Capítulo 26
T EO C OSTAS
He sido bastante claro durante toda mi historia.
Porque esta es mi historia. No lo olvides.
Sí, me tiraba a Cora Vilaboi. Y me da completamente igual lo que pienses.
Es más, me la refanfinfla, me la pela, me la suda, me la envaina y, por supuesto, mi favorita, me la chufla.
No sabes cuáles fueron mis razones para hacerlo.
Esto no quita, para nada, que mantenga lo que he dicho antes: para mí, Bego fue la salvación.
Una vez aclarado, joder, espero que Cora no se presente en el hospital, porque menudo marrón…
Resolvamos la pregunta de un mojón de euros: ¿quién es la hija de puta que entró en mi casa?
Antes de darte la respuesta, te explicaré cómo lo he recordado.
Se llama efecto proustiano. Lo vi en un documental de alguna plataforma de pago.
Es cuando un olor nos evoca un recuerdo.
La loción de afeitar que asocio a mi padre, las rosas del perfume que me recuerdan a mi madre, el tufo a biberón de leche con cereales de mi hermana…
o el miedo, que sigue oliendo a petricor en Meder.
Ya os hablé de esa casa y por supuesto que la sigo teniendo.
Tuve la suerte de que, cuando pasó aquello , no había tantos problemas con okupas o amigos de lo ajeno.
Las casas se cerraban y ya está. Bueno, eso, y que ahora uno tiene opciones para protegerse: por ejemplo la ley.
O, en mi caso, una USP Compact de 9 mm que la policía tuvo a bien darme cuando entré en el cuerpo y que blandí con tesón y firmeza ante los indignos usurpadores de mi propiedad…
¿Qué tal me ha salido? ¿Imito bien a Alfredo?
Parece que esa mierda pomposa os gusta más que escuchar decir a vuestro Teo: «Fui a mi puta casa, llamé a mi puto timbre y, cuando un puto piojoso abrió la puerta, levanté mi puta pistola y se la coloqué en la frente, amenazándole con volarle la puta cabeza si se les ocurría volver a acercarse».
Para demostrarle al anormal que no iba de farol, le solté una hostia que le rompió la nariz.
Luego lo encañoné y le dije que como contase algo lo buscaría y lo mataría porque conocía su cara.
Si no estuviera en la cama del hospital con más droga en el cuerpo que la pandilla de Trainspotting me escucharíais descojonarme.
Echaron a correr tan rápido que hubieran pulido a Usain Bolt.
En ese momento entendí que no podía dejar abandonada aquella casa.
Era demasiado importante y además un caramelito.
El recuerdo de la comunión con mi pasado.
Mis padres la habían bautizado como Villa Ledicia, o sea, «alegría» en gallego.
Incluso habían comprado uno de esos azulejos tan cursis.
Llevaba años sin dejarme caer por allí, pero hubo un momento donde comprendí su importancia.
¿Habéis escuchado eso de que hay quien nace con estrella y quien nace estrellado?
Pues yo nací con estrella, después me estrellaron y ahora quería reventar a todas las putas estrellas.
Hasta ese momento, no me había permitido visitarla, pero ahora todo tenía un objetivo nuevo.
Restauré puertas y ventanas, limpié a fondo, tiré muchísima mierda, le puse una plaquita de cuidado con el perro, aunque obviamente nunca lo tuve, compré la réplica de una pegatina de alarma, recreada con gran acierto en una de esas webs chinas, instalé cámaras falsas compradas en una tienda de segunda mano…
Todo está en la apariencia y el disimulo.
Incluso las personas somos como una casa abandonada.
¿Queréis comprobarlo? Mirad a quien tengáis al lado, sea quien sea.
Observadlo detenidamente y después intentad adivinar cuál es su secreto más oscuro.
Pues ni con esas seréis capaces de sacar toda la mierda que hay dentro.
Bueno, vale, no es mi mejor metáfora, pero el pensador es Alfredo.
Yo no sirvo para darle literatura a la vida.
Lo que quiero decir es que Villa Ledicia, mi casita de Meder, albergaba una parte de mí desconocida incluso para Bego.
Y la mantuve así durante muchos años. Ella jamás ha acudido allí.
Entiende que se trata de una parte dolorosa de mi pasado.
Villa Ledicia era mi tesoro. Como el de Gollum en El señor de los anillos , ese que no quería compartir.
Ya os la he descrito antes, pero quiero que recordéis el jardín.
Bueno, más que jardín, campos y campos. Era tremendo.
Y, cuando digo tremendo, es tremendo. Viñedos incluidos.
Mi padre los usaba para vender la uva, sacar algo de dinero y tener siempre un par de botellas de vino de nuestra propia cosecha que regalaba a los ricachones de sus clientes.
Ahora esas viñas eran cruces muertas, esqueletos de madera seca que entrelazaban las manos como un ciempiés decrépito por mi abandono.
Había convertido la casa en una fortaleza.
En mi bastión de soledad. Me largaba ahí cuando necesitaba pensar, pasar algún tiempo solo.
Villa Ledicia me despejaba la mente. Supongo que estos días he estado pensando en ella y por eso he podido morder la magdalena de Proust que me ha llevado a identificar claramente el olor de Elena Otero.
Sí, la hija de vuestro amado Alfredo fue quien entró en mi casa.