéndose, en formas distintas, colores distintos…

Creo que por eso hay gente que cuando habla de ella lo hace como «mi verdad».

Yo sólo quiero saber la tuya. Incluidas esas formas y colores raros.

—No le digo que he visto su interrogatorio con Teo Costas ni que su hermano ha vuelto a acusarla.

Me parece que así va a contarme más cosas.

Suspira antes de comenzar, un esfuerzo burdo para que yo no perciba esa tensión de la que ya me he percatado. Con los ojos cerrados y los puños apretados, Sonia Rey empieza a recordar.

—Cuando pasó todo, yo estaba hablando con Alejandro…

—Es vuestro primo, ¿verdad?

—Sí… Y escuché —le tiembla la voz, el labio inferior y los ojos brillan, acuosos— los gritos de mi prima Natalia y eché a correr hacia la piscina.

—¿Viste algo raro?, ¿a alguien?, ¿alguna sombra?

—No vi nada. Nada… Es que ojalá pudiera decirte lo contrario, Alfredo.

Guardo silencio. Pensativo. No parece estar mintiendo.

Sopeso la opción de atravesar aquella puerta que Teo Costas ha entreabierto en el interrogatorio, ese «todo el mundo tiene enemigos».

¿Ramiro también? Una persona alegre, educada, correcta, noble…

Después recuerdo su vinculación con los narcos…

y que él también engañaba a Cora, y siento una punzada de dolor. ¿De verdad conocía a mi amigo?

—¿En algún momento has sospechado de alguien, Sonia?

Tuerce el gesto. Algo la inquieta. Las dudas iniciales parecen despejarse, lo noto en su mirada huidiza cuando me pregunta:

—¿Por qué estás aquí realmente, Alfredo?

—Porque tu madre me pidió ayuda para sacar a Antón de la cárcel.

—O sea, mi madre te pide a ti, periodista jubilado, que la ayudes a conseguir algo que no han conseguido los abogados en un año. ¿Es así?

— Home , visto así…

—A ver, es que no hay otra forma de verlo…

Sonr ío, confiado.

—¿Ves? Ahí tienes de nuevo el caleidoscopio. También puedes pensar que tu madre está desesperada, que quiere a su hijo de vuelta, que está convencida de su inocencia…

Abre la boca para replicar y la cierra de pronto. Asumiendo la derrota. Aguardo. No voy a ser yo quien rompa este silencio. Presiento que Sonia puede contarme algo más sobre mi amigo.

—Conmigo hablaba poco de trabajo. Era una de sus máximas. Nunca se traía el trabajo a casa…