Nudos de sal Capítulo 27
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Capítulo 27

A LFREDO O TERO

No es necesario llegar al hospital, pero sí avisar a los servicios de emergencias, que se demoran veinte minutos.

La sirena de la ambulancia retumba entre los muros, transformándose en la histórica campana de la Torre del Reloj que alertaba a los baioneses de los asedios marítimos en el medievo.

Cuando acceden a la parte alta del parador, Cora está prácticamente recuperada, salvo por un pequeño ataque de ansiedad.

No hace falta mucho más allá de una revisión fugaz que confirma que está bien.

Ella le resta importancia: «No ha sido más que un mareo in esperado», dice para convencimiento de aquellos que no la conocían.

Yo insisto en acompañarla a Cala Asterpot.

Se niega, por supuesto, pero no es optativo.

Descendemos desde la terraza hasta el aparcamiento de la Palma caminando en el más absoluto silencio, separados por esa brecha que se ha creado con su revelación.

Cuando llegamos al coche, Cora intenta despedirme y me niego.

Protagonizamos una absurda discusión similar a la de un viejo matrimonio.

En otras circunstancias, me hubiese entrado la risa, pero este día no.

—Entiendes que debo preguntarte por ello, ¿verdad? —dice mientras cruzamos la carretera de Elduayen, arteria principal de Baiona, que la atraviesa de lado a lado.

—Dime cómo está. —Pese a que el mar queda a su izquierda, Cora mira a la derecha, a las calles llenas de gente que disfruta del verano bajo un cielo de terciopelo azul.

Dudo. ¿Debo decirle la verdad? Puede tener la misma reacción que cuando lo mencioné en la terraza…

Recuerdo haber usado «medio muerto», ¿puedo alegar que era una exageración o no se lo creerá?

Opto por la verdad. Ya os he dicho que intento ir siempre con ella por delante.

Aunque a veces no me sale bien, lo reconozco.

—Crítico.

Espero una reacción. Un gesto de dolor. Pero no hay nada. Sólo una cabeza girada, con la mirada fija en los edificios. Contemplo el cuello largo, ladeado, y el moño alto y rubio.

—¿Qué pasó?

—Lo que se sabe hasta ahora es que alguien entró en su casa y lo atacó. Han tenido que hacerle una intervención bastante compleja por un golpe en la cabeza. Lo han dejado en coma.

—¿Quién fue?

—No se sabe.

—Pero ¿se sospecha de alguien?

—Tampoco.

Silencio. Otra vez ese compañero que va anudándose a nosotros como una rémora y toma cada molécula del cubículo de lujo con su peso y su densidad. Silencio palpable, material…, tan plomizo que incluso parece ralentizar la marcha.

—Por favor, Cora, dímelo… Necesito saber cómo alguien como tú acaba siendo infiel con… con alguien como él.

Elijo con cuidado las palabras, calibrando qué debo decir para que cale tan hondo como para que reaccione, pero tampoco eso es suficiente para que gire la cabeza. Aun así, habla.

—Él simplemente apareció en un restaurante un día que yo discutí con Ramiro. Estaba harta, Alfredo. —Se gira hacia mí y nuestros ojos se encuentran—. Harta de tu amigo, harta de mi marido. Y Teo entró, hablamos… Parecía que nos estuviésemos esperando.

—Venga ya, Cora. No me vendas una historia de amor de película. Tú cuando te enamoras de alguien lo haces paulatinamente.

—¿Paulatinamente?

—Sí, paulatinamente. No te enamoras de un día para otro.

—O sí, Alfredo. A ti alguien te puede gustar paulatinamente o entrar en tu vida como un ciclón.

Eso fue Teo. Teníamos una compenetración…

distinta. —Se calla de golpe y vuelve a mirar por la ventana—.

¿Cuestionar a quién amaba va a llevarte a saber quién inculpó a Antón o quién mató a Ramiro? —pregunta, sarcástica.

—Ya no tiene que ver con eso, Cora. Tiene que ver con la fidelidad. Con que somos amigos desde hace décadas y ahora tengo la sensación de ir en el coche con una desconocida. Y por cierto, ya que lo comentas, voy a hablar con Sonia en tu casa.

—¿Sigues con eso?

—La acusó Antón, Cora.

Se vuelve a girar. Incluso muevo la cabeza hacia atrás, sintiéndome ligeramente amenazado por sus ojos transformados en un mar embravecido.

—Alfredo, YA . En serio. Lo hablamos antes. No es una asesina. Y Antón tampoco.

—¿No te das cuenta de lo raro que es que intentes evitar que hable con ella, Cora?

—¿Raro? ¡Hostias, Alfredo, que es mi hija!

Que lleva casi un año sin querer salir de casa.

Que estrangularon a su padre en una piscina diez minutos después de que estuviera en el agua con él.

¿Tú crees que me apetece que le andes molestando con tus preguntitas?

¿No harías tú lo mismo por Marta o por Elena?

—Mis preguntitas, como las has llamado —no pierdo de vista la carretera ni tampoco la calma—, vienen porque tú misma me pediste que indagase en la muerte de Ramiro. ¿Qué es lo que te da miedo que descubra?

La respuesta es un bufido de hartazgo, unos ojos cerrados, unas cejas levantadas y unas manos en el pecho, intentando contener la respiración.

La estoy sacando de quicio. Y, sinceramente, dudo si es porque Sonia ocultaba algo y no sabe cómo frenarme o porque realmente su hija no ha hecho nada y yo estoy siendo muy pesado.

—Mira —aprovecho que he detenido el coche para dejar pasar a una familia en el cruce de peatones de la playa de Santa Marta para mirarla a los ojos, ya abiertos y furiosos—, yo hablo con Sonia. Y, en cuanto termine, me dices si quieres que siga investigando o no.

—Ya sabes qué te voy a decir.

—Y, aun así, me la juego a dejarte decidir. Imagina hasta qué pun to quiero saber quién mató a mi amigo.

Eso la desarma. Lo noto en cómo se apaga el brillo furioso de sus ojos para dar paso a una sensación diferente, una especie de miedo. Tenía razón Tony Montana en Scarface : «The eyes, chico. They never lie» . Los ojos nunca mienten.

—¿Qué tal están Marta y Elena? —pregunta para romper el hielo.

—Bien, están bien… —Tengo que hacer un esfuerzo ímprobo para no devolver la pregunta.

En ese momento, y evitando la incomodidad de seguir con una conversación que no quiere seguir, Cora Vilaboi baja la ventanilla de jando que el aire limpio y, sobre todo, el ruido de la calle se cuelen en el vehículo.

El ajetreo de la villa va extinguiéndose hasta quedar en un mur mullo lejano, propio del que vive en el interior de las caracolas.

El viento se topa con el rostro pálido y ojeroso de mi amiga, que cierra los ojos como si quisiera disfrutar de aquella sensación de libertad.

Yo, por mi parte, miro a la carretera, acelero, freno…

Toda mi conducción es un automatismo, salvo las contadas ocasiones en las que me giro para mirar a Cora.

Mentalmente, voy estructurando qué le preguntaría a Sonia, qué respondería ella, cómo contraatacaría yo…

Ascendemos con lentitud por la piel pétrea de la enorme serpiente de asfalto que abraza Monteferro.

Los laterales están flanqueados por eucaliptos y pinos de color esmeralda, con troncos esqueléticos desde los que se desparraman ramas desnudas y descaradas.

La C y la A doradas de la verja negra de Cala Asterpot se desatan ante nosotros y el portero, un tipo mayor que el que yo he conocido, nos saluda con un gesto con la mano.

Cora sube la ventanilla en cuan to meto el coche en la cuesta de su garaje, el número cuarenta y ocho, y se apea.

Yo la sigo y, al girarme para apuntar la llave hacia el vehículo para cerrarlo (una absurda costumbre por miedo a «romper » un coche así), veo a un par de vecinos estirando el cuello o fingiendo regar las plantas de sus porches delanteros mientras observan a la viuda de Ramiro, a la del hijo en la cárcel, regresar a su prisión particular.

—Cora… —me responde girando la cabeza, con un mohín que emuló un interrogante—, ¿por qué no te has ido de aquí? Quiero decir, los vecinos…

—Porque mis hijos son inocentes.

No hace falta más. Responde con ese silencio que se ha sentado con nosotros prácticamente todo el trayecto.

Cora atraviesa la puerta que conecta el garaje con el salón habilitado en el sótano.

La decoración es escasa, aunque práctica: una mesa comedor, un mueble en el que se guardan juegos y licores y donde se encaja una televisión, una anticuada videoconsola a la que Ramiro jugaba de vez en cuando y un sofá viejo y desgastado tras el que brillan los cristales de la puerta corredera que permite acceder al jardín trasero.

De una de las paredes crecen unas escaleras que dan a la planta calle.

Cora las sube con lentitud y la cabeza gacha, pensativa.

La sigo sin opinar sobre la metódica limpieza y el enfermizo orden que reinan en aquella zona y que evidencian que Cora se ha obsesionado con mantener la casa en perfecto estado.

—Sonia estará en su cuarto. Ya te dije que no sale mucho de allí. Te espero en el salón —dice en cuanto llegamos a la planta calle y antes de dejarse envolver por su rincón de lectura.

—¿Ni siquiera vas a intentar acompañarme?

Su insistencia en que sus hijos son inocentes es feroz, y, sin embargo, no va a hacer nada cuando toca hablar con Sonia.

—¿Para qué? Su versión no va a aclararte absolutamente nada, Alfredo. Lo que pasa es que sigues insistiendo porque buscas un culpable cerca de Ramiro.

—No es por eso.

—No. Desde luego que no. —Sonríe sarcástica.

Voy a contestarle, pero opto por no hacerlo.

Es entrar otra vez en un bucle absurdo. Cora siente que estoy atacando a sus hijos.

Yo ya le he insistido en que no, en que sólo quiero la verdad.

Y, para ser sincero, no acabo de entender esa actitud a la defensiva.

Si tan convencida está de la inocencia de Sonia, ¿qué le preocupa?